A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 18
38%

Capítulo 18

—¿Cómo sabías que teníamos una cita?

—Digamos que tengo buenos contactos y mucha pericia en ciberseguridad…

—¡Nos has espiado!

—Evidentemente, sí. Gracias a eso estáis vivos. Aunque, cuando te vi salir del hotel por la puerta trasera, no imaginé que fuese una trampa para esos tipos y que atacarían a Nathan —concluyó, justificándose con mi novio.

Antes de preguntar, tuve que cerrar la boca, abierta igual que un pozo sin fondo que no es capaz de llenarse pese a los miles de litros de sorpresas que le intentan llegar.

—¿Me has seguido? No te he visto.

—Esa era la idea. Después de Barcelona tuve que tomar medidas, tu cambio de rutinas me confirmó que habías percibido mi presencia. —Me regaló una sonrisa de admiración y yo me ruboricé sin poder evitarlo.

Centrándose en la conducción, entró en un aeródromo privado, estacionando en el último hangar.

—Aguardad aquí dos minutos —pidió.

En silencio, Nathan y yo asentimos, viendo cómo se apeaba del vehículo y se alejaba de nuestra posición. Mi chico apenas aguardó los segundos necesarios para que la distancia nos diese intimidad y secretismo para explicar.

—Helena, esto no lo pudo pagar tu madre. Siempre dices que no teníais muchos medios económicos. ¿Has visto el jet?

Yo también pensaba que eso no tenía lógica, ese supuesto servicio de protección debía costar lo que todos los ahorros de una vida para un matrimonio de clase media como el de mis padres.

Antes siquiera de ordenar mis ideas, Eiden llegó hasta nosotros.

—Helena, el piloto necesita saber a qué punto de Argentina debemos ir.

Con la rapidez de una gacela dispuesta a perseguir a su presa, salí del coche, observando la forma en que Nathan me imitó. Encarándome a Eiden, grité:

—¡¿Quién coño eres?! ¿Y cómo sabes que queremos ir a Argentina? No pienso subir a ese avión contigo, aunque me apuntes con una pistola.

Eiden dio un paso hacia mi posición, con su altura imponente me traspasó con dos pupilas profundas y cálidas, que parecían absorber todo a su alrededor, reflejando una seguridad inquebrantable.

Su rostro, de rasgos marcados, adornado por una ligera sombra de barba azabache que le confería un aire maduro, profesional y autoritario, dibujó una sonrisa de satisfacción ante mi arrojo, demostrándome que no me temía.

Con un nuevo paso firme, se hizo el dueño del espacio que nos separaba.

—Helena…

Antes de continuar la frase, Nathan se abalanzó sobre él, a la vez que gritaba:

—¡Helena, corre!

No corrí, no pude hacerlo al ver cómo comenzaron una pelea en la que, pese a la buena forma física de Nathan, intuí que su oponente le derribaría fácilmente; mi instinto me advertía que ese hombre tenía formación militar.

Eiden asestó un golpe certero en la boca del estómago de Nathan, haciéndole perder el aire, pero él, sobreponiéndose al dolor, volvió a gritar:

—¡Corre!

Mis pies no dudaron. Abrí el coche sintiendo los latidos arrítmicos de mi pecho en cada célula de mi piel, a la vez que mis manos buscaban con desesperación lo que necesitábamos.

El metal frío de la pistola se sintió familiar en mis dedos cuando finalmente la encontré. Cargando las balas, agradecí que no fuese tan diferente a lo aprendido en las películas.

—¡Suéltale! —grité empuñando el arma en dirección a ellos.

Eiden, situado tras Nathan, cercó con sus manos su cuello con fuerza, cual pitón asfixiante.

El aire abandonó mi cuerpo al presenciar la forma en que los brazos de Nathan dejaban de forcejear con su opresor, cayendo inertes a los lados de su cuerpo y apagando su mirada.

Sin soltarle, Eiden aclaró:

—Solo está inconsciente. Vamos a llevarle dentro, me creas o no, pienso protegerte con mi vida si es necesario.

Nuevamente, esa mirada que ya me había cautivado minutos atrás, conseguía que confiase en un hombre que acababa de dejar inconsciente a mi novio.

Algo en mi cerebro no funcionaba bien, esa fue la conclusión a la que llegué cuando ya estaba sentada dentro de ese avión privado que nos llevaría al otro lado del Atlántico.

Dos horas después, a más de diez mil metros de altitud, abandoné mi asiento para abrazar a Eiden, con las lágrimas surcando mis mejillas por todo lo revelado minutos atrás. Fue en ese momento en el que Nathan despertó, encontrándose una imagen que no podía explicarse.

—¡No la toques! —gritó.

—Tranquilo, James Bond, no vaya a ser que tenga que echarte a dormir otro rato —respondió Eiden separándose de mi cuerpo.

No podía culpar a Nathan, mi reacción sin contexto era incomprensible. Sin embargo, las confesiones de Eiden durante aquel vuelo me impulsaron a abrazarle como agradecimiento a aquellas verdades que yo sospechaba y que él desveló.

Una vez cogimos altura, con Nathan acomodado en un sofá de dos plazas, Eiden tomó asiento frente a mí.

