A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 19
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Capítulo 19

C uando al fin el avión tocó tierra, me sentí tan mareada que temí desplomarme si intentaba incorporarme.

Nathan, siempre atento, me ayudó a salir, guiándome hasta el vehículo que aguardaba.

Un refugio provisional en el que por fin podría respirar sin la amenaza de caer.

De reojo miré aquel aparato en el que durante largos minutos estuve segura de que perdería la vida, prometiéndome no volver a volar en mucho tiempo.

Regresaría a Europa a nado si hiciese falta.

Ya en la quietud del asiento del coche, como una autómata recité la dirección de la que una vez fue la casa familiar de mis abuelos y cuyos actuales propietarios eran Diana y su marido. Transacción que se llevó a cabo cuando nos mudamos a Barcelona.

Durante el trayecto volví en mí, en realidad una parte de mí lo hizo; mi sentido del olfato.

Gracias al olor a alfajor de dulce de leche que me acompañó en mis primeros años de vida, al pasar junto a la fábrica en la que Lita trabajaba cuando yo era niña y en donde se elaboraba, entre otras especialidades, esas pequeñas galletas rellenas típicas de mi tierra natal.

Esa mezcla del caramelo tostado del dulce de leche y el cacao envolvente era tan intensa que, por un instante, me permití cerrar los ojos, dejando que en mi mente apareciese una imagen de mi abuela en la cocina, untando con cuidado galletas con ese oro dulce y pegajoso, y colocándolas con esmero en una bandeja antes de darles una capa de chocolate casero.

Era mi tarta preferida y la que siempre pedía que me hiciese por mi cumpleaños.

Una sonrisa nostálgica me acompañó, recordando cómo esperaba ansiosa a que se enfriaran, aunque siempre terminaba robando alguna antes de que Lita las colocase en el recipiente.

Aquella fragancia no solo llenó mis fosas nasales, además despertó en mí una sensación abrumadoramente cálida; por unos segundos sentí que volvía a ser aquella niña de manos pegajosas, una sonrisa satisfecha y una familia que me abrazaba con frecuencia.

Ese recuerdo dio paso a otros de aquella época en la que correr descalza por el jardín de mis abuelos, comer dulce de leche a cucharadas, saborear el asado especial de mi madre y jugar con mi padre a las escondidas eran mi día a día.

No pude evitar que el pasado se abriese paso en mi mente, partiendo mi corazón en dos.

Sentí esa felicidad aniñada; ese amor que me dieron.

No obstante, también sentí la pérdida, esos momentos que jamás volverían y esas personas que nunca más me harían reír, llorar, enfadarme o cualquiera de los miles de sentimientos que la familia es capaz de crear en nuestro interior.

Pronto comprendí que esa sensación cálida venía acompañada de raudales salados que hicieron presos mis ojos.

Nathan me apretó la mano, devolviéndome al presente y recordándome que todavía había una persona en este mundo que me hacía sentir que no estaba sola.

Le sonreí de forma tímida, secándome la nostalgia, y observé la calle que se abría paso ante nosotros.

El otoño argentino se dejaba sentir con ese aire fresco cargado de aroma a hojas secas y tierra húmeda.

Los árboles, con sus ramas teñidas de tonos dorados y ocres, se mecían suavemente, dejando caer alguna hoja que revoloteaba antes de posarse en los jardines de las casas unifamiliares y pareadas que flanqueaban ambos lados de la avenida.

Al final de la calle divisé una cancela de hierro oscuro y un cartel de cerámica pintada a mano, cuyas letras cursivas en azul profundo delineaban el nombre «Villa Juana».

Esa visión marcó el fin del trayecto. Era la entrada a la casa familiar, un lugar cargado de recuerdos que parecía suspirar al compás del viento.

Mirando aquella verja, un nudo invisible, aunque de fuerza descomunal, apresó mi garganta.

Sin moverme y sin despegar mis ojos del pasado, me recreé en esa construcción que mi bisabuelo mandó construir mucho tiempo atrás.

Antes siquiera de que mi abuela naciera, pero en la que tantas tardes jugué.

Mi cuerpo, paralizado dentro del coche, no fue capaz de ponerse en marcha ni cuando Eiden se apeó para llamar al timbre, ni cuando atravesamos aquellas pesadas puertas de metal que nos dieron acceso al pequeño jardín de mi infancia, ni tan siquiera al ver que aquella fachada de piedra beige clara continuaba sólida y resistente, desafiando con éxito el paso del tiempo. No, tampoco ahí fui capaz de moverme.

Mirando desde la ventana del coche, me recreé en las ventanas cuyos marcos de madera blanca seguían contrastando con el verde de las contraventanas.

Estudié el tejado a dos aguas de tejas rojizas que coronaba la segunda planta, recordando las veces que vi a mi tío subido allí, poniendo luces navideñas.

Y ahí, al bajar la vista, recorriendo la fachada, mis ojos se detuvieron en una silueta que abandonaba el porche cubierto, ese que siempre dio la bienvenida a la entrada principal, con sus columnas sencillas y una puerta de madera oscura con detalles en hierro forjado.

