Capítulo 15
Ian es el hombre más maravilloso que jamás pensé encontrar, difiere tanto de los encorsetados a los que estoy acostumbrada, que cada detalle que confirma esto que acabo de escribir, me sorprende.
De igual modo que esta tarde, por ejemplo, cuando gracias a mi primo Howard, que ha convencido a padre para que me permitiese acompañarle junto a Madeleine a dar un paseo por la feria medieval, una de mis favoritas, he podido disfrutar de una de las más extraordinarias jornadas de mi existencia.
Al llegar a la plaza, mi querido primo me ha ayudado a bajar del coche y tras pedirle al cochero que nos recogiese tres horas después, me ha susurrado:
—Prima, estaré en el salón de caballeros, procura que no se os vea demasiado o mi tío hará de mi vida un infierno.
No he comprendido a qué se refería, hasta ver la silueta de Ian aguardando en la calle que quedaba a nuestra derecha.
No he tenido palabras para agradecer aquel desinteresado gesto, por eso mi instinto ha sido abalanzarme sobre Howard y de forma poco decorosa plantarle un sonoro beso en la mejilla.
—Perdón, querido, soy una Cavendish de lo más vulgar —me he excusado, avergonzada.
—¡Ja, ja, ja! Eres una Cavendish de lo más divertida, anda, ve y disfruta de la vida, que no todo dura.
Esa última frase me ha sonado algo rocambolesca y llena de advertencia, aunque en realidad es posible que desde que permití que Ian me confesase su amor y me robase el primer beso, en la quinta fiesta de la temporada, siento que padre descubrirá mis sentimientos en cualquier momento, haciéndome pagar caro la osadía de enamorarme de alguien que no está a la altura de su espléndido apellido, tal como ha dejado caer en varias ocasiones, refiriéndose al padre de Ian y sus negocios.
Durante el baile celebrado en la mansión Mountbatten, Ian y yo mantuvimos las apariencias en la sala principal tanto tiempo como fue necesario, compartiendo compañía entre valses y conversaciones triviales.
Fue solo cuando Sophie, mi leal confidente, me aseguró que padre se encontraba absorto en la sala de caballeros, enfrascado en conversaciones de negocios con el señor Astor y otros hombres de similar disposición, que me atreví a deslizarme hacia el jardín.
Sophie, conocedora de las costumbres de su propio padre, el señor Griffiths, me prometió avisarme cuando aquella reunión, tan densa en testosterona y vacía de encanto, llegase a su fin.
Su eficiencia me otorgaría al menos una hora de libertad para pasear junto a Ian sin temor a interrupciones.
Aprovechando la amistad que mantengo con lady Margaret Mountbatten, hija menor de los anfitriones, y su generosidad al permitirme acceso al jardín privado, Ian y yo nos encontramos caminando bajo la plateada luz de la luna.
La vegetación, exquisita en su diseño y cuidado, nos ofrecía un refugio perfecto.
Fue allí donde me llamó la atención una flor que rara vez se ve en nuestro país: la peonía de árbol.
Mientras la admiraba, absorta en sus delicados pétalos, sentí cómo Ian tomaba mi mano con una suavidad que hizo que mi corazón se detuviera por un instante.
Girándome hacia él, descubrí en sus ojos un brillo que hablaba de cosas que las palabras no alcanzan a expresar.
—Señorita Cavendish, si pudiese prestarle mis ojos por un instante, le mostraría la forma en que la luna se refleja en su cabello —susurró—. Es, sin duda, la visión más hermosa que jamás he tenido el privilegio de contemplar.
Mis mejillas ardieron ante su confesión, y, aunque mi instinto me pedía apartar la vista, me descubrí incapaz de romper el contacto.
—Señor Beckwith, me siento sinceramente halagada —respondí al fin, intentando mantener la compostura—. Ha de saber que usted logra que me sienta... diferente.
Ian sonrió, y en esa sonrisa había algo de osadía y ternura a partes iguales.
—Si sigue refiriéndose a mí como «señor Beckwith», voy a pensar que habla con mi padre —bromeó, mitigando con su tono ligero la seriedad del momento.
Desvié la mirada, nerviosa.
—Catherine… —dijo con suavidad, inclinándose levemente hacia mí—. ¿Puedo llamarte así?
Su pregunta quedó suspendida en el aire mientras alzaba mi mentón con delicadeza, obligándome a mirarlo de nuevo.
—Si digo que no, estaré mintiendo. Y si acepto, pareceré una descarada —admití, y mi sinceridad le arrancó una risa profunda y cálida.
—Entonces, serás la descarada más encantadora que haya conocido jamás.
—Ian... —suplicante, pronuncié su nombre en voz alta por primera vez en mi vida, mi voz apenas era un murmullo, no obstante, su sonrisa se ensanchó al oírlo salir de mis labios.
—Qué hermoso suena en tu voz.
Antes de que pudiera reaccionar, sentí su mano posarse en la base de mi espalda, acercándome hacia él.
