A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 17
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Capítulo 17

H oras después, miré por la ventana, observando la forma en que las farolas se encendían y la noche caía de forma sosegada sobre el centro de Londres.

La luz amarilla de las lámparas se reflejaba en el pavimento húmedo por la tormenta caída durante la tarde.

Me despedí de mi novio y de lady Vivienne Harcourt y esperé pacientemente el tiempo acordado.

Pese a seguir sin ver claro el plan de Nathan, me dejé arrastrar a él y, cuando me quise dar cuenta, salía de la habitación vestida con un uniforme del personal de limpieza del hotel, mirando a ambos lados del pasillo con el corazón bombeando tan fuerte en mi pecho que los latidos tronaban en mis oídos.

Siguiendo al pie de la letra las indicaciones que Nathan me obligó a memorizar, anduve hasta las escaleras de servicio, bajé por ellas las tres plantas que me separaban de la lavandería y salí a la calle trasera del alojamiento, en donde un taxi me esperaba.

Ya en el vehículo, me permití respirar con cierta normalidad, rezando para que todo saliera tal como lo habíamos preparado.

Transcurridos diez minutos, el taxi me dejó a dos calles del lugar al que me dirigía.

Con el abrigo negro bien abrochado y aprovechando la llovizna que comenzaba nuevamente, me coloqué el gorro, abrí el paraguas y anduve sin dejar de observar de forma disimulada a mi alrededor.

La noche estaba inquietantemente tranquila, tanto así que cada silbido del viento lo escuchaba como una advertencia.

Las sombras de las farolas se alargaban, distorsionándose en formas casi humanas sobre el asfalto, provocando que mi músculo vital latiese fuerte y arrítmico, alterando mis sentidos.

Estudié el caminar de una sombra en mi dirección, obligándome a casi correr hasta la siguiente esquina.

No podía llegar a mi destino con esas personas siguiéndome, por lo que me escondí tras un saliente de un edificio, donde esperé salvaguardada por la oscuridad de la noche; lo hice varios minutos sin que nadie pasase por allí, era un barrio residencial tranquilo a las afueras de Londres y a esa hora casi todo el mundo estaría cenando en la seguridad de su hogar.

«¿Por qué tuve que abrir ese estúpido maletín?

», me pregunté temblando a causa del miedo a lo que nos pudiese ocurrir.

Por un instante pensé en abandonar todo, volver al hotel y decirle a Nathan que regresábamos a casa, que no merecía la pena poner nuestras vidas en peligro por algo que ya no podíamos cambiar.

No obstante, en ese mismo instante, la imagen de mi madre y la fotografía mental que me había creado de Catherine Cavendish se materializaron casi de forma tangible, haciéndome comprender que ya no estaríamos a salvo, sabían que estábamos investigando, en ese momento nuestras dos únicas opciones parecían llegar hasta el final o perecer en el intento.

Armada de un valor que no sabía que albergaba en mi interior, cerré el paraguas, lo sujeté a modo de bate de béisbol y respiré profundamente, dispuesta a asomarme a la esquina y corroborar si alguien me seguía.

Mi respiración se congeló, de la misma forma que se congela una gota de agua al traspasar la atmósfera a menos veinte grados bajo cero, asomé la cabeza lo justo y comencé a reírme de forma casi lunática, eso sí, en tono bajo, una risa que me duró unos largos segundos al comprender que aquellos pasos, que imaginé me seguían, no eran más que una bolsa de cartón atrapada entre unas ramas, sumado a las sombras tintineantes de los árboles dibujadas en el húmedo asfalto.

Tras ver una familia que entraba en una de las viviendas pareadas, típicas de esa zona londinense, y una pareja que se montaba en un coche estacionado hablando animadamente, volví a quedarme completamente sola en la avenida.

Por ello, con paso rápido y firme, terminé de recorrer los metros que me quedaban hasta el número cuarenta y cinco de la calle transversal a la que me encontraba.

Una vez en la puerta, después de asegurarme de que no había nadie en la vía y todo lo acontecido en los metros anteriores había sido mi imaginación jugándome una mala pasada, llamé al timbre.

El clic del cerrojo rompió el silencio, y los mismos ojos que conocí de niña me miraron desde el otro lado de la puerta, ahora surcados por las marcas del tiempo, aunque todavía llenos de historias que resonaron en mi cabeza como anécdotas que alguna vez contó mi madre; dos pupilas ámbar que escanearon el exterior con rapidez, y cuya dueña, en un susurro cargado de sorpresa y de alarma, exclamó:

—¡Dios mío! ¡Eres la viva imagen de tu madre!

—Siento molestar… —intenté explicarme.

Sin embargo, me cortó de forma abrupta, tirando de mi brazo.

—Pasa, no te quedes en la puerta, puede ser peligroso —dijo.

Cerró la madera tras de mí con sigilo y sin hablar me ayudó a quitarme el abrigo.