Entonces abrí la puerta, corriendo a su encuentro.

—¡Helenita! ¡Ay, cuanto has crecido! Siento no haber estado junto a ti —se lamentó.

Tras la muerte de mis padres, Diana continuó en contacto conmigo, si bien es cierto, que fue un contacto limitado a llamadas varias veces al año.

Pues nunca cogí tiempo para volver a mi tierra natal, posiblemente por el miedo que me daba enfrentarme a los recuerdos de una vida en la que sí estaban mis padres.

Cuando Lita falleció, intentó viajar para estar a mi lado, no obstante, una enfermedad contra la que llevaba librando una ardua batalla casi una década le impidió tomar el vuelo.

—Tranquila, todo está bien —respondí, dejándome abrazar con calidez y entusiasmo.

—No digas boludeces, si estás aquí es precisamente porque no está todo bien, mi prima me llamó. Andad, pasad. Tenemos mucho de que hablar y poco tiempo para hacerlo.

Tras una presentación rápida de mis dos acompañantes, los cuatro anduvimos hasta el interior de la vivienda.

Al entrar, mis pies se movieron solos, recorriendo toda la planta baja sin tener la educación de pedir permiso a su actual propietaria.

Me sorprendió lo bien cuidada que estaba.

La estructura, aunque inconfundiblemente la misma, se veía renovada, Diana y su marido habían preservado su esencia, aunque dándole un aire más fresco, con paredes desprovistas de gotelé.

Esos tabiques que antaño estaban decorados con cuadros familiares de tonos cálidos, ahora presentaban una paleta más moderna, con toques de gris suave y blanco que iluminaban el espacio.

El salón, en donde tantas tardes merendé, tenía muebles nuevos y las ventanas, ahora con cortinas de lino claro, dejaban entrar la luz de la mañana, iluminando cada rincón.

El viejo sofá de cuero, en donde tantos días eché una cabezadita, había sido reemplazado por un modelo más moderno, aunque igualmente amplio.

En la cocina, los azulejos de siempre seguían allí, relucientes y bien cuidados, combinados con nuevos electrodomésticos que hacían que todo pareciera más eficiente, sin perder ese aire familiar.

Al llegar al pie de las escaleras, me llamó la atención cómo el reloj de pared, que en mi recuerdo marcaba cada hora con lentitud, parecía haberse mantenido intacto en su lugar, conservando su elegancia clásica.

Miré hacia él, y vi que eran las diez de la mañana.

Todo parecía en orden, como si la casa hubiera esperado pacientemente por mi regreso.

— Helenita, mi nena, vení a desayunar, y después subís y mirás todo lo que querás , ¿sí?

Sin voluntad, atraída por el olor a café recién hecho, seguí a Diana hasta la cocina, en donde en completo silencio Nathan y Eiden se evitaban, parapetándose tras sendas tazas de café.

Durante unos minutos, mi tía me obligó a ponerla al día de mi vida «normal», preguntándome por el trabajo, Amelia y otras cuestiones que nada tenían que ver con lo que yo había ido a buscar.

Una vez apuré mi bebida y terminé el pedazo de bizcocho casero que Diana me obligó a comer, con mi paciencia a kilómetros de allí, limpiándome con una servilleta, pregunté:

—Diana, ¿tienes lo que he venido a buscar?

Levantándose de la silla, apoyada sobre el bastón que la ayudaba a caminar y no perder el equilibrio, respondió:

— Helenita, necesitás descansar, mi amor. Andá al cuarto principal y, cuando estés lista, me acerco y charlamos tranquilas.

Una forma muy sutil de decirme que no hablaría delante de Eiden y Nathan, a los que no paraba de mirar con cierto recelo desde que llegamos. No obstante, fue una anfitriona dedicada y amable en todo momento con ellos. Solo yo parecí darme cuenta de la cautela con la que actuaba.

Tras una necesaria ducha, me senté en la cama, dejándome envolver por aquellos recuerdos en los que mi Lita me leía un cuento las noches en que me emperraba en dormir en su casa.

El cansancio de la tensión acumulada, sumado a los restos de medicación ingerida durante el vuelo y que todavía seguía en mi organismo, provocó que me quedase profundamente dormida, arrullada por el olor a hogar que esa colcha desprendía.

Al despertar, Diana se encontraba sentada junto a la cama.

—Es hora de hablar y de que vos consigás la justicia que nosotras no logramos.

Mi tía, con la misma mirada llena de ternura que solía regalarme cuando era niña, se acercó a una tabla del suelo. Sin perder de vista mi reacción, con gesto travieso la levantó, revelando un pañuelo cuidadosamente doblado que cubría algún objeto como una caja o cofre.

—No sé yo si es muy buen escondite —dije, ante su sonrisa triunfante por mi expresión de sorpresa.

—¡Boludeces! Para no ser tan bueno, dormiste acá y ni se te ocurrió. ¿O no?

—Tienes razón —aseguré, devolviéndole la sonrisa.