En sus iris brillaba un universo entero, y cuando sus labios rozaron los míos, el mundo pareció detenerse.
Inexperta y sorprendida, tardé un instante en responder, en cambio, cuando finalmente lo hice, sentí cómo todo mi ser se encendía en una chispa de emoción y deseo.
El beso fue dulce y lento, lleno de promesas. Su lengua, como una corriente suave, exploró la mía con tal ternura que me quedé sin aliento. A pesar de que mi corazón latía desbocado, mi mente, siempre vigilante, me instó a recuperar la cordura.
Con toda la resistencia que pude reunir, coloqué una mano temblorosa en su pecho, separándome aunque cada fibra de mi ser rogaba permanecer en sus brazos.
—Esto no está bien —murmuré sin convicción—. ¿Quién cree que soy?
Ian no se apartó. En lugar de eso, sostuvo mis manos con firmeza, llevándolas hasta su pecho mientras me miraba con una intensidad que casi dolía.
—Catherine, estoy irremediablemente enamorado de ti. Dime que no sientes lo mismo y jamás volveré a osar tocar tus labios.
¿Cómo iba a mentirle? Mi corazón latía demasiado rápido, incapaz de disimular la verdad que él ya conocía.
—Te amo, Ian, empero, mi padre jamás permitirá un acercamiento entre nosotros.
—Dime otra vez que me amas —rogó, en un arrullo que acarició mis sentidos—, y te juro por mi vida y mi honor que no pararé hasta convertirte en mi esposa.
Su promesa, dicha con una sinceridad desgarradora, quedó flotando en el aire, y en ese momento supe que mi destino ya no me pertenecía. Era suyo.
Tras rememorar ese maravilloso momento, mi mente viajó a otro que me partió el alma.
Después de aquel primer beso, llegaron otras galas y encuentros furtivos, cortos pero ansiados por mi corazón.
Ian había intentado acercarse a padre en incontables ocasiones, pero el gran señor Cavendish lo rechazó una y otra vez con cajas destempladas, argumentando que no necesitaba nuevos socios ni amistades.
—Jamás permitirá que te acerques a mí con intenciones románticas —le confesé una noche, sintiendo el peso de nuestra situación.
—Lo sé, amor mío, pero no te preocupes. Te prometí mi amor hasta el último día de mi vida, y así será. No necesito un papel ni el consentimiento de tu padre para entregarte mi alma. Aun así, no descansaré hasta conseguir tu mano. Ya se me ocurrirá algo.
Su respuesta, como siempre, logró mezclar mi desolación con un atisbo de esperanza, esa que Ian sabía resucitar incluso cuando yo la daba por muerta. Si bien, ese día, antes de separarnos, sus palabras quebraron mi corazón en mil pedazos:
—Este es el último baile de la temporada, Catherine, y temo que no podamos vernos en meses.
Mi padre viaja a Nueva York para atender asuntos familiares urgentes, y debo acompañarlo.
Sin embargo, en cuanto lo solucionemos, regresaré para estar a tu lado y comenzar a trazar el plan que nos lleve a no separarnos jamás.
Mis ojos traicionaron mi intento de mantener la compostura, no obstante, Ian sostuvo mis manos con ternura.
—Voy a volver —me prometió con la voz repleta de la misma firmeza con la que un ancla fija un barco al mar—. Solo te pido que me esperes, que me escribas y que sueñes con el momento en que te haré mi esposa. Si lo deseas la mitad de lo que yo lo hago, será el día más feliz de nuestras vidas.
Howard se perdió entre el gentío, a la vez que Madeleine entrelazó su brazo con el mío, devolviéndome al presente y guiándome hacia donde estaba el hombre que hace aletear mi corazón.
—Señorita, aprovecharé para hacer unas compras. Nos vemos aquí en dos horas y media. Ha de dejarse ver por la feria un rato para que el señor Cavendish no sospeche.
Mi querida au pair me dedicó una sonrisa cómplice antes de marcharse.
Avanzando lentamente hacia Ian, los nervios se dispararon.
Salvo las veces en que, con ayuda de Madeleine o mis amigas, lograba escabullirme de las fiestas para charlar más relajadamente con él, nunca habíamos conseguido robar más que unos veloces minutos al tiempo.
Pensé que no volveríamos a vernos antes de que partiera a su tierra natal, y eso había dejado mi corazón agrietado, llorando en la quietud de las madrugadas durante siete días enteros.
No pude contenerme más. Puede que fuese vulgar y descarada, pero el amor que siento por Ian me llevó a caminar hasta un pequeño callejón solitario. Al cerciorarme de que no había nadie alrededor, tiré de su mano y le robé un apasionado beso.
—Señorita Cavendish, me complace comprobar que usted me ha echado de menos tanto como mi corazón se resquebrajaba por su lejanía.
El rubor se instaló en mis mejillas al comprender que me había comportado como una mujer desvergonzada, tomando yo la iniciativa. Al notar mi azoramiento, Ian sostuvo mi rostro entre sus manos y declaró con dulzura: