A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 13
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Capítulo 13

Cuando le mostré el certificado de defunción de mi madre a la empleada con la que nos habían citado, que aguardaba tras un mostrador, y le mostré mi documento nacional de identidad, tras teclear unos instantes en su ordenador, solicitó:

—Disculpen, aguarden aquí unos minutos, avisaré al director y él mismo les aclarará la situación.

Aquello nos dejó pensativos y llenos de incertidumbre, pues se negó a darnos más explicaciones y fue en busca de su superior, quien nos hizo acompañarle hasta su despacho.

—Buenos días, soy José Antonio Alcaraz, director de la sucursal, pasen.

—Buenos días —respondimos, tomando asiento.

Al entrar en el despacho, lo primero que me llamó la atención fue el contraste absoluto entre el interior y el exterior del edificio.

La fachada, imponente y señorial, era un recordatorio de otros tiempos, con molduras elaboradas y ventanas altas que parecían susurrar historias de siglos pasados.

Sin embargo, al cruzar la puerta exterior, todo aquello quedaba atrás.

La oficina era moderna, funcional, casi clínica.

Las líneas rectas dominaban el mobiliario, y el cristal y el metal reflejaban la luz de las lámparas LED que simulaban la calidez del día.

En el despacho, la estética seguía la misma línea.

Una vez acomodada frente al escritorio del director, no pude evitar pensar que la única conexión entre ambos mundos, el antiguo y el contemporáneo, era un más que posible documento que obligó a los actuales dueños a conservar el frontispicio, seguramente porque era un bien cultural o un edificio protegido por su valor histórico y su antigüedad.

—Señorita Benet, ¿podría facilitarnos nuevamente la documentación?

—Tome —respondí tendiéndole tanto el certificado de defunción como mi DNI.

—Ha tenido suerte, un año más y la caja hubiese sido abierta y su contenido sacado a subasta.

—¿De veras?

—Sí, la política de la empresa es que una caja, que no está al corriente del alquiler, sale a subasta dos años después del último recibo pagado.

—No comprendo, mi madre lleva muerta catorce años.

—Yo estoy igual de perplejo, lo único que puedo decirle, según veo aquí —estudió el monitor con verdadera curiosidad, como si lo que leyese no le cuadrase nada—, es que se pagó puntualmente el alquiler el día cinco de cada mes hasta hace un año.

—Eso no es posible. Mi abuela fue mi albacea hasta que cumplí la mayoría de edad y cerramos todas las cuentas a nombre de mis padres.

—Puede que esa no estuviera a su nombre —teorizó el director mientas Nathan y yo nos mirábamos extrañados.

Durante unos minutos, el hombre se afanó en teclear de forma rítmica y constante en su ordenador, al tiempo que mi corazón y mi cabeza se aceleraban pensando en cuánto más no sabía de mi propia madre.

—Perdone, pero es que es usted quien pagaba el recibo —aseguró mirándome perplejo.

—¿Eh?

Ante mi total desconcierto, giró el monitor y preguntó:

—¿Esta es su firma?

Con asombro leí los documentos escaneados que me mostraba, en los que se reflejaba que la caja estaba a nombre de mi madre, pero la cuenta que pagaba al mío.

—Es imposible, yo nunca he estado aquí y desde luego jamás he firmado este contrato. Mi madre murió siendo yo menor de edad. ¿Cómo ha podido ocurrir?

—No puedo responder a esa pregunta, ahora está todo digitalizado, no obstante, cuando se abrió la cuenta, a principios del año noventa y ocho, los contratos se firmaban en persona. —Guardó silencio un instante—. A no ser…

—¿A no ser?

—Que la señora Aguirre trajese todos los documentos firmados, algo que ya no está permitido pero que antiguamente sí era una práctica habitual, cuando de un menor se trataba.

El tutor legal podía abrir una cuenta de ahorro a su tutelado trayendo todas las fotocopias y documentos pertinentes previamente firmados.

En este tipo de productos la cuenta solo servía para depositar dinero y domiciliar máximo dos recibos, por lo que no se era demasiado exigente con su contratación.

Al abrirse la cuenta se depositaron dos millones de pesetas.

—Si aquí pone que la caja costaba seis mil pesetas al mes, en catorce años se habrían gastado algo más de seis mil euros ¿no? ¿cómo es posible que hace un año ya no hubiese dinero? Debería quedar casi la mitad del montante depositado —preguntó Nathan con su calculadora mental echando humo.

—Lamentablemente hay una cláusula de revalorización. Lo que provocó que, con el cambio al euro, la caja pasó a tener una cuota muy superior, llegando a costar ciento cincuenta euros al mes.

—Entiendo —respondí queriendo terminar con aquello cuanto antes.

—Bien, señorita Benet, una vez abonen las trece mensualidades que se adeudan, el contenido será todo suyo.

—¿A cuánto asciende?

