A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 12
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Capítulo 12

—M i madre era terca como una mula y Lita igual, de tal palo… No me puedo creer que mamá muriera sin hablarse con ella.

—No, eso no fue así. A la mañana siguiente, Rosa llegó con unas pastas y se disculpó.

—¿Entonces hicieron las paces antes de que viajaran mis padres?

—Sí, tu abuela estaba aterrada, pero era incapaz de seguir enfadada con ella. Se encerraron en el cuarto durante largo rato, una vez salieron, se despidieron con un abrazo de los de verdad. Emma me confesó que admiraba la valentía de su hija y rezó porque nada malo ocurriera.

—Pero ocurrió…

—Lo que ocurrió fue un lamentable accidente.

Cada día dudaba más de esa afirmación con la que conviví la mitad de mi vida, aun así, no quise seguir por ese camino. Necesitaba otras respuestas.

—¿Llegó a abrir la caja?

—No lo sé, mi niña, tu madre murió poco después de llegar a Londres, lo que hiciera en esas horas previas nunca lo supimos.

Si sé cosas de esa caja es porque fui testigo por vivir bajo el mismo techo que tu abuela, no porque ninguna de las dos me quisiera involucrar.

Siento no poder ayudarte más. —Tras un pequeño silencio, abriendo los ojos en una expresión casi irreal, exclamó—: ¡Ay, Dios!

Sorpresa y pavor se mezclaron en su rostro, al tiempo que yo preguntaba:

—¿Qué ocurre?

—¡Hablaban del Titanic! ¿A que sí?

En ese mismo instante comprendí que su mente le acababa de revelar una verdad que siempre había estado ahí, acechando en las sombras de su psique.

Algo con lo que había convivido durante largo tiempo sin siquiera saberlo, hasta ese preciso momento.

No quería involucrarla, si bien, mentirla tampoco me parecía correcto.

—Sí, creo que en esa tragedia hubo más de crimen que de accidente. ¿Cómo lo has sabido?

—El día que a tu abuela le falló el corazón, estábamos viendo un programa de actualidad.

—Sí, eso lo comentaste.

—Sí, pero no te dije que comenzaron a hablar de que el próximo diez de abril una réplica real zarpará, realizando el mismo viaje que el buque original para conmemorar el centenario. El ¿cómo se llama…?

—Titanic Phoenix —respondió Nathan recordando el nombre que le habían puesto sus creadores, en honor al ave Fénix, porque, según el lema de la empresa constructora, igual que resurgiera el ave lo haría el navío.

Lo sabíamos, eso era algo que llevábamos investigando Nathan y yo desde el minuto uno, esa noticia llevaba dos años siendo actualidad cada cierto tiempo, cada vez que se le daba algo de publicidad era imposible no enterarse.

Según lo que habíamos descubierto, una compañía con capital inglés y estadounidense había adquirido, cinco años atrás, los derechos y patentes para hacer una réplica actual del Titanic.

Vendían la experiencia como una oportunidad única e irrepetible de recrear el viaje del transatlántico de lujo, sin tragedia, obviamente.

—Amelia, seguramente aquello fue el detonante para que el corazón de Lita, que ya estaba dañado, fallase. Te pido, por favor, que te olvides de todo, haz como que no sabes nada, te lo ruego. Nosotros investigaremos qué ocurrió y si tiene algo que ver con el nuevo buque.

—Está bien, estoy mayor para estos sobresaltos —respondió mirándome con los ojos vidriosos.

Decidí levantarme y seguir con mi tarea. Tras darle un beso en la mejilla, informé:

—Voy a revisar las cosas de mi madre. Nathan, ¿vienes?

Mi novio me siguió en silencio. Una vez solos en el dormitorio, entré en internet y busqué información del banco.

—Supongamos que hay una caja a nombre de mi bisabuela en este lugar —señalé una foto del edificio—. Aquí pone que hay cajas que llevan más de cien años en las mismas familias, de las más antiguas del mundo y que se abren con una clave y una llave…

Suspiré abatida.

—Seguiremos revisando las cosas de tu madre, si es así, seguro que te dejó alguna pista más y, en el peor de los casos, nos presentaremos allí y veremos qué podemos hacer. Aunque hay una cosa que me inquieta.

—¿El qué?

—Si tu madre vino a por la tarjeta el día de la discusión y luego la hemos encontrado aquí oculta en el libro, significa que no la llevó a Londres, ¿no?

—Está claro que no. Imagino que sabiendo la clave y teniendo la llave no era necesario.

—Es posible. Bien, empecemos.

Tras darme un beso rápido en los labios, juntos emprendimos la tarea de repasar desde el comienzo cada detalle de lo que habíamos descubierto.

Horas después, Amelia me avisó de que era momento de parar para cenar. Tan abstraída en los recuerdos estaba que no me percaté de la velocidad a la que pasó el tiempo.

Nathan, que había salido a comprar un par de cosas que le faltaban a nuestra anfitriona, se asomó y preguntó:

—¿Has encontrado lo que buscabas? —Asentí—. No sé cómo no se me ha ocurrido antes.

—¿El qué?

— Además del Jinete de Bronce , ¿cuál era el otro libro que adoraba mi madre y que es también mi libro favorito?

—¿ La sombra del viento ?

—Exacto.

—¿El de tu madre no es el que tienes en casa?

