A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

El sonido venía de las sombras, justo al lado de la cama.

De allí emergió la silueta de un hombre.

Con tranquilidad encendió las luces principales de la habitación, cegándome durante un instante.

Mi corazón dio un vuelco al reconocer la cicatriz que cruzaba su rostro.

Era el mismo tipo de la cafetería. No obstante, lo que me paralizó fue posar mis ojos en aquel cañón frío y negro que apuntaba directamente hacia mi pecho.

No podía apartar la mirada del arma, ni moverme, ni siquiera respirar.

Hasta que mi raciocinio me mandó un mensaje urgente.

«¡Por Dios, que no le haya hecho daño a Nathan!».

En medio del caos que lo devoraba todo, desvié la mirada de tan aterradora visión en busca de Nathan.

Al posar mis ojos sobre él, mi estómago se hundió.

Sus manos estaban atadas sobre sus rodillas, con tanta fuerza que la cuerda casi parecía morder su piel.

Una mordaza le impedía hablar, en cambio, sus ojos hablaban a gritos de angustia y miedo.

Aunque no necesité estudiarlos más para saber que no temía por él, sino por mí.

El miedo visceral que sentí me agarró con fuerza, congelándome en el sitio. Aun así, aquel desconocido no me dio tiempo a ceder del todo al pánico.

—Nadie tiene por qué morir hoy. —Su tono era pausado, casi amable, si bien, había algo en él que helaba la sangre—. Entregue la investigación y me iré por donde he venido.

Quise hablar, pero me fue imposible, mi garganta se cerró de la misma forma que se cierra una ostra ante un peligro inminente, fuerte y sin intención de abrirse en mucho rato.

Él dio un paso hacia adelante, lo justo para que unos ojos que estaban acostumbrados a bañar de terror las pupilas ajenas me atravesasen el alma y me advirtiesen de que no estaba preparada para enfrentarme a toda esa gente.

Pese a ello, no podía permitirme caer en ese abismo de desesperación en el que él quería sumirme. La vida de Nathan estaba en juego. Sin más opción que obedecer, sin articular palabra, deslicé la mochila que llevaba a la espalda hasta colocarla entre mis brazos.

—Bien, deje la mochila en el suelo, aléjese de la puerta muy despacio y colóquese junto a su novio.

Acaté sus órdenes, observando como aquel hombre recogía la bolsa y dando la espalda a la puerta, nos miraba de frente sin dejar de apuntarnos.

—Olviden todo lo que saben y les prometo que jamás volverán a saber de nosotros. Hay cosas que es mejor dejar donde están, en el pasado.

En ese instante un walkie-talkie se activó en su cinturón.

—Señor Case, no localizamos a Smith, es posible que tengamos compañía.

Antes de que el tipo pudiese reaccionar, la puerta de la habitación se estrelló contra su espalda, lanzándolo hacia delante. Perdió el equilibrio y fue a parar al suelo, extraviando el arma en aquel mismo instante.

Como si de una de esas películas que solía ver se tratase, observé cómo el hombre que vi frente al Ona Bank en Barcelona semanas atrás entraba en la habitación con seguridad y arrojo, avisando:

—Si queréis vivir, seguidme.

En un movimiento rápido, inmovilizó al tal Señor Case con unas esposas y se acercó a la cama para comprobar el pulso de lady Vivienne.

A pesar de no entender completamente lo que estaba ocurriendo, mi instinto de supervivencia me empujó a actuar. Desaté a Nathan con manos temblorosas, tomé la mochila y, con la voz algo estrangulada, pregunté:

—¿Está viva?

—Sí, solo inconsciente. Necesito ayuda.

Sin dudarlo, Nathan se colocó a su lado, y entre los dos comenzaron a cargar con la mujer.

—Hay más hombres con él. ¿Cómo salimos? —preguntó mi chico con determinación.

—Tengo un coche esperando en la zona de servicio, en el aparcamiento de empleados. Vamos.

No nos paramos más tiempo a pensar si era una trampa o no, tener un arma apuntándonos fue suficiente para que quisiésemos alejarnos de allí lo antes posible.

Con rapidez cogí las llaves de un Audi A4 que el desconocido me lanzó y volví a bajar por donde minutos antes había ascendido, sin embargo, esa vez no salimos a la calle.

En nuestra apresurada huida, nos cruzamos con varias miradas curiosas, incluso pude ver que una mujer sacó su teléfono, no sé si para llamar a la policía o a recepción y avisar de tan inusual estampa. No obstante, nadie nos dio alcance.

Ya en el aparcamiento, presioné el botón de la llave eléctrica, observando cómo, a varias plazas de donde nos encontrábamos, un coche gris oscuro encendía sus luces.

De forma apresurada abrí una de las puertas traseras para que Nathan y el dueño del vehículo acomodaran a lady Vivianne.

Sin tiempo que perder, me senté junto a ella, aguardando a que los dos hombres que me acompañaban tomasen asiento y saliésemos de allí lo antes posible.

Lo hice con el tambor desbocado que retumbaba en mi pecho enviando la cantidad salvaje de adrenalina que mi cerebro llevaba fabricando demasiado tiempo.

La misma mente que se debatía entre un pánico jamás experimentado y una concentración afilada como un cuchillo, que me obligaba a otear todo a mi alrededor de forma casi compulsiva.

Al cerrarse las puertas delanteras, con incredulidad genuina observé que, nada más tomar asiento el desconocido, Nathan se sentó en el asiento del copiloto y sacó un arma. Apoyándola directamente en la sien del conductor, amenazó con voz templada.

—Si quieres pasar de esta noche vas a ir a donde yo te diga.

«Pero ¿qué...?».

—Nathan, ¿qué haces? ¿De dónde has sacado la pistola? —atiné a preguntar saliendo de mi escepticismo.

—Vida, tranquila, es del tipo de la habitación.

De forma rápida me dedicó una mirada tranquilizadora.

El hombre que permanecía al volante arrancó.

—Voy a poneros a salvo y después os lo explicaré todo —aseguró—. Tienes dos opciones, confiar en mí o pegarme un tiro ya. Por cierto, me llamo Eiden y me contrató Rosa Aguirre para protegerte. —Eso último lo dijo mirando a través del retrovisor interior hacia mi posición.

Con aparentes nervios de acero, el denominado Eiden puso en movimiento el vehículo con el cañón del arma todavía presionando su cráneo.

Nathan siguió estático unos metros, hasta que vimos a una mujer andar hasta el que imaginamos sería su vehículo y bajó la pistola.

La misma que estoy segura no sería capaz de utilizar, no solo porque era un hombre en contra de cualquier tipo de violencia, sino que nunca había utilizado una.

Mi cerebro, al borde del colapso por todo el cortisol y el resto de las hormonas y neurotransmisores que el mismo liberaba sin compasión, bloqueó mi capacidad de habla, y fue Nathan, quien parecía mucho más tranquilo que yo pese a ser quien estuvo de rehén minutos antes, quien comenzó el interrogatorio.