A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Estudié con detenimiento la fotografía, hasta que al tocarla vi que bajo ella había una segunda idéntica, solo que en esa imagen había escritas las iniciales RJ. Emocionada pregunté:

—¿Vamos a ver a Ricardo Arjona?

Ese cantante era uno de los favoritos de mi madre y también mío. Nos pasábamos las horas haciendo playback de sus canciones por casa, volviendo loco a mi padre.

—Es una historia genial, pero ¿en qué te ayuda eso? —preguntó Nathan cuando finalicé el relato.

—En que he revisado estos dos libros y he encontrado las respuestas a las preguntas que me hacía. ¿Qué pone en el otro libro para que diga esto?

—No te sigo…

—Tan listo mi chico y tan cortito de miras. ¿Qué dos preguntas necesitarían respuesta para ir a un banco y abrir una caja fuerte antigua?

—La clave y la llave —exclamó emocionado.

—Exacto. Y mi madre me dejó el código escondido en el Jinete de Bronce.

—¿Y la llave? —preguntó exasperado.

—¿Nunca te has fijado que hay páginas en las que las esquinas se doblaron con fuerza y luego se volvieron a estirar?

—Sí, pero me dijiste que tu madre tenía la manía de no usar marcapáginas.

—Eso he pensado siempre, hasta que he recordado esto…

Del libro que estaba leyendo en ese momento, El símbolo perdido , de Dan Brown, extraje el marcapáginas.

—Era de mi madre, lo encontré precisamente en La sombra del Viento , aunque hasta ahora jamás he dado importancia a este detalle.

Nathan se colocó el pijama, tiró de mi brazo, cogiendo el libro de Carlos Ruiz Zafón y me lanzó mi camisola.

—Vístete y espérame en el despacho.

Tras obedecer, recorrí el pasillo hasta la estancia indicada, sabiendo que él trasteaba en la cocina, seguramente haciendo café.

Al entrar, la luz del flexo ya estaba encendida y bajo ella aguardaba la siguiente prueba que debíamos descifrar. Sentada en el sillón ergonómico que tanto le gustaba a Nathan para trabajar, abrí el libro.

Unos minutos después, mi chico entró con dos tazas de chocolate caliente.

—Mejor azúcar que cafeína o será otra noche en la que no peguemos ojo —aseguró tendiéndome la mía.

Me levanté, dejando que él tomase asiento para después acomodarme sobre sus piernas. Mirando sobre mi hombro el cuaderno en el que yo había estado escribiendo durante esos minutos previos a su llegada, leyó:

— Sin llave podrás abrir si demuestras que las gemelas no nacieron el mismo día. —Dándome un beso en la mejilla, preguntó—: ¿De dónde ha salido?

—De las páginas con las esquinas marcadas, la clave es mi fecha de nacimiento, pero algo diferente, en la primera página tienes que buscar la primera palabra de la primera fila, por el uno de mi cumpleaños, en la segunda, la palabra a encontrar está situada en la fila ocho, octava palabra, y así sucesivamente hasta que esto ha sido el resultado.

¿No sabes a qué hecho de la historia se refiere la frase?

—Helena, adoro la historia, pero me siento estúpido con todos estos acertijos.

Mi madre era más de comprarme un caballo o amigos para contentarme y mi padre era de charlar conmigo sobre lo que se espera de nosotros, jamás en la vida han jugado a nada conmigo que no fuera al croquet o el polo en las galas benéficas. ¿Me explico?

—¡Oh! Que infancia más dura la del condesito —dije con sorna, antes de darle un rápido beso en los labios y explicar—: Bien, por una vez yo seré la que te aleccione a ti. Me gusta…

—Señorita, en otros artes también me ha aleccionado bien…

—¿Tiene quejas, señor Digby?

—Para nada, solo digo que no te subestimes, eres una mujer increíble a la que adoro por cada acto, pensamiento, virtud y defecto que crees poseer.

Ante aquella declaración que llegó hasta el centro de mi corazón, no me quedó más remedio que levantarme, sentarme a horcajadas sobre él, y besarle con esa adoración que mis palabras hubiesen sido incapaces de expresar.

—Podría pasar el resto de mi vida besando tus labios —aseguré con mi frente apoyada en la suya.

—Me alegro, porque jamás te dejaré escapar. —Dándome una palmada en el trasero, solicitó—: Bien, señorita Benet, instrúyame en el arte de los acertijos. ¿Qué significa eso de «Sin llave podrás abrir si demuestras que las gemelas no nacieron el mismo día»?

—Buena memoria, caballero. Estoy casi convencida de que mi madre hizo un duplicado de la llave del banco.

—¿Y dónde está?

—Pues si estoy en lo cierto, a unos tres kilómetros de nuestra casa.

—¿Aquí? ¿En Barcelona?

—Sí, concretamente donde antes se ubicaba el banco más antiguo de la ciudad, El banco de Barcelona.

—¿Y eso lo has deducido por?

—Porque en ese banco, en 1898 se quedaron atrapados por una riada más de cincuenta personas. Una mujer llamada Clemencia dio a luz a sus gemelas con la ayuda de un doctor que, por suerte, estaba allí. Lo curioso del caso es que son…

—Las únicas gemelas de la historia que nacieron en días diferentes, puesto que María nació a las 11:59 y su hermana Catalina a las 00:04. ¡Las gemelas Vidal!

—¡Exacto! Ves como no eres tan tonto —reí.

—¿Y solo por eso has sabido que está allí?

—No, en realidad es porque mi madre me invitó a comer el día antes de marcharse a Londres, justo en una cafetería situada frente a ese edificio e hizo mucho énfasis en lo curioso de esa historia. Estaba claro que quería que se me grabara en la memoria.

—Granuja.

—Me ha gustado verte la cara de admiración con mis conjeturas.

—Pero ese banco quebró. ¿No es cierto?

—Sí, durante años el edificio estuvo cerrado, hasta que, en la década de los sesenta, un grupo inversor lo compró y ahora es la sede central de Ona Banc.

—Bien, vida, en ese caso, mañana hablaremos con el banco para ver si tienes razón y hay una caja a nombre de tu madre.

—¿No tendrían que haberme informado tras su muerte o a Lita? —pregunté, volviendo a dejar que la duda me alcanzase.

—Si hay una explicación la encontraremos. De momento, es hora de descansar.

—Demasiada adrenalina y demasiada información recorre mi cuerpo para poder conciliar el sueño…

—Sé cómo agotarte hasta que tu cerebro solo pueda pedirte dormir.

—¿A qué esperas? —respondí dibujando una sonrisa traviesa, a la vez que apretaba la pelvis contra su cuerpo y ladeaba la cabeza para darle acceso a mi cuello.