Capítulo 10
T ardé más de una semana en encontrar el valor para ir al piso de mi abuela y revisar las cosas de mi madre. Demasiadas excusas me inventé para posponer aquel momento que temía, pues no era lo mismo sentir la ausencia de mi Lita que ver con mis propios ojos que jamás volvería.
Desde el momento en que aparcamos a dos calles de distancia, Nathan no me soltó la mano ni un segundo.
Por primera vez en mi vida, el viejo ascensor pareció teletransportarme hasta la séptima planta, en contra de mis ganas de que lo hiciera de forma lenta o se averiase.
Nathan, abriendo con mi llave, entonó un:
—Amelia, ya estamos aquí.
Mi abuela sin lazos de sangre nos esperaba con dos tazas de café y unas pastas caseras de las que hacía mi Lita.
—Hola, Helena, me alegro mucho de verte —acertó a decir antes de que la tristeza ahogase su voz.
—Ay, Amelia, siento no haber venido antes, pero es que… —Abrazada a ella, sollocé.
Me interrumpió, tomando la palabra:
—Tranquila, niña, es normal que cueste. Anda, sentaos y vamos a recordar lo bonito. Prueba a ver si he conseguido darle el toque Acosta a las galletas.
Durante unos minutos dimos buena cuenta de la merienda, recordando anécdotas divertidas de mi abuela.
Como el día que me sacó de clase, unas semanas después de la muerte de mis padres, con la excusa de que tenía cita médica; lo que en realidad hicimos fue escabullirnos hasta el backstage de OBK, el grupo musical por el que compartíamos adoración mi abuela y yo.
Jordi Sánchez, el cantante, prácticamente me doblaba la edad, si bien, para mí era mi amor platónico.
Así que cuando me vi dentro de su camerino, casi me da un patatús de la emoción.
—Igualito dar matemáticas con la señora Vilches que escuchar en directo y a capela El cielo no entiende. ¿A que sí? —preguntó Amelia con guasa.
—Puf, fue una experiencia increíble, nunca supe cómo lo consiguió Lita.
—Cariño, tu abuela se pasó el día anterior, todas las horas que tú estuviste en el instituto, esperando en el vestíbulo del hotel donde se alojaba el grupo. Literalmente, los interceptó a lo chica yeyé quinceañera.
—¿En serio?
—Sí, pero solo para entregarles una nota, que cogió el mánager, en donde decía que su nieta de catorce años había perdido a sus padres en un accidente y que pagaría lo que fuese por poder ir al concierto.
—¡No me lo puedo creer! ¿Y qué ocurrió?
—Tu abuela ya se marchaba cuando el hombre la llamó para tener una conversación.
En ella le hizo prometer que lo escrito era la pura verdad.
Emma le contó todo, explicando que pensaba pagar las entradas, esas que le fue imposible conseguir en taquilla.
Hizo cola durante horas y, cuando solo le quedaban dos personas delante, colgaron el cartel de «Entradas agotadas».
—Eso nunca me lo contó.
—Hay muchas cosas que Emma no decía, ya sabes que ella era bondadosa de corazón, sin esperar reconocimiento por sus actos.
—La echo de menos. —Dejé escapar de mis labios con un suspiro lastimero.
—Y yo, mi niña, y yo —aseguró, cogiéndome las manos entre las suyas y dándome pequeños golpecitos de ánimo, hasta que cambió su gesto serio por uno más divertido y dijo—: En fin, el caso es que el hombre la creyó y en lugar de darle solo las entradas, la invitó a conocerlos en persona.
Disfrutando de la merienda, continuamos recordando a mi querida abuela. Una vez concluimos, Nathan, sabiendo perfectamente que me estaba haciendo la remolona, anunció:
—Vida, hora de abrir esa puerta. —Con la cabeza señaló hacia el final del pasillo; hacia el dormitorio que fue de mi abuela.
Con voz estrangulada, pedí:
—Adelántate, por favor, ahora voy.
En silencio se perdió por el corredor en el que las paredes estaban adornadas por infinidad de fotos de mi familia. Amelia, con suavidad, posó sus manos sobre las mías y aclaró:
—Helena, no he tocado nada, cuando decidas lo que quieres guardar y lo que no, llamaré a la parroquia para que me ayuden a recoger lo que vayamos a donar. Tómate el tiempo que necesites y los días que te hagan falta. ¿De acuerdo?
