A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—Yo también sentí lástima cuando se lo diagnosticaron, luego pasé a estar poseído por una rabia y una impotencia que casi acaban conmigo, pero la tarde en que Ava cumplió los quince años, me dijo una cosa que me cambió para siempre.

—¿Qué?

—«Eiden, no entiendo porque desperdicias tu vida enfadándote por algo que vive dentro de mí. Yo soy feliz, en esta vida estoy viviendo mil vidas mientras tú te amargas en una».

—¿Cómo?

—Eso mismo le pregunté yo y se giró para señalar una de las enormes estanterías abarrotadas de libros que había en la sala de estar.

—Tu hermana es muy valiente. —Posé una mano sobre la suya, la que reposaba sobre su rodilla.

Eiden levantó la vista para regalarme una confesión sincera.

—Mi hermana es la mejor persona que conozco y la más positiva. La admiro por todo ello. ¿Puedo pedirte un favor?

—Dime.

—No le digas a nadie quien soy ni quien es mi familia, no me perdonaría poner en peligro a mis hermanas.

—No te llamas Eiden, ¿verdad?

Con una sonrisa que no mostraba sus dientes, negó con la cabeza.

El silencio nos envolvió mientras nuestras manos seguían en contacto. Con necesidad de avanzar, sabiendo lo que sabía en ese momento, aseguré:

—Prometido.

—Tampoco a tu novio.

Aquello me pilló a traspiés, tropezándome con mis pensamientos, tanto que pronto me vi asintiendo sin saber muy bien por qué.

—Lo haremos a tu modo. ¿Ahora qué? —pregunté decidida a no pensar más en aquello que me perturbaba; guardarle secretos a Nathan.

—Ahora vamos a hacer justicia y vamos a volver a nuestros hogares sin vigilar nunca más nuestra espalda. Te juro, por la memoria de mi padre, que no dejaré que la muerte de los tuyos quede sin castigo.

Ante aquella determinación, me levanté y le abracé, momento en que Nathan recuperó la conciencia y nos sorprendió.

Apresurándome hasta mi chico, aseguré:

—Vida, tranquilo, está todo aclarado. Tienes que confiar en mí.

Aquello era doblemente complicado pues, en menos de cinco minutos, yo le había prometido a Eiden no revelar su verdadera identidad a nadie y esa confianza, que yo no daba, era la misma que le estaba pidiendo a mi pareja.

En aquel vuelo quedó claro que esos dos hombres jamás se llevarían bien; al menos no hasta que todo acabase.

La tensión era palpable, llenando el lugar de potencia explosiva sin calibrar.

Había algo en la forma en que se miraban, retándose con pupilas cargadas de advertencias y reticencias, que aseguraba que ninguno se fiaba del otro.

Dejándome por seguro que la única razón por la que aún no habían estallado en una confrontación abierta era yo y las circunstancias que nos forzaban a estar allí.

Eiden, con su actitud práctica y directa, se giró hasta perderse por el pasillo con intención de preparar unos sándwiches con los ingredientes disponibles a bordo, que pronto descubrí no eran pocos y, además, el chef improvisado los mezcló de forma magistral, agasajando a nuestros hambrientos estómagos con unos emparedados deliciosos de pollo marinado con salsa de tomate y albahaca, acompañados con ensalada.

Nathan aceptó el gesto con una leve inclinación de cabeza, no obstante, el modo en que apartó la mirada al tomar el plato dejó claro que no era un gesto de gratitud.

Comí en silencio, tratando de ignorar el ambiente enrarecido y atendiendo a mi famélico cuerpo.

¿Cuántas horas llevábamos sin probar bocado?

Intenté contestar a esa pregunta, sin embargo, era tal el agotamiento y el embotamiento que sentía por todo lo vivido que me alejé de los dos, buscando un rincón en el que cerrar los ojos un instante.

Ese lapso debió convertirse en un sueño profundo en el que no fui consciente de sumirme.

No obstante, fui arrancada de él por una realidad que me golpeó de lleno.

Las voces alzadas comenzaron a llegarme lejanas, tardé unos segundos en darme cuenta de lo que estaba ocurriendo. Nathan y Eiden discutían a unos metros de distancia.

—¿Quién era ese con el que hablabas? ¡No eres trigo limpio y no pienso perderte de vista! —gritó Nathan. Sus palabras eran afiladas, repletas de reproches y desconfianza.

—Con quien hable no te interesa, solo has de saber que estoy trabajando para que recuperéis vuestra vida lo antes posible.

—¡Y una mierda! ¿Qué es eso de que Helena confía en ti? ¿A quién se lo decías?

Mientras me incorporaba, supe que no podía ignorar aquello. La alianza forzada estaba al borde de romperse. Con determinación avancé hasta ellos.

—No he dicho ninguna mentira —respondió Eiden dibujando una sonrisa en mi dirección.

Él ya era consciente de que me encontraba a pocos pasos por detrás de Nathan.

—¡Helena jamás confiará en ti! —Sin aviso le asestó un puñetazo en el rostro—. Cuando bajemos de este trasto no te volverás a acercar a nosotros o pondré a un equipo de seguridad tras tu pista y la de la empresa esa para la que trabajas.

Que Nathan perdiera las formas de aquella manera no solo no era propio de él, además me mostró una faceta beligerante muy distante del hombre de diálogo y consenso al que estaba acostumbrada.

Eiden, lejos de dejarse intimidar, se reincorporó con rapidez, pasándose la mano por el rostro para limpiar la sangre que manchaba su labio.

Con una mirada provocadora, aumentando la tensión en el aire, se enfrentó a Nathan y, con tono retador, declaró:

—Te avisé de que estuvieses tranquilo o te echaría a dormir.

Al ver la forma en que daba un paso en nuestra dirección, grité:

—¡Parad de una vez!

Me situé en el hueco que todavía quedaba entre los dos. Les lancé una mirada de advertencia, que aseguraba que no estaba para más tonterías, y centrándome en Nathan, con voz firme y controlada, pregunté:

—¿Qué se supone que estás haciendo? Te he dicho que ya lo sé todo.

—Y que no puedes contármelo. ¡Jamás hemos tenido secretos!

No sabía dónde posar la vista, aquella era una verdad tan real como el peso de la gravedad sobre mis hombros. Por ese motivo, busqué conectar con Eiden, pidiéndole permiso para explicarlo todo. Sin necesidad de que lo preguntase en voz alta, él respondió:

—Está bien, cuéntaselo, pero si todo sale a la luz será su culpa, recuérdalo.

—Señor Taylor, deben tomar asiento, el tiempo es algo inestable. Hay altas probabilidades de que atravesemos una zona con turbulencias.

La voz del comandante nos llegó a través de los altavoces. Sin tiempo que perder, Nathan me ayudó a tomar asiento, asegurándose de que el cinturón estuviese perfectamente puesto. Él sabía que mi miedo a volar acababa de dejarme bloqueada.

No recuerdo mucho del resto del vuelo. Tomé la pastilla que Nathan sacó de mi mochila con la esperanza de que el efecto fuese lo suficientemente rápido para evitar que vomitase.

Algo que no sé cómo no ocurrió cuando el avión se topó con esas temidas turbulencias que lo sacudieron sin ninguna piedad para con mi estómago.

Apreté con fuerza la mano de Nathan, temiendo dañar alguno de sus huesos, pero incapaz de aflojar la presión, a la par que la sensación de vértigo me envolvía por completo.