Capítulo 15 #2
—Catherine, disculpa si te he incomodado.
Nada más lejos de mi intención. —Desvié la mirada, incapaz de sostenerla con la vergüenza anegando mis pupilas—.
Por favor, mírame. —Dudé, pero obedecí—.
Eres la mujer más maravillosa que jamás he conocido, y no quiero que te reprimas al expresarme lo que sientes.
Que me beses con esta pasión me hace feliz porque demuestra que estás tan enamorada de mí como yo de ti.
Te amo, y quiero que te sientas libre para amarme, responderme e incluso llevarme la contraria si así lo deseas. ¿Lo comprendes?
Con esa declaración, he entendido que Ian no espera que sea una mujer perfecta. Solo desea que sea yo misma, algo que jamás pensé encontrar en un hombre.
Sin perder más tiempo, Ian me ha guiado por un laberinto de calles adoquinadas, hasta detenernos frente a una majestuosa fachada de piedra, con un estilo refinado y acogedor.
La casa, de dos pisos, tenía una elegante puerta principal enmarcada por columnas dóricas y ventanas altas de cristales emplomados, que reflejaban la cálida luz del crepúsculo.
Enredaderas de glicinas trepaban por las paredes, confiriéndole un aire romántico y nostálgico, como si aquella vivienda hubiese estado aguardando nuestra llegada.
—He alquilado esta casa. Si te gusta, la compraré y será tuya siempre que necesites un refugio lejos del mundo —ha asegurado, con la promesa de un futuro juntos ardiendo en sus ojos.
Sin palabras, le he seguido al interior, maravillándome con los techos altos, las molduras ornamentadas y los suelos de madera que crujían con historia bajo mis pasos.
La sala principal estaba decorada con muebles robustos, sillas tapizadas en terciopelo burdeos y un imponente piano de cola que dominaba la esquina.
Las escaleras, con su barandilla de hierro forjado, conducían a los cuatro dormitorios del piso superior.
Cada habitación irradiaba calidez, si bien, ha sido el dormitorio principal el que me ha robado el aliento.
Un amplio ventanal dejaba entrar la luz tenue del atardecer, bañando la habitación en un tono dorado.
En el centro, una cama de caoba con dosel, adornada con cortinas de encaje, parecía invitarme a soñar.
No obstante, no ha sido la belleza del mobiliario lo que me ha conmovido, sino la mirada felina de Ian, quien, apoyado en el marco de la puerta, me observaba con una intensidad que ha encendido algo nuevo en mi interior: una fuerza tan atrayente como las mareas que siguen el ciclo de la luna.
Sin voluntad para resistir, he permitido que me besase con una pasión desconocida, robando el aire de mis pulmones y acelerando los latidos de mi corazón.
—Mi amor, discúlpame, soy un osado —ha susurrado, separándose apenas lo suficiente para mirarme a los ojos—.
Es tanto lo que me haces sentir y tanto lo que voy a anhelar tus labios en la distancia que no he podido contenerme.
Te prometo que no volveré a cruzar este límite hasta que jure ante Dios y ante el mundo que te amaré hasta el último de mis días.
Por primera vez en mi vida, he ignorado lo que se esperaba de mí. Dejando que mi corazón guiara mis acciones, con voz emocionada he respondido:
—Ian, ya soy tu esposa ante Dios.
La sorpresa ha brillado en sus ojos antes de que sellara mis palabras con un beso lleno de ternura y deseo.
He sido yo quien ha tomado la iniciativa de desatar la trenza trasera de mi vestido, dejando que la prenda cayera al suelo.
Ian intentó protestar, no obstante, le interrumpí con una pregunta cargada de anhelo.
—¿Me deseas?
No necesitó responder con palabras; sus ojos hablaron por él, y el resto de la tarde quedará grabada en mi memoria como una experiencia que jamás olvidaré.
Aunque al principio sentí temor, Ian demostró una paciencia y delicadeza que convirtieron aquel momento, que tantas amigas me habían descrito con dolor, en una vivencia transformadora.
Cuando el fuego en nuestro interior finalmente ha explotado en un clímax de felicidad, he sabido, sin lugar a dudas, que amarle en cuerpo y alma será lo más maravilloso de mi vida.
Más tarde, mientras el reloj marcaba la inminente hora de mi partida, mi amor me ha hecho una promesa, sellándola con un obsequio que, pese a su pequeño tamaño, tiene un valor incalculable para mí.
—Catherine Cavendish, te prometo que ni la furia del océano ni la misma Parca lograrán separarme de ti. Volveré para hacerte mi esposa. Y como prueba de ello, quiero que tengas esto.
Con manos temblorosas, he tomado un relicario de plata ornamentado.
Al abrirlo, aquella maravillosa fotografía que nos tomaron en la mansión Mountbatten durante una de las veladas, me ha hecho sonreír como una atolondrada, pensando que esa pequeña imagen me permitirá mirar su bello rostro aunque se encuentre al otro lado del Atlántico.
Antes de que pudiera agradecerle aquel precioso obsequio y explicarle lo importante que era para mí poseerlo, Ian ha sacado una segunda caja.
Al abrirla, reveló un anillo digno de la más alta joyería londinense: un fino aro de oro con un diamante central, flanqueado por pequeños zafiros que destellaban como estrellas.
Ian, arrodillado frente a mí, con una voz inundada de emoción, ha pronunciado:
—Catherine, me harías el hombre más feliz del mundo si aceptas esperar a este pobre mortal hasta que logre desposarte. Este anillo es mi promesa de que cumpliré mi palabra, aunque sea lo último que haga.
Asintiendo, incapaz de hablar, las lágrimas han rodado con total libertad por mis mejillas. Finalmente, hemos sellado nuestro compromiso con un beso que parecía detener el tiempo.
Pese a la felicidad inmensa que me ha embargado al portar la joya, mi cordura me ha obligado a despojarme de ella.
—Será mejor que lo guarde en un lugar seguro.
Ian ha cogido nuevamente el cofre, de cuyo interior ha extraído una pulsera.
—Aquí —ha señalado la preciosa caja—, quiero que guardes estas pruebas irrefutables de mi amor por ti. Pronto no tendrás que esconderte nunca más, entre tanto, puedes dejarlas en este dormitorio, el que pronto será parte de ese hogar que prometo construir junto a ti.
Con emoción, me ha mostrado la inscripción que atesoraré toda mi vida, guardando ambos regalos con la esperanza de, algún día, portarlos ante el mundo sin que nadie ose impedírmelo.
Con un último beso lleno de despedidas y promesas por cumplir, he dejado la casa que ya siento como un hogar, sabiendo que el amor de Ian será mi fortaleza durante los días que están por venir.