A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 14
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Capítulo 14

Casi un mes después de que mi abuela muriese, cogimos un vuelo directo a Londres.

Mientras volábamos y la Biodramina hacía efecto, recuerdo tener la sensación de que aquellas dos semanas, desde que hallamos la tarjeta del banco al que nos dirigíamos, habían pasado increíblemente rápido.

Mucho tuvo que ver con que cada segundo que no permanecimos trabajando, estuvimos investigando todo lo concerniente al hundimiento más famoso de la historia.

Una vez colocamos todos los documentos requisados en casa de Lita, tocó hacer ese trabajo que Nathan estaba deseando: crear mi árbol genealógico.

Si bien, nos centramos en mi rama familiar materna, pues era, según todas las pruebas halladas hasta el momento, la que estaba conectada con todo lo que nos estaba sucediendo.

En una de las cajas que nos llevamos, entre el polvo de los años y el olor a papel envejecido, encontramos las piezas clave que me permitieron reconstruir una parte de mi árbol genealógico.

Hallé varios libros de familia, donde los nombres de mis bisabuelos y sus hijos estaban escritos en tinta desvaída.

También había certificados de nacimiento, matrimonios, y algún documento de herencias que detallaba propiedades perdidas hacía décadas.

A medida que revisaba esos papeles, los nombres comenzaron a encajar como un rompecabezas: los padres de mi tatarabuelo Cameron, cuya historia apenas estaba esbozada, surgían con una nitidez inesperada.

Aunque incompleto, este legado documental fue suficiente para trazar mis raíces hasta un pequeño pueblo inglés, un fragmento de historia familiar que antes parecía inaccesible.

Supe que mi trastarabuelo fue quien llegó a Argentina como comerciante de artesanía inglesa, un certificado médico que debieron pedirle para embarcar fue una de las pruebas que encontramos.

Más allá de él, Arnold Clark, y su esposa Clarisa, de la que ni tan siquiera pudimos encontrar su apellido de soltera, se hizo el vacío más inmenso.

Al igual que ocurría con mi tatarabuela Isabella, de la que no hallamos más que un certificado de defunción y unos documentos en los que venía su año de nacimiento en un hospital de un pueblecito perdido en mitad de la Patagonia argentina, y en los que los años había desdibujado los nombres de sus padres.

Sin embargo, algo nos decía que la conexión entre mi familia y lo que estaba ocurriendo se encontraba en Inglaterra, por ello, nuestro siguiente paso, tras finalizar las pesquisas en Londres, sería viajar a ese pequeño pueblo llamado Deptford con la esperanza de encontrar algún registro que arrojara luz sobre el padre de mi tatarabuelo.

Antes del viaje, investigué en internet sobre ese lugar y me intrigó su historia como un importante centro marítimo en el pasado.

Durante el siglo xix , Deptford albergó astilleros reales y fue un punto clave para la construcción de barcos y para el comercio inglés.

Me imaginaba los muelles repletos de mercancías y comerciantes cargando artesanías y textiles con destino a algún punto de América, Europa o Asia.

Descubrí que su decadencia comenzó a finales de ese siglo, cuando los astilleros cerraron, no obstante, el archivo local seguía apareciendo como activo y no perdía la esperanza de encontrar allí la conexión entre mi familia y la de Catherine Cavendish.

Al tiempo que mi mente colocaba nuevamente cada pieza que teníamos de ese rompecabezas, la medicación para soportar el vuelo me sumía en un estado de inconsciencia, viajando hasta adentrarme en las páginas de ese diario que había leído en tres ocasiones desde que llegase a mis manos.