A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Mientras hablábamos, Nathan daba vueltas a la caja de música. Por mi parte, yo cogí las dos llaves y comencé a compararlas bajo la luz del flexo. Algo en ellas captó mi atención. Dando unos golpes en el brazo de mi novio, con urgencia pedí:

—Mira, el relieve de la que estaba oculta en el diario es distinto, ten, obsérvala a trasluz.

Sin demora, comenzó a estudiarla.

—¡Es verdad! Espera, creo que tiene una inscripción diminuta. Voy por la lupa.

Con rapidez, Nathan sacó del armario su kit de herramientas básicas de estudio, ese que se llevaba en cada escapada, vacaciones o excursión que hacíamos por si, como él decía siempre, encontrábamos algo de sumo valor histórico.

La mochila que continuamente le acompañaba contenía, entre otros objetos, bolsas de clasificación, bolígrafo, cuaderno de bitácora en donde apuntar hasta el último detalle del descubrimiento, plumero, lupa y cincel.

Emocionado como un niño disfrutando de un día de barra libre de atracciones de feria, colocó la segunda llave bajo la luz del flexo y la lupa.

—Pone csine. ¿Sabes lo que significa? —preguntó, rascándose el mentón en un gesto que me resultó de lo más tentador.

—¡No pone csine, pone cisne con la s y la i desordenadas!

Era un juego que hacía mi padre conmigo cuando era niña, para trabajar mi dislexia.

Me escondía recompensas en lugares escritos del revés, con letras descolocadas o cambiadas por números.

Esas técnicas me ayudaban a concentrarme y a que mi cerebro trabajase en descifrar las palabras.

—Era un gran padre.

—El mejor. Si mi madre grabó cisne, estoy convencida de que tiene que ver con el de la caja de música. ¿Pone algo más?

—No, lo curioso es que parece escrito boca abajo; si tomamos como referencia la empuñadura.

—¡Eso es! Hay que girar el cisne para que quede boca abajo. —Coloqué el pequeño cofre en esa posición y pregunté—: ¿Y ahora qué? No ocurre nada.

Durante varios minutos, volteamos de varias formas la caja, dejando el ave de porcelana boca abajo, sin que el resultado difiriera ni una sola vez. De pronto, en uno de los giros que hicimos, vi algo en la base que llamó mi atención.

—Mira estas finas líneas, esta parte se ha desprendido alguna vez del resto de la caja. Puede que haya un doble fondo.

—Esto ya lo he visto antes. ¡Cómo no se me ha ocurrido! Se hacían muchas cajas así a principios del siglo xx . Observa —pidió con aire teatral.

Contemplé como, con una tranquilidad que casi me hizo darle una colleja para que espabilase, colocó boca arriba al cisne, cerró la caja, echó la llave y, antes de abrirla, la volteó dejándola boca abajo nuevamente.

Levantando las dos cejas de forma divertida, volvió a introducir la llave, pero esa vez haciendo fuerza en la que quedaba mirando al suelo para que no se abriese.

Tras mover varias veces la llave, se oyó un pequeño clic y la tapa que antes era la trasera y en ese instante quedaba encima se abrió, para mi sorpresa y regocijo de mi novio.

—¿A que no te lo esperabas? —preguntó con guasa.

Negué con la cabeza, a la vez que me asomaba al interior del pequeño compartimento que había quedado al descubierto. Dentro hallamos una carta de mi madre.

20 de febrero de 1998

Querida Helena,

Si has llegado hasta aquí, definitivamente mis intentos de sacar la verdad a la luz han fracasado. Tengo mucho que contarte y poco espacio para hacerlo.

Lo que necesitas saber es que, desde hace casi un siglo, hombres influyentes han intentado silenciar a nuestras predecesoras, las que por obra del destino descubrieron un acto atroz. Tu bisabuela no pudo lograr justicia y tu abuela no quiso seguir sus pasos.

Obedeciendo los deseos de mi madre, quise olvidar por ti y por tu padre, para no poner a nuestra familia en peligro, pero no puedo hacerlo, ya no.

Si tienes esta información es porque yo te dejé antes que Lita y ella ya no está. Nunca me hubiera perdonado contarte esto, ella estaba totalmente en contra de que investigase y le prometí que, mientras ella viviese, no te involucraría en mis planes.

Tienes que saber que, si te embarcas en esta cruzada, tu vida estará amenazada, la tuya y la de todos tus seres queridos.

No obstante, hace ochenta y seis años se cometió una gran injusticia y hoy en día todavía se están beneficiando de sus consecuencias.

Yo no puedo mirar hacia otro lado, sin embargo, tú estás en tu derecho de hacerlo.