Asentí, sabiendo que para ella también era un momento sumamente difícil. Antes de seguir los pasos de Nathan, temiendo la respuesta, pregunté:
—¿Vas a quedarte?
—Mi niña, no lo sé todavía, ¿qué hago aquí sola? He pensado ir un tiempo a vivir a Málaga con mi hermana, ya sabes que desde que enviudó se ha dado a la vida loca, y ahora dice que se quedará unos meses de «tranqui», palabras textuales suyas, y que le vendría bien mi compañía.
Conociendo a Maica, supe que aquello fue una excusa para que su hermana aceptase, pues Amelia y mi abuela, al contrario que ella, no eran mucho de viajar, más allá de algún viaje con el IMSERSO.
Esa mujer era solo dos años más joven que mi Lita y tenía cuerda para vivir tres vidas locas sin agotarse.
—Deberías ir y ya, de paso, podrías ver a tus hijos…
Toqué callo sabiendo que era un tema que se trataba poco en nuestra familia. No obstante, Amelia para mí había sido una abuela fantástica y me daba mucha lástima que tuviera hijos, nietos y hasta un bisnieto por ahí, que se estaban perdiendo su cariño.
—¿A esos que se olvidaron de que tenían madre el día que dije que era lesbiana?
No podía culparla por contestar con esa rabia.
Cuando tomó las riendas de su vida y se divorció para ser fiel a su corazón, su familia, arcaica y machista, fue sacudida por un gran tsunami.
Ella era sevillana de cuna y en el pueblo pequeño donde vivía fue señalada con el dedo, no solo por su familia, por eso cogió un avión y se cruzó medio mundo en busca de trabajo.
Ahí conoció a mi abuela, trabajando juntas en una fábrica de dulces típicos argentinos.
Pronto la amistad dio paso a algo más y, cuando mis padres decidieron emprender rumbo a España, tanto Amelia como mi abuela decidieron seguirnos.
Sin embargo, pese a llevar catorce años en el mismo país que su familia, ninguno hizo por volver a saber de ella.
El caso de Lita fue distinto, mi abuelo siempre supo que ella era capaz de amar a la persona y no al sexo.
Se enamoró de él perdidamente, de la misma forma que no pudo remediar hacerlo de Amelia años más tarde.
La muerte prematura de mi abuelo solo hizo que ella fuera libre para amar, pues los tiempos, en una ciudad como Buenos Aires, eran de cambio.
—Puede que los años les hayan hecho ver la vida de otra forma —dije, intentando mediar por esas personas que en el fondo no la merecían.
—Mi familia eres tú. Decidido, después de ver a la loca de mi hermana volveré aquí, a menos que tú me pidas lo contrario.
—¡Maravilloso! Si algún día Nathan y yo tenemos hijos necesitarán a su abuela cerca.
Aquello la pilló por sorpresa pues, aunque con mis actos siempre demostré lo mucho que la quiero, hasta ese momento no verbalicé todo lo que significa para mí.
—Helena, tienes que venir. —Escuché la voz de Nathan desde el dormitorio.
Me levanté y caminé hasta allí. Desde el quicio de la puerta le observé sentado en la cama, rodeado de objetos y cartas que parecía haber sacado de una caja en la que a rotulador estaba escrito «Cosas de Rosa».
—He encontrado una inscripción tras la solapa de este libro —explicó, tendiéndome el ejemplar de El Jinete de Bronce que siempre tenía mi madre en su mesita de noche; era su libro favorito.
Miré donde me decía y observé unas letras y números que a primera vista no tenían ningún sentido.
KCDÑJ – THZKH – 214
—Es un código —respondí con tranquilidad.
—Ya me imagino. La pregunta es si sabes qué pone.
—Dame papel y boli —pedí, señalando a su izquierda en donde un cuaderno y una estilográfica que perteneció a mi padre descansaban.
Comencé a garabatear, bajo su atenta mirada, y pronto aseguré:
—Juana Clark, 214.
—¿Esa no era tu bisabuela?
—Sí.
—Vale, ahora podrías explicarme cómo has descifrado el código.
—En realidad, si tienes la clave es muy fácil.
—Y por lo que veo la tenías.
—Así es, imaginé que, si el mensaje era para mí, la clave sería mi cumpleaños, fecha que siempre usábamos para este tipo de juegos con mi padre. Mira el cuaderno y lo entenderás.
