Capítulo 17 #3
—Rosa murió hace catorce años y tú no debes de tener más de treinta y pocos, un poco joven para llevar tantos años al servicio de una mujer fallecida, ¿no?
Eiden, con el rostro menos tenso sin su copiloto encañonándole, respondió con tranquilidad y cierta ironía bañando su voz.
—Hombre observador… Tengo treinta y cuatro años y no, no me contrató directamente la madre de la señorita Benet.
—Helena… —respondí sin poder apartar la vista del retrovisor, a través del cual, dos ojos color café rebosantes de vida me sonrieron.
—Tu madre contrató los servicios de seguridad de una empresa para que te protegiésemos en caso de que le ocurriese algo.
—¿Lleváis siguiéndome media vida?
—No, en realidad, el protocolo se activó tras su muerte, quedando en reposo dos años después, cuando constatamos que no había ninguna amenaza en tu entorno, y se activó nuevamente una vez falleció tu abuela.
Eiden conducía sin vacilar, llevándonos hasta las afueras de la ciudad, si bien, algo en el timbre de su voz me alertó, fue como si aquellas palabras estuviesen estudiadas con premeditación, recitadas igual que lo haría un actor en el casting del papel de su vida; trabajado, pero falso.
Durante unos minutos Nathan no indagó más, sabiendo que yo necesitaba procesar todo aquello que ocurría, información que me sumió en aquel pasado que en el último mes dolía más que catorce años atrás, abrasando mi alma con cada paso hacia la verdad.
En medio de un silencio incómodo que se adueñó del interior del vehículo, llegamos a un barrio humilde.
Eiden estacionó frente a un grupo de edificios residenciales de varias plantas y aclaró.
—Voy a despertar a la señorita Vivianne, a sobornarla para que no denuncie lo ocurrido y, una vez me asegure que está en su vivienda sana y salva, podréis seguir interrogándome de camino al aeródromo.
Ni Nathan ni yo tuvimos valor de preguntar nada.
Pudimos haber escapado mientras él hacía cada una de las cosas que había anunciado, dejándonos solos en el coche.
Sin embargo, saber que hombres armados nos perseguían y querer conocer lo que Eiden nos contaría, hizo que ambos aguardásemos allí. Aunque no sin dudas.
—Deberíamos denunciar esto en la policía —aseguré no muy convencida.
—Algo me dice que ya es tarde para eso, aquí hay demasiadas personas implicadas y tu madre te dijo que no te fiaras de nadie.
—Lo sé, tal vez deberíamos coger un vuelo, volver a casa y olvidarlo todo.
—¿Serías capaz? —preguntó elevando una ceja.
—No.
—Lo imaginaba.
—Además, dudo que esa gente nos deje en paz sin entregarles la investigación.
—No vamos a hacer tal cosa. Aunque sí creo que deberíamos aprovechar que el tipo este acaba de entrar en el edificio y alejarnos de él. Hay algo en cómo te mira que no me gusta.
—Mi amor, no es momento para ponerse celoso. —Reí liberando tensión.
—Lo digo en serio, esconde algo.
—Yo también lo creo, por eso vas a venir aquí detrás, me vas a dar el arma y yo me encargaré de saber qué está ocurriendo.
Yo tampoco me veía capaz de disparar mortalmente a un ser humano, sin embargo, las clases de tiro al plato y tiro con arco que practiqué durante unos años, unidas a todas esas sustancias naturales que seguían recorriendo mi cuerpo en torrente en aquel momento, me decían que sí sería capaz de hacerle algún rasguño si nos la jugaba.
Por ejemplo… en la pierna. Sentía que debía proteger a Nathan a como diese lugar y me prometí firmemente devolverle su vida, esa que comprendí de golpe que le había robado.
Supe, sin lugar a dudas, que mientras no sacásemos la verdad a la luz siempre estaríamos en peligro.
Pese a mi petición, Nathan no se movió, sin embargo, sí me pasó el arma entre los asientos delanteros, justo cuando Eiden volvía a entrar en el coche. Tan abstraídos estábamos en nuestra conversación que no le vimos regresar.
—Será mejor que guarde yo esto —dijo, arrebatándonos el arma a medio camino entre el asiento de Nathan y el mío.
La rapidez de reflejos demostrada me dejó confundida. Más cuando le vi extraer el cargador de la pistola y vaciarlo de forma profesional, mecánica y veloz. Mirándome, me tendió las balas y dejó en el aire.
—Está claro que la confianza hay que ganársela, pero no puedo estar pensando en vuestra seguridad, si sé que se os puede ir la pinza y meterme un tiro a traición.
Así que de momento tú guarda las balas y yo la pistola.
—Mutando su voz de un tono cercano a uno de seriedad continuó—.
De verdad espero no tenértela que devolver nunca, eso significará que estás a salvo.
Girado, ignorando a Nathan completamente, Eiden me miró con la mirada de un lobo gris que piensa morir para proteger a sus cachorros. Ante aquellos dos iris que me obnubilaron la mente, pudiendo cometer el mayor error de mi vida, asentí, confiándole mi vida y la de mi amor.
No obstante, al girar la cabeza dispuesto a conducir, la mirada que Nathan y él se regalaron fue la de dos leones dispuestos a luchar por su territorio; algo en aquella actitud me dejó claro que los problemas entre ellos no tardarían en llegar.