—Ajá… Cenemos y cuando regresemos, si lo que creo es correcto, te lo mostraré…

Una vez entramos en casa, Nathan me siguió al dormitorio, en donde un ejemplar de La sombra del viento de Carlos Ruiz Zafón descansaba sobre mi mesilla de noche.

Sin decir una palabra, cogí mi pijama y me encerré en el baño, me aseé, cepillé los dientes y me cambié con una tranquilidad nada habitual en mí, solo para disfrutar de la antesala de lo que luego enseñaría a Nathan, sabiendo que él se encontraba a punto de volver a retomar ese mal vicio de morderse las uñas, al otro lado de la puerta.

Una vez finalicé con mi aseo personal, me tumbé en la cama, ante su atenta mirada consternada. Aguantándome las ganas de reír, apagué la luz y entoné un:

—Buenas noches, vida.

Mi chico no tardó más de dos segundos en volver a dar al interruptor y preguntar:

—¿Estás de broma?

—Ja, ja, ja, has tenido mucha más paciencia de la que me había apostado conmigo misma —respondí ya sin aguantar mis ganas de reír.

Cual felino en plena cacería, Nathan saltó sobre mi cuerpo, quedando su rostro sobre el mío.

—Eres un pequeño demonio.

Sus ojos encendidos, mostrándome todo un mundo de posibilidades, hizo que ambos olvidásemos durante largo rato aquello que estábamos deseando descubrir, para entregarnos en cuerpo y alma a disfrutar del amor que nos profesábamos.

Cualquier otra noche, aquel maravilloso y excitante asalto, hubiese terminado con nosotros profundamente dormidos desnudos bajo la colcha, sin embargo, ese día, la adrenalina de todo lo que nos quedaba por desvelar nos mantuvo en vela.

—Vida, toma, mentiría si dijese que puedo esperar hasta mañana para saber qué ocultó tu madre en este libro —expuso Nathan con sinceridad y emoción en la mirada.

Sin ganas de hacerle de rabiar otra vez con otra espera agónica, pero con ganas de seguir jugando, pedí:

—Búscalo tú mismo.

Durante un par de minutos, revisó el ejemplar sin encontrar nada extraño a sus ojos.

—No hay nada raro, lo único especial que veo es que está firmado por el propio autor.

—Fíjate en la escritura de esa firma —pedí, asomándome a la primera página del libro.

Algo que siempre me llamó la atención de esa dedicatoria, de pronto se materializó como una certeza en casa de Lita, sin necesidad de tener el libro físicamente entre las manos. Y algo que, en ese mismo instante, echando un vistazo rápido, reafirmé.

Nathan no fue capaz de verlo, por lo que su tenacidad le obligó a ir en busca de su lupa y volver a estudiar la página.

—Se han utilizado dos tipos de tinta, tanto la dedicatoria como la firma es azul, pero no se utilizó el mismo bolígrafo para escribir esta parte —señaló las dos primeras frases— y esta otra.

—Muy bien, listillo, además, la dedicatoria es muy elocuente.

—«Cada libro tiene una respuesta y cada respuesta una pregunta. ¿Conoces la respuesta? Gracias por venir. Con cariño. Carlos.» —Leyó—. No entiendo nada. —Sonrió, volteando los ojos de forma muy cómica. Consiguiendo de esa forma que yo profiriera una sonora carcajada.

—El autor escribió «Gracias por venir. Con cariño.

Carlos», sin embargo, este libro apareció en mi habitación cuando mis padres partieron rumbo a Inglaterra, lo debió de dejar mi madre, y ahora sé que la primera frase la escribió mi padre, esa es su letra, aunque reconozco que intentó imitar la del autor del libro.

No sé, siempre que leía estas líneas algo no me encajaba y ahora sé por qué.

—¿Estás segura?

—¡Sí! Era otro de los juegos de papá para mi dislexia. Me hacía encontrar una respuesta antes de saber la pregunta; y esa misma pregunta me llevaba a la siguiente respuesta.

—¡Helena, me va a explotar la cabeza! —aseguró, riendo con desesperación.

—Te pondré un ejemplo. Me dejaba una nota con un número y yo debía averiguar cuál era la pregunta.

En el verano de 1996, cuando todavía vivíamos en Argentina, entré en la cocina y encontré a mi padre frente a una taza de café, tras él, en la pared había un diez enorme, automáticamente pregunté:

—¿Es una fecha?

—Aja…

Sin que hiciese falta que me dijera nada más, corrí a su despacho y miré en el calendario que había sobre su escritorio. No vi nada raro y volví a la cocina.

—No hay nada…

Mi padre permaneció en silencio, por lo que revisé a mi alrededor, observando una fotografía mía en el sofá de casa de mis abuelos, una que estaba fuera de su lugar habitual.

—¿Está en casa de Lita? —volví a preguntar. Recibiendo una afirmación con la cabeza por parte de mi padre.

Emocionada, corrí a la calle sin importarme estar en pijama, crucé la avenida hasta la casa familiar.

Mi abuela me abrió sonriente y yo ni saludé, corrí por el pasillo hasta la sala de estar, en donde hallé un calendario sobre el sofá.

Busqué el mes diez, comprobando que en el día once, una pequeña fotografía del Estadio de Ferro de Buenos Aires estaba pegada con celo.

Con el calendario en la mano, di un beso rápido a mi abuela y corrí nuevamente hasta la cocina de nuestra casa. Mi padre seguía sentado tranquilamente apurando su taza de café.

—¿Es un evento? —quise saber.

—Así es.