De una mirada rápida contemplé la estancia, sintiéndome a salvo en aquella entrada típica de esa parte del mundo, con las paredes empapeladas en tonos neutros, un perchero abarrotado junto a la puerta y una alfombra que amortiguaba los pasos.

—Sígueme, estaremos mejor junto a la chimenea, estás temblando —solicitó mi anfitriona, a lo que obedecí sin oponer resistencia.

Al entrar en el salón, el aire acogedor me envolvió con esos detalles que susurraban nuestras raíces argentinas.

Un mate descansaba sobre una mesa de madera pulida.

Las paredes claras estaban decoradas con fotografías de toda una vida, muchas de ellas recordándome las calles de mi infancia, y una cálida manta de lana cubría uno de los sofás que rodeaban la chimenea, dándole al espacio un encanto sencillo y hogareño.

Dos detalles me sobresaltaron de inmediato: primero, que pese a no haber visto a Marisa desde niña ni avisar de mi llegada, pareció estarme esperando. Y segundo, no mostró la más mínima sorpresa al verme.

Sin embargo, mi mente ardía no solo por esos detalles, también por saber que en algún rincón de Londres se desarrollaba la maniobra que Nathan había planeado con precisión quirúrgica.

Mi chico, con su porte inconfundible, caminaba bajo la lluvia junto a una mujer de compañía cuya semejanza física conmigo rozaba lo inquietante.

Había sido elegida con cuidado: misma altura, cabello similar, y un abrigo oscuro que dejaba el resto en manos de las sombras y la prisa de los transeúntes.

Habíamos apostado por la complicidad de la noche londinense.

En un día de lluvia, las calles estaban desiertas, y los rostros, medio escondidos tras paraguas o bufandas, se diluían en el anonimato.

La falsa pareja atravesaba zonas estratégicas, donde los ojos curiosos o los posibles perseguidores pudieran verlos de lejos, pero nunca acercarse lo suficiente.

Era una danza de despiste calculada al milímetro, diseñada para que yo pudiera salir del hotel sin ser seguida.

A las preguntas anteriores sobre Marisa, se sumaron otras que me llenaron de temor: «¿Y si alguien se da cuenta del truco? ¿Y si Nathan está en peligro por mi culpa?».

Miré a aquella mujer, dispuesta a ser directa en mis preguntas y volver cuanto antes. En cambio, ella se adelantó.

—¿Vienes a seguir con el trabajo de tu madre? —preguntó sin rodeos, antes de que pudiera tomar asiento en uno de los sillones de cuero que reflejaban la luz que desprendía la chimenea encendida.

—Sí, pero…

—No hay tiempo. —Su tono se volvió aún más apremiante, tomó asiento, instándome a imitarla en el asiento contiguo—.

Te contaré todo lo que debes saber, y luego tendrás que marcharte cuanto antes.

No deben relacionarme contigo o con tu madre, es el único motivo por el que las pruebas siguen intactas… y yo sigo viva.

El peso de sus palabras cayó sobre mí como una losa. La habitación hasta hacía unos instantes convertida en un refugio, se volvió opresiva. Intenté responder, no obstante, mi garganta se había secado, dejando salir solo una débil afirmación.

Marisa continuó hablando, con una intensidad que parecía perforar la penumbra de la estancia.

Durante los diez minutos que siguieron, la escuché sin interrumpir.

No perdí detalle de cada palabra relatada, sabiendo que eran nuevas pruebas de un rompecabezas peligroso y aterrador que apenas empezaba a comprender.

Una vez di por concluida la visita, tras un abrazo de corazón y unas lágrimas derramadas por el recuerdo de mi madre, Marisa y yo nos despedimos. Antes de abandonar su domicilio, cogí el móvil prepago que me prestó lady Vivienne y envié un mensaje a Nathan.

Lady V.H:

Tenías razón, la película de Batman del 89 es total.

Nathan:

¡Te lo dije!

Lady V.H:

Ahora voy a ver Returns y ya te diré si es mejor que las modernas.

Hablábamos en clave de tal forma que él supiese que había conseguido información y volvía al hotel, por lo que debían dejar de exponerse y regresar también.

Esa vez, a través del terminal prestado, solicité un Uber y, de igual forma que salí del hotel, volví a mi habitación.

Antes de cerrar por completo la puerta de nuestra habitación, una sensación fría me recorrió la espalda, alertando a mi sistema de que no bajase la guardia.

La tenue luz de una lámpara en el rincón apenas iluminaba la silueta de Nathan, inclinado hacia adelante en el sillón.

Su postura era demasiado rígida, demasiado forzada.

Su rostro sumido en las sombras me impedía ver sus ojos.

En una fracción de segundo, mi mirada saltó hacia la cama, en donde el cuerpo de una mujer yacía inmóvil; lady Vivienne.

Un momentáneo alivio me invadió de forma tímida al notar el leve movimiento de su pecho: respiraba.

Sin embargo, antes de que pudiera dar un paso en la dirección de alguno de los dos, una voz grave cortó el aire como una cuchilla.

—Señorita Benet, es usted más inteligente de lo que esperaba.