Si sigues el camino de la verdad, has de saber que me apena no poder hacerlo contigo y, sobre todo, que tengas que hacerlo sola, pues no debes confiar en nadie. La tela de araña de esas personas parece no tener límites después de tantas décadas.

Llevo un año investigando y tengo toda la documentación a buen recaudo, poseo nombres y una gran teoría, empero, ninguna prueba sólida que los relacione con la injusticia original.

Debo partir, pues he descubierto algo importante en Londres, algo que tu abuela me ocultó para protegerme, pero en donde confío estén las respuestas que me faltan para cerrar el capítulo de la mayor infamia de la historia.

El Titanic no se hundió de forma accidental, fue un crimen planificado meses antes de la tragedia.

Si algo me ocurriese, busca a mi hermana, ella te dará respuestas.

Toda la sangre abandonó mi rostro al comprender la magnitud de la verdad que se me acababa de revelar y, por encima de todo, caer en la cuenta de que era posible que mis padres no perecieran en un accidente de tráfico fortuito, tal cómo se nos informó en su momento.

No, tras mi último hallazgo, cabía la posibilidad que hubiesen sido asesinados.

Un pensamiento, o quizá una certeza desgarradora, se instaló de golpe en mi corazón, como una herida que no deja de doler.

Sin ser consciente, las lágrimas comenzaron a brotar, deslizándose en silencio por mi rostro, empapando mi piel con el peso de aquello que no podía expresar con palabras.

—Helena, ¿qué ocurre? Por favor, dime algo, me estás asustando —comunicó Nathan, sosteniendo mi rostro entre sus manos para que le mirara y saliese de ese trance aterrador en el que yo sola me había sumergido.

—No puedo, no puede, no no no… —sollocé, escondiéndome en su pecho, a la vez que me negué a contarle lo que estaba ocurriendo y ponerle en peligro.

—Tranquila, mi amor. Estoy aquí, no me moveré de tu lado —aseguró, acunándome sin dejar de besarme la cabeza.

Tiempo más tarde, una vez logré que mis ojos dejasen de anegarse al recordar el sufrimiento que me atravesó el día que mi abuela recibió aquella llamada devastadora, anunciando la muerte de mis padres, volví la mirada hacia mi novio.

Esa vez, con una determinación firme. En ese instante algo dentro de mí se sacudió, obligándome a avanzar pese al dolor.

—Nathan, tienes que alejarte de mí. No puedo contarte nada, pero necesito que confíes en mí cuando te digo que lo mejor es que nuestra relación acabe aquí y ahora.

Según ambos procesábamos lo que yo estaba pronunciando, mi alma se hacía pedazos, a la vez que, con poco margen de error, comprendía que Nathan estaba totalmente sorprendido, asustado y descolocado por lo que escuchaba.

Como un resorte se puso en pie, provocando que yo también lo hiciera, se paró frente a mí y con seriedad, preguntó:

—¿Qué? Es broma, ¿verdad? —Negué con la cabeza—. Me da igual lo que ponga en esa carta, me da igual de lo que creas que me proteges, me conoces muy poco o nada si piensas que voy a alejarme de ti.

—Debes hacerlo, por favor, Nathan, no puedo obviar lo que ahora sé, sin embargo, si te ocurriese algo no me lo perdonaría jamás.

Te amo por encima de todo, por favor, por favor, aléjate de mí —supliqué, empujándole hacia atrás, devastada por lo que le estaba pidiendo, pues tan solo la idea de no amanecer a su lado me desquebrajaba el alma en cien mil pedazos.

Él, con mayor altura y envergadura que yo, no varió su posición ni un milímetro. Al contrario, tiró de mi brazo, ese con el que intentaba alejarle de mí empujando contra su pecho, me apoyó contra su torso y en mi oído, con voz entrecortada, aseguró:

—Helena, no sé qué está ocurriendo ni cuán grave pueda ser, pero prefiero morir mil veces a tu lado a vivir una sola vida sin tu sonrisa.

Separándose lo justo para levantarme la cara por el mentón, buscó mi mirada. Una vez nuestros ojos aguados se encontraron, sostuvo:

—¿Me he explicado con suficiente claridad?

—No puedes pedirme que te ponga en peligro, no puedes, por favor —volví a suplicar, con un miedo tangible bañando mis palabras, aterrada ante las posibles consecuencias que esa conversación pudiese desatar.

—No te lo estoy pidiendo, te lo estoy exigiendo. Por favor, no me apartes de ti. Lo que sea que sucede, lo afrontaremos como pareja.

Durante unos largos, espesos y oscuros minutos para nuestra relación y nuestro futuro como pareja, guardé el más estricto silencio, sopesando cada una de sus palabras. Finalmente, decidí cometer un acto egoísta, completamente egoísta; contarle la verdad y dejarle investigar junto a mí.