Capítulo 11
Rosa entró en casa de su madre con la determinación escrita en su rostro.
No había marcha atrás, la investigación debía continuar, y ese día daría un paso más hacia la verdad.
Buscó la tarjeta que perteneció a su abuela y custodiaba Emma.
Esa que por azar del destino había descubierto que existía en su último viaje a Argentina, cuando su amiga Diana la había hallado durante una reforma de la casa que perteneció a los Clark.
Tarjeta que Emma había arrebatado a su propia hija al descubrir que obraba en su poder.
Emma, al escuchar ruido en su dormitorio, se acercó rápidamente. Cuando vio lo que su amada hija tenía entre las manos, con la voz emanando olas de desesperación, gritó:
—¡Te he dicho que olvides el pasado! ¡Rosa, te lo suplico!, por favor, ¡para ya!
Su hija no retrocedió. Su mirada era dura y su corazón latía con fuerza, la promesa que había hecho dos años antes en Argentina, frente a la tumba de su abuela, la impedía detenerse.
Aquel juramento que nació el día que Rosa recibió como herencia un diario y un relato de una verdad cruel y dolorosa.
—Mamá, voy a ir a Londres —informó, con una calma aterradora—. Y voy a acabar con todo esto de una vez por todas.
Emma, con el rostro desencajado, se colocó en el quicio de la puerta, preparada para evitar que su hija saliese de allí con esa bomba de relojería en las manos.
—No puedes hacer eso —dijo, quebrándose por el miedo—. Nos pondrás en peligro, pondrás en peligro a tu propia hija.
—¡Eres una cobarde! —bramó encolerizada—. Por personas como tú, la historia está llena de hombres sin escrúpulos que salen victoriosos.
El aire entre ellas se volvió denso, como si una tormenta se estuviera desatando. Emma, atrapada entre el amor y el miedo, lanzó su último intento.
—¡Rosa, te ordeno que dejes a los muertos descansar en paz en el fondo del Atlántico! —vociferó con la garganta tensa estrangulando sus palabras—. ¡Vive tu vida y olvídate de lo que ocurrió! No te lo repetiré más.
Rosa no escuchó. No podía. La rabia y la impotencia se desbordaron en su pecho, y antes de que Emma pudiera decir algo más, respondió dejando que la furia arrasara con todo.
—¡No puedo! ¿No lo entiendes? ¡No soy como tú! No voy a dejar que se salgan con la suya una vez más.
Emma, sin capacidad de contestar a una verdad que la quemaba por dentro, se hizo a un lado para ver cómo su hija abandonaba el apartamento, dejando tras ella la sensación de que, a pesar de sus esfuerzos, nada las salvaría de la tempestad que acababa de desatarse.
Emma se quedó inmóvil en el pasillo, respirando con dificultad, mientras las lágrimas empezaban a recorrer su rostro. Ese día pasó horas llorando, sin saber que, a kilómetros de allí, su hija se encontraba en idéntica situación, incapaz de controlar la marea desbordada de sus emociones.