Capítulo 16 #3
Una vez a salvo en la habitación alquilada, Nathan se sentó en la cama.
—Pensemos —dijo—. ¿A quién mandaría tu madre su DNI argentino para que fuera a abrir la caja antes de que ella llegara?
Esa fue la conclusión que alcancé frente al escaparate, mi madre tenía un DNI de nuestro país de origen y en NIE español, estaba convencida que había viajado con el documento español y el pasaporte.
—Imagino que sospechaba que alguien la seguía y pensaría encontrarse con esa persona al llegar a Londres, pero tuvo el accidente…
—¿Sigues pensando que fue un accidente? —preguntó bajando una octava su tono de voz.
—No estoy segura, lo único que tengo claro es que mi madre llegó a este país y horas después se salió de la carretera.
En esos días pensé mucho en el amor que mis padres se profesaban y en la forma tan trágica en que ambos murieron.
Miraba a Nathan, segura de que preferiría morir a su lado que ser obligada a vivir en este mundo una larga vida sin su sonrisa.
Comprendí que él me amaba de la misma forma y que ese fue el motivo por el que ni se planteó alejarse de mí, pese al peligro inminente que se cernía sobre nosotros.
Intuí que eso mismo había hecho mi padre, apoyar a mi madre hasta las últimas consecuencias.
En ese momento, viendo cómo Nathan me observaba en silencio, entendí el acto tan egoísta que había cometido para con él.
—Coge tus cosas, te vas a casa de tus padres hasta que esto acabe.
—¿Ya estamos otra vez?
—Nathan, por favor, haz esto por mí. Solo unos días, te lo suplico.
—Suplica todo lo que quieras, no pienso dejarte sola, lo pidas en español, inglés o catalán. ¿Entiendes?
Nuevamente el terror a que le ocurriese algo se deslizó por mis mejillas. Nathan se acercó, besando cada gota de miedo al tiempo que aseguraba:
—Tú y yo vamos a estar juntos aunque nuestro final sea igual al de tus padres o Catherine e Ian.
Puedes decir lo que quieras, pero moriré a tu lado si es necesario y nada de lo que vaticines o hagas me hará cambiar de parecer.
Estoy aquí asumiendo el riesgo porque quiero, sin presiones, quiero saber qué ocurrió y quiero hacer justicia a tu lado.
No hay ningún otro lugar en el que desee estar más que aquí y ahora.
Con cada beso, susurro y caricias de sus manos mi cuerpo se rendía a ese amor tan grande que solo Nathan era capaz de convertir en algo que parecía indestructible.
—Te quiero más allá de esta vida, ocurra lo que ocurra —susurré perdiéndome en sus deliciosos labios.
Tras rendirnos al corazón y a la piel, Nathan pidió la comida al servicio de habitaciones.
Sentados frente a dos platos de cornish pasty , la famosa empanada de carne típica de Cornualles, mi chico volvió de lleno a la investigación.
—Helena, ¿no decía tu madre que si le ocurría algo hablases con su hermana?
—Sí, Diana, ya te lo dije. Hasta donde sé nunca dejó Argentina, no puede ser la conexión aquí.
—Lo sé, vida, pero me cuadraría bastante que alguien relacionada con ella fuese el nexo difícil de rastrear entre las dos. ¿No crees?
Mi cerebro comenzó a trabajar de forma rápida, analizando la documentación encontrada en casa de Lita, pronto exclamé:
—¡Joder! Claro, mi madre y Diana siempre hablaban de su prima, la que vivía aquí desde que se casó. Fueron íntimas amigas en la juventud en Argentina. Debemos ir a ver a esa mujer.
—¿Sabes dónde encontrarla?
—Si no ha cambiado de dirección sí, sino habrá que buscar a Marisa Diosdado Sosa.
—¿Cómo? Me asustas.
—Por esto. —Abrí el archivador, que viajaba conmigo desde el comienzo de esta locura y en el que iba guardando los documentos e información que creía importantes, y saqué una carta que encontré entre las cosas de mi madre.
—Mira, mi madre y ella se carteaban, igual que hacía con Diana.
Mi madre siempre hablaba de lo bonito de conservar esos recuerdos en papel, que nada tenía que ver su esencia con los SMS o emails que ya comenzaban a circular hace años.
Tenía una idea romántica de la vida y las relaciones.
¿Vamos? —pregunté, terminando el último pedazo de mi plato.
—No, así a la aventura no. Si nos están siguiendo, lo primero es cerciorarnos de que esa mujer sigue viviendo allí.
Nathan sacó el portátil y navegó por internet durante un rato. Yo decidí servir dos tés de los obsequiados por el alojamiento.
Sobre una mesa alta, situada en un lateral de la estancia, había una pequeña tetera eléctrica, de esas compactas que parecen hechas para viajeros frecuentes o amantes de las infusiones improvisadas.
Junto a ella, dos juegos de té que eran una auténtica monada.
Las tacitas eran diminutas, con dibujos de flores delicadas y un borde dorado que parecía sacado de una casa de muñecas.
Los platillos a juego completaban el conjunto, y por un momento, no pude evitar imaginarme que Catherine debía tomar el té en alguna taza parecida.
Entendí que esa mujer se había metido en mi cabeza de una forma casi obsesiva, pues, a cada rato, mi mente viajaba a su diario, a su vida.
Imaginando como debió ser su final y acongojándome con la injusticia de que un amor tan grande fuese destruido por a saber quién y con qué fin.
Quería venganza, venganza hacia la muerte de dos historias de amor que sucumbieron ante los mismos criminales con décadas de diferencia.
Obligándome a que el odio no dominase mi juicio, dejé una de las tazas junto a Nathan.
—¿Lo tienes? —pregunté.
—Sí, creo que sigue viviendo allí.
—Bien, ¿cuál sería el segundo paso en su elaborado plan, señor Digby?
—Fácil, llegar hasta allí sin que quien sean esos tipos se enteren.
—Por supuesto, ¿cómo no se me había ocurrido…? Imagino que en ese plan ya sabes cómo lo haremos.
—Aja… Espero que no seas celosa, vida.
Me dedicó una mirada traviesa y escandalosamente sexy, provocando que no pudiese más que sonreír.