A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Al salir del banco, anduvimos de la mano en busca de un lugar en donde tomarnos un café y ordenar las ideas. Al pasar por un escaparate, vi banderas de diferentes países y, mirando a Nathan con ojos saltones, exclamé:

—¡Ya sé cómo lo hizo mi madre!

—¿Qué? —preguntó sin seguir el hilo de mis pensamientos, no podía culparle.

Iba a aclararle todo, cuando a través del escaparate, al otro lado de la calle, me sobresaltó la silueta de un hombre de mediana edad, de complexión gruesa, arropado por un abrigo gris y con el rostro parcialmente tapado por unas grandes y oscuras gafas de aviador.

Puede que Nathan tuviese razón y estuviese paranoica, no obstante, ese tipo estaba sacando dinero en el cajero cuando salíamos del banco y en ese instante estaba a menos de treinta metros hablando por el móvil. Mucha casualidad para mi raciocinio.

Necesitando comprobar si estaba en lo cierto, agarré de forma fuerte la mano a Nathan, me acurruqué contra su cuello y dije:

—Vida, será mejor que me invites a ese tentempié para que pueda aclarártelo todo.

—Ven, conozco una cafetería londinense que hace un té con leche orgásmico —me sonrió canalla y yo procuré devolverle el gesto para no delatar mi verdadera desazón y nerviosismo.

Seguí a Nathan durante algo más de cinco minutos, sintiendo como la presión en mi pecho iba en aumento.

—Un par de calles más y estaremos —aseguró, viendo mi cara de impaciencia.

—Amor, luego me la enseñas, necesito entrar en este bar mismamente… —Le miré con intensidad e intuyó que mi vejiga de capacidad mínima estaba a punto de reventar.

Me sonrió a la vez que cruzamos el umbral y yo hice lo que se suponía que debía hacer; buscar el aseo.

Ya que estaba allí, decidí utilizar el servicio y hacer algo de tiempo refrescándome para no levantar sospechas.

Al salir, observé que Nathan había tomado asiento en una mesa lateral; mi corazón se aceleró de forma súbita al comprobar que aquel tipo entraba con un andar deliberado, como un depredador que no quiere asustar a su presa antes de tiempo, y tomaba asiento dos mesas por detrás.

De forma pausada, retiró su abrigo dejándolo sobre la silla que se encontraba a su izquierda y, sobre la mesa, depositó las lentes.

De camino a mi asiento le estudié con todo el disimulo que pude, pues al no llevar ninguno gafas de sol me daba miedo delatarme.

Bajo los cristales, descubrí un señor de ojos claros y mirada escurridiza.

Me llamó la atención que tenía en su mejilla derecha una cicatriz fina y alargada, curvada ligeramente hacia la mandíbula, me pareció algo así como una marca de guerra o un recordatorio de un pasado violento.

O eso es lo que mi mente formuló para asustarme un poco más.

Sin otra opción que calmarme y trazar un plan que nos sacase de allí, respiré hondo y me dispuse a realizar una actuación digna de un Goya.

—Vida, ¿te han atendido? —pregunté, dando la espalda al desconocido, sin tomar asiento.

—No, está bastante ocupada la muchacha.

—Bien, en ese caso vamos a degustar esos tés orgásmicos.

Supe que Nathan estaba a punto de sacar su lado correcto y educado para decirme que no le parecía bien que hubiese hecho uso de los aseos sin consumir nada. Por eso, adelantándome a sus pensamientos, me acerqué a su oído y susurré:

—Si no son orgásmicos tendrás que llevarme a ese estado en el hotel. —Le mordí la oreja y supe que acababa de ganar ese asalto.

Pese a mi reto, Nathan salió de allí con cara compungida y un poco más adelante no pude evitar romper a reír a carcajadas.

—A ser descorteses no le veo la gracia —respondió, mirándome fijamente e intentando no reír conmigo.

—Vida, sé que tuviste una educación estirada y todo eso, pero, hijo, parece que hayamos atracado un banco. Seguramente la camarera haya agradecido que no esperáramos, estaba desbordada.

—Temo que donde te llevo esté igual o peor.

—En ese caso pasaremos al otro tipo de orgasmo —contesté haciéndole reír por fin.

—Eres una descarada.

—Da gracias a que tu familia no puede oírme y a que soy una gran actriz delante de ellos.

Nathan no pudo reprimir las carcajadas y darme la razón, pues en eso la llevaba.

Su familia pertenece al Condado Digby, siendo los descendientes de John Digby, proclamado primer conde de Bristol en 1622.

Su padre, un hombre correcto pero cercano, en cada una de nuestras visitas terminó discutiendo con Nathan por negarse a aceptar la presidencia del conjunto empresarial que poseen.

Algo en lo que, pese al silencio discreto de su madre y su aparente apoyo filial cuando nos quedábamos los tres solos, no me parecía del todo sincero.

Lady Digby es una mujer que contrajo matrimonio por el bien de las relaciones sociales de la familia, y que jamás llevaría la contraria a su marido en público y posiblemente tampoco en privado.

A pesar de todo y de yo no pertenecer a la clase alta, jamás ninguno me hizo de menos ni pareció importarles mi procedencia.