Al asomarse al papel, observó que yo había escrito el abecedario y debajo el código encontrado. Si tomaba como referencia mi fecha de nacimiento 18-3-1984 quedaba de la siguiente forma:
K (1) C (8) D (3) Ñ (1) J (9) – T (8) H (4) Z (1) K (8) H (3) – 214
Moviéndome hacia atrás en el abecedario, partiendo de cada letra escrita, encontraba la correcta.
La letra anterior a la K es la J, la que está ocho puestos por delante de la C es la U, y así sucesivamente.
De forma que la respuesta se materializó ante mí como el nombre y apellido de mi bisabuela, aunque sin tener ni idea de qué significaba el 214.
—Simple pero ingenioso, si no conoces la clave es prácticamente imposible descifrarlo —aseguró Nathan con orgullo.
—No sé si es casualidad o no que mis padres utilizaran este tipo de juegos conmigo desde niña.
—Puede que nunca lo sepamos, lo que sí está claro que premeditado con años o no, tu madre dejó pistas que solo tú podrías descifrar.
—Bueno, sigo sin saber por qué escribió el nombre de mi bisa y qué significa el doscientos catorce en números.
A la vez que respondía, fui pasando las páginas del libro y rememorando las incontables veces que vi a mi madre leyendo esas mismas hojas. En medio de mi morriña, algo captó mi atención.
—Vida, a estas páginas les ocurre algo, están demasiado rígidas —aseguré, abriendo el libro prácticamente por la mitad.
—¡Déjame ver! —solicitó con entusiasmo casi infantil.
Le tendí el libro, lo examinó y afirmó:
—Hay cuatro páginas pegadas y juraría que en el centro tienen algo más grueso que ellas. ¿Puedo? —pidió permiso antes de despegarlas, sabiendo que se romperían sin remedio.
—Hazlo.
Al ver la paciencia y el cuidado con el que Nathan intentaba separar aquellas páginas, para que sufrieran el mínimo daño posible, le arrebaté el libro y tiré de ellas sin titubear.
Una vez fuera de su lugar original, comencé a resquebrajarlas hasta liberar aquello que ocultaban.
La tarjeta de un banco londinense fue lo que encontramos, no obstante, no era una tarjeta actual, por la impresión y el lacado, Nathan aseguró que era anterior a los noventa, pues no era impresión digital sino litografía.
—Estoy casi seguro de que es de los años sesenta —apostó.
Di por buena su afirmación, no teniendo ni pajolera idea de lo que me hablaba.
—Si tú lo dices…
—No, en realidad lo dice aquí. —Sonrió canalla, al tiempo que me señalaba el reverso de la tarjeta, en donde ponía el lugar y la fecha de impresión (Londres – 1963).
—¡Gracioso!
—Pero ¿a que he quedado bien? —preguntó, sin desdibujar su mueca más juguetona.
Contagiándome de su diversión, cogí la tarjeta y teoricé:
—¿Querrá decir que la caja doscientos catorce está a nombre de mi bisabuela?
Antes de que él contestara, una voz temerosa nos llegó desde el quicio de la puerta.
—No debiste encontrar eso, ¡es peligroso!
—¿Tú lo sabías? —pregunté a Amelia extendiendo la tarjeta ante su cara.
—Helena, por favor, tu madre y tu abuela ya no están, no me pidas que te confíe sus secretos. Si no te lo contaron por algo sería.
—¡Te equivocas!, mi madre sí quería que yo supiera la verdad, fue Lita quien siempre se negó. ¡Investigaré con tu ayuda o sin ella!
Tras suspirar, como si todo el peso del mundo le cayera sobre los hombros, negó con la cabeza mirando hacia una foto de mi abuela. Con una mezcla de temor y resignación, murmuró:
—Emma, perdóname. —Levantó la vista hasta encontrar mis ojos y resolvió—: Necesitamos más café.
Sentados nuevamente en la sala de estar, Amelia comenzó a relatarnos lo que ella sabía.
—No sé muy bien qué ocurrió entre tu abuela y tu madre; ninguna de las dos me lo contó.
Solo fui testigo de una gran discusión el día que Rosa descubrió que en ese banco —señaló la tarjeta— hay una caja fuerte a nombre de tu bisabuela y, al parecer, está relacionada con algo que tu madre quería que saliera a la luz.
—¿Lita nunca te contó lo que ocurría?
—No, me dijo que era algo del pasado que debía quedar allí por el bien de todos; yo la creí. No obstante, Rosa volvió otro día…