En ese instante, el hombre giró nuevamente el monitor hacia nosotros. Mis ojos, viendo semejante cifra, se desorbitaron; mis cálculos mentales barajaban una cifra rondando los dos mil euros, algo que casi se había duplicado.

—Como puede ver, los gastos de morosidad son bastante elevados y han disparado el total.

Me abstuve de dar mi opinión acerca de que esos intereses me parecían del todo abusivos, pues Nathan se adelantó a mi afilada lengua exponiendo:

—Cargue el importe en esta tarjeta, pero sepa usted que este será un banco que no recomendaré a mis amigos. Es inaceptable que los intereses sean un 60% del total de la deuda.

Y ahí el rápido cerebro de mi chico calculando en tiempo real. El director se vio algo azorado, apostaba que hasta a él le parecía desmesurado y lo confirmé al decir:

—No voy a negar la evidencia, solo diré que es lo que ocurre cuando prácticamente los bancos de todo un país pasan a estar en las mismas manos avariciosas.

Cogió la tarjeta y cargó el disparatado importe. De camino a la cámara acorazada indicada, me entró la risa floja.

—¿Te imaginas que me he equivocado y está vacía?

—Tu madre no pagaría catorce años de mantenimiento por algo vacío —repuso Nathan apretándome la mano.

Tras atravesar dos controles de seguridad, un empleado de la sucursal extrajo nuestra caja de una hilera enorme.

—Síganme, en la sala contigua tendrán privacidad para abrirla —explicó el hombre pasando delante de nosotros.

Si el importe me pareció abusivo, al ver el tamaño de la caja rectangular, que tenía unas medidas de veinte centímetros de fondo por quince de ancho y diez de alto, pensé que el negocio era redondo con lo poco que ocupaba y las ristras interminables que tendrían para alquilar.

Ya solos en aquel cuarto provisto de dos sillones tapizados en terciopelo azul y una mesa circular de madera noble y cristal, respiré profundamente contemplando aquel pequeño objeto cuyo contenido ya me turbaba sin siquiera conocerlo.

—Yo la abro —indicó Nathan colocándose junto a mí.

Con aire solemne, tiró del asa para extraer el cuerpo central, en cuyo interior encontramos únicamente una llave que descansaba sobre una pequeña y escueta nota.

He aquí la respuesta a la pregunta que encontrarás en Londres.

Así supe que ese pequeño trozo de metal, junto con el código que descubrí en casa de Lita, abriría la caja de mi bisabuela.

Guardé ambos objetos en mi bolso, entregué la caja al personal del banco y ascendí, con la mano de Nathan entrelazada con fuerza a la mía, hasta la planta principal, en donde, al cruzarnos con la empleada que nos atendió al entrar, la sonrisa que nos dedicó no se me pareció a la profesional con la que nos recibió al comienzo de nuestra visita.

Por el cristal de la puerta vi cómo se centraba en su móvil y salí de allí con la sensación de que esa mujer me miraba distinto.

Al llegar a la Rambla de Santa Mónica, anduvimos unos metros hasta acomodarnos en uno de los numerosos locales hosteleros que allí se encontraban, para tomarnos un merecido café.

—Llámame loca, pero la recepcionista del banco me ha mirado raro —dejé caer antes de que llegara nuestra comanda.

—Ha sido muy amable, o eso me ha parecido.

—Sí, vida, al entrar sí, aunque no te has fijado que al decirle quien era, su rostro a mutado un poco, y, sobre todo, al salir juraría que ha hecho una llamada que tenía que ver con nuestra visita.

—Helena, no puedes ponerte en plan paranoico tan pronto, es imposible que esa mujer que tiene pinta de ser una abuela de las que hacen galletas a sus nietos, sea también una espía o algo así.

Mi cara reflejó el enfado por sentir que Nathan no se lo tomaba igual de en serio que yo, desvié la mirada a través del cristal de la cafetería y mis ojos repararon en una figura estática que permanecía sentada en un banco de la rambla.

Un hombre que a mi juicio estaría en la treintena, con traje impoluto, corte trabajado y gafas de sol que bien podrían costar un par de sueldos de mi empleo.

Lo estudié a conciencia de forma disimulada, mientras removía de forma tranquila el café, escuchando el itinerario que Nathan estaba trazando para nuestro próximo viaje; Londres.

No quise avisarle de mi mal presentimiento, ni decirle que mirase a ese hombre, no quería que su poco disimulo acabase con nosotros dos en un aprieto, tal como me indicaban todas mis alarmas internas que sucedería.

Además, sus últimas palabras retumbaban en mi cabeza una y otra vez: «No te pongas en plan paranoico tan pronto… ».

Pese a que ese día no dejé que mi parte más alarmista y desconfiada se apoderase de mí y mi vida, no pude evitar darle cierto alivio cambiando mis rutinas.

Dejé de salir exactamente a la misma hora de casa, coger el mismo itinerario para ir al trabajo y me negué a ir con Nathan a cenar a nuestro restaurante favorito, manteniéndole en casa a base de sensualidad y recetas elaboradas.