Creo que me gané su cariño con mi pose de niña educada y mi saber estar.

Mi abuela siempre decía que toda persona debía saber comportarse según las compañías y las circunstancias.

Ella podía ser la persona más divertida, incluso mal hablada en privado, y la más dulce de las abuelitas en las reuniones del instituto.

Mientras hablábamos y yo hacía de novia enamorada por la calle, risueña y sin preocupaciones, mi mente no paraba de buscar la forma de despistar al tipo que, lejos de quedarse en la cafetería, continuaba tras nosotros a una distancia prudencial, aunque no lo suficiente para que mi reciente estrenado sentido arácnido no me avisara del peligro.

Tirando de cinefilia recordé todas las películas de espías que Nathan y yo veíamos cuando queríamos evadirnos. Vi una señal que marcaba una estación de metro cercana y recurrí al más clásico de los planes de despiste.

Aprovechando que Londres nos envolvía con su inconfundible bullicio y su pavimento húmedo, entrelacé mi mano con la de Nathan, guiándole de forma tranquila en un paseo premeditado por una calle que serpenteaba hacia mi objetivo.

Procuré, durante el trayecto, mantener una conversación casual con él, sin embargo, mi mente estaba centrada en el tipo que nos seguía.

Ya no era el mismo que el de la cafetería, no obstante, ese hombre que apareció de la nada al poco de salir del local, justo cuando el de la cicatriz desapareció de mi vista, portando un abrigo negro y unas gafas muy similares a las del primero, fue marcado por mi cerebro, advirtiéndome de que no parecía un turista despistado o una persona que llevase un rumbo claro.

No negaré que mi parte más paranoica estaba desquiciada, aun así, preferí alejarme de cualquier desconocido que me diese mala espina y llegar cuanto antes al hotel.

—Vamos al metro, hay un sitio al que me encantaría ir —dije, esforzándome por sonar relajada y emocionada.

Nathan, algo trastocado por mis cambios de humor y de itinerario, me estudió queriendo saber qué se me pasaba por la cabeza. Tras unos segundos contemplándome, me tomó de la mano, completamente ajeno al peligro que acechaba tras nosotros.

—De acuerdo.

Al doblar la siguiente esquina, aceleré el paso de forma inconsciente, como cuando el frío te obliga a buscar refugio. El cartel de la entrada al metro nos esperaba a poca distancia de nuestra posición.

«Perfecto. Vamos a comprobar si ver tantas pelis sirve para algo», pensé descendiendo las escaleras mecánicas.

Ahí empezaba el juego. Por las baldosas que cubrían las paredes observé que el tipo accedía a las escaleras, aguardando unos peldaños por detrás.

Una vez comenzamos a recorrer los pasillos hasta el andén, emprendí la tarea de contar mentalmente los pasos que nos separaban del tipo, esos que marcaban un ritmo demasiado constante para ser casualidad.

Como sospechaba, en el andén el desconocido se mantuvo mirando a cualquier lugar menos a nosotros. Necesitando observarle con más detenimiento, dejé caer mi gorro al suelo, fingiendo torpeza.

—¡El gorro! —exclamé, soltando la mano de Nathan y agachándome para recogerlo.

El cristal de la máquina expendedora sirvió para estudiar su reflejo. Más joven y atlético que el anterior, con rostro cuadrado y altura considerable, dándome la misma mala espina que su predecesor. Sin más tiempo para mi escudriño, me levanté y apoyé la cabeza en el costado de Nathan.

Dos interminables minutos después, el rugido del tren que se aproximaba me llenó de determinación. Agarrándole la mano con firmeza, tironeé suavemente.

—¡Verás que sitio más bonito! —aseguré con una sonrisa que disfrazaba la prisa.

Subimos justo en el momento en que la apertura de puertas terminó su recorrido, nos mantuvimos agarrados a una de las barras de seguridad laterales en completo silencio, y en el último instante, escuchando el sonido de advertencia de cierre, tiré de Nathan con fuerza, sacándolo del vagón.

Apenas protestó, confundido. Mis ojos solo podían mirar hacia el tipo que no tuvo tanta suerte, quedando atrapado entre la aglomeración de personas y las mamparas correderas.

Estudié la mueca de frustración que dibujó su rostro y el golpear incesante sobre el botón de apertura que me confirmó mis sospechas: Nos estaba siguiendo.

El tren arrancó, llevándose al extraño lejos de nosotros. Por fin respiré y sonreí triunfante.

Nathan seguía aturdido por mi maniobra, observando absorto la forma en que el tren se perdía por el túnel. Una vez dejamos de verlo, se giró para mirarme y exclamó:

—¡Nos estaban siguiendo!

—Así es.

—Vida, lo siento, siento no haberte creído.

—Tranquilo, hasta hace media hora yo tampoco estaba segura de si eran paranoias mías. Además, si estoy en lo cierto, no es el único hombre que nos sigue. Vamos a centrarnos en acabar cuanto antes con todo esto y regresar a casa.

—Volvamos al hotel.

—Sí, necesito pensar con claridad y ahora mismo mis niveles de adrenalina están por las nubes.