—O me dices la verdad o me lanzo de este trasto cuando menos te lo esperes —advertí.

El mutismo dentro del jet se volvió denso.

Al tiempo que él me estudiaba en silencio, imaginé que sopesando sus siguientes palabras, yo le examinaba a él y el lugar donde me encontraba.

Mirando los acabados en madera oscura y cuero claro, me pareció imposible que aquello fuese financiado por mi familia.

Tan abstraída estaba en todo lo que me ocurría, que no fui consciente de la forma en que me olvidé hasta de mi miedo a volar.

Posé mis ojos sobre el hombre que permanecía sentado frente a mí, viendo como con tranquilidad, abrió un maletín que descansaba junto a su asiento y sin necesidad de muchas palabras lo cambió todo.

Sin dejar de estudiar mi reacción, abrió el portafolios, sacó un sobre y dejó caer varias fotografías sobre la mesa.

Nada más ver la primera, supe que no estaba preparada para esa conversación.

Allí, en blanco y negro, estaba retratada la prueba de que la muerte de mis padres no fue accidental.

Una fotografía en la que se apreciaban unas hendiduras precisas, como mordiscos de metal, demasiado perfectas para ser obra del azar, en la parte trasera de un vehículo que no olvidaré jamás.

El Vauxhall Corsa B que alquilaron mis padres al llegar a Londres.

Sin embargo, no fue eso lo que más me impactó, pues todo mi ser llevaba días gritándome aquella verdad que me negaba a creer del todo.

Lo que más conmoción me provocó fue leer un informe forense, uno que nunca había llegado a la versión oficial, en donde se describía el daño como resultado de un impacto deliberado.

No se trataba de un accidente. Aquello había sido planeado, ejecutado con precisión y luego ocultado con una habilidad que no dejaba lugar a dudas: mi familia había sido silenciada.

—¿Quiénes fueron? —pregunté con la rabia inundando mi rostro.

—No lo sabemos, esta gente cubre muy bien sus huellas.

—¿Por qué no lo sacasteis a la luz? ¡Tenéis las pruebas de que la policía falseó un caso de asesinato!

—No, tenemos unas pruebas que pirateamos de un servidor de la policía londinense antes de que se modificase y borrase todo rastro.

—¿Y los policías implicados en la investigación? ¡Ellos son cómplices!

—Ellos son agentes que seguramente tienen familia y mucho miedo. ¿Todavía no has visto cómo se las gastan estos tipos?

Agobiada, comencé a andar de un lado al otro del estrecho pasillo, sintiendo que me faltaba el aire.

Eiden, viendo mi precario estado, se levantó, situándose frente a mí.

—Helena, te prometo que mis superiores tienen como prioridad sacar la verdad a la luz, y yo no descansaré hasta que se haga justicia por los crímenes de ahora y los de antes.

De forma inconsciente di un paso atrás, después otro y así hasta que mi espalda topó con una pared, al apoyar la mano sobre la superficie que me impedía seguir alejándome de ese hombre palpé un pequeño extintor, sin perder de vista sus ojos y viendo cómo se aproximaba hacia mí, extraje el arma improvisada y levantándolo de forma amenazante, aseguré:

—¡No des un paso más!

Eiden levantó las manos contrariado, estudiándome sin entender mi cambio de actitud.

—Helena, ¿qué ocurre?

—¿Cómo sabes que investigamos algo del pasado?

Aquello le pilló desprevenido, lo supe por la forma en que se dilataron sus pupilas y meneó la cabeza de forma negativa y repetitiva. Sentándose en un asiento, respondió:

—Yo también perdí a un familiar por culpa del pasado.

—¿Qué?

—Que me metí en esto porque mi familia ha sido silenciada desde hace décadas y le prometí a mi padre, antes de morir, que no dejaría que ganasen.

Él me habló de tu madre, de lo que le ocurrió y me dijo que la documentación que obraba en manos de tu familia era la pieza clave para destruirlos a todos.

Por eso me mudé a Barcelona hace dos años, tras el entierro de mi padre, para estar cerca de ti.

—No puede ser cierto.

—Siento haberte mentido, pero solo se me ocurrió deciros que me contrató tu madre.

—¿Todo esto? —pregunté, señalando a mi alrededor con el extintor que todavía utilizaba como arma.

—Mi familia tiene negocios muy prósperos.

No sé si porque buscaba que confiase en él o porque realmente le gustaba hablar de ello, Eiden comenzó a explicarme que era el mayor de cuatro hermanos.

Clarisa, de treinta y dos años, había decidido tomar las riendas de una de las empresas de investigación de productos de limpieza ecológicos que pertenecía al holding de empresas familiares.

Me habló de Alice, la mediana, que a sus veintiocho años, estaba dilapidando la herencia a base de viajes y vida nómada, me explicó que la envidiaba por la libertad que poseía y el poco valor que daba a todo lo material.

Siempre decía que bien administrado tendría dinero para viajar durante dos vidas.

Y la que más me tocó el corazón, me enseñó una fotografía de Ava, la pequeña de los cuatro, quien padecía una rara enfermedad que la mantenía recluida en la casa familiar casi a tiempo completo.

—Lo siento.