A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 16
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Capítulo 16

Soñaba con la historia preciosa y trágica de Catherine e Ian, cuando unos susurros comenzaron a alejarme del subconsciente, poco a poco. Un zarandeo cariñoso, junto a la repetición de mi nombre, terminaron de arrancarme de la ensoñación.

—Helena, Helena…

Abrí los ojos, encontrándome con la sonrisa perfecta de mi Nathan.

—Vida, vamos a aterrizar —explicó, dándome un casto beso en los labios.

Volar no es lo que más me gusta, por eso tomo Biodramina, no obstante, nunca me había dejado tan fuera de juego.

Puede que los nervios de la noche anterior también hubiesen colaborado en que el sueño durante el trayecto, de poco más de dos horas, fuese más profundo.

Lo cierto es que me vino bien, pues me sentí rebosante de energía.

Pasamos los controles con mi bolso bien pegado a mi cuerpo, en él llevaba la llave y el código, y una mochila en la que portaba algo de ropa y la carpeta con toda la documentación que habíamos recopilado en los días anteriores, y salimos en busca de un taxi que nos llevase hasta el hotel que reservamos en Paddington.

No pude evitar mirar hacia ambos lados antes de subirme al vehículo, era incapaz de deshacerme de esa sensación de que alguien nos vigilaba, la misma que me seguía desde que estuvimos en el Ona Banc.

Tras dejar las maletas en el alojamiento, nos dirigimos al banco Crown mi raciocinio volvió trabajando a todo lo que daba y encendiendo una luz roja en mi mente. Saliendo de mi mutismo, con rapidez pregunté:

—¿A qué hora se abrió la caja por última vez estando a nombre de mi familia?

—Un momento —volvió a revisar el informe y aseguró— a las nueve y treinta y seis de la mañana.

—¡No pudo ser mi madre! Su vuelo salió de Barcelona a las diez de la mañana y murieron aquella tarde a las siete.

—Puede que no lo recuerde con exactitud.

Me levanté encarándome al hombre.

—¡Falté a clase para despedirles, fue la última vez que los vi! Y le puedo asegurar que jamás olvidaré el día que mis padres fallecieron.

Diré que, pese a que considero que mi estallido fue justificado, la cara de circunstancia del director hizo que me apiadase de él. Me volví a sentar.

—Disculpe mis modales. Pero asevero lo que he dicho, mi madre no pudo abrir esa caja.

—No, discúlpeme usted a mí. Mi pregunta ha estado fuera de lugar. Déjeme un momento para comprobar los datos nuevamente.

Durante unos minutos, tecleó frenéticamente en su ordenador, negando una y otra vez con la cabeza.

—Disculpe, señorita Benet, no sé cómo pudo ocurrir, sin embargo, los datos de su madre aparecen como la persona que accedió a la sección Dos.

—Le digo que eso es imposible —repetí perdiendo la poca paciencia que me quedaba.

—Lo sé y créame si le digo que esto es del todo inaudito.

—¿Hubo más aperturas en esa sección aquel día? —indagué siguiendo una corazonada.

—Sí, su madre y otra mujer accedieron… —Dejó la frase en el aire, posando un dedo en su ordenador como si lo que estuviese leyendo fuera del todo incorrecto. —¡No es posible! —exclamó negando enérgicamente con la cabeza.

—¿Qué ocurre? ¡Por Dios, explíquese! —pidió Nathan perdiendo los nervios.

—Según los registros, la señora Aguirre y otra mujer que tenía alquilada una caja en esa misma sección accedieron a las instalaciones con segundos de diferencia y salieron de igual forma.

—¿Cómo se accede?

—Se accedía, el sistema ha cambiado totalmente.

La sección dos era de cajas heredables, pasaban durante generaciones de padres a hijos en una misma familia, por eso para acceder solo se tenían que meter el nombre del titular de la caja y el número de la caja, ya que una vez dentro sin la llave era imposible acceder al contenido.

Además, debías pasar por el escáner un documento de identidad original, tras lo que firmabas con nombre y apellido.

—¿No había cámaras?

—En el banco sí, llevan instaladas desde mil novecientos setenta y tres, no obstante, en la sección interior no. Se suponía que debías ser el dueño para acceder a ellas. Aunque está claro que no era un sistema muy fiable, de ahí que se aumentara la seguridad hace años.

—¿Habría posibilidad de acceder a esas imágenes?

—No, se eliminan cada noventa días.

—¿Solo?

—Le aseguro que es más de lo que lo hacen la mayoría de las entidades. Aquí, en Reino Unido, solo se nos exige guardarlas treinta días. A no ser que haya algún indicio de delito, eso ya sigue otro curso, pero no es el caso que nos atañe.

—¿Cómo? ¡Alguien vació la caja de mi familia y le aseguro que no fuimos nosotros!

—Disculpe, me he explicado mal. Hasta ahora no hemos tenido constancia de ninguna irregularidad, por ello se destruyeron las imágenes.

Pero tenga por seguro que investigaré lo ocurrido, aunque con el actual sistema de videovigilancia es muy complicado que vuelva a ocurrir.

Siento las molestias causadas, de veras.

—¿Y podría darme el nombre de la otra mujer que accedió?

—Lo siento, esos datos son confidenciales. Si bien, sigo sin entender cómo podría estar la señora Aguirre en un avión para el que necesitaba su DNI y a la vez estar pasando aquí el mismo documento por el escáner, no servía una copia, debía ser el documento original.

—Yo tampoco lo comprendo. Gracias por su ayuda —respondí, sabiendo que de aquel buen señor poco más podría sacar en claro.

—Si denuncia podremos darle esos datos a la policía —dijo en última instancia.

—No, no se preocupe. Solo quería saber que había guardado mi bisabuela en esa caja, pensé que era algún recuerdo familiar o algo sentimental —mentí, intentando que no viese la preocupación que realmente nacía en mis entrañas. Debía restarle importancia para que se olvidase del tema.