A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 9
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Capítulo 9

Cerré el diario con el corazón galopando en mi pecho, el relato fue conmovedor y, pese a no comprender qué tenía que ver aquella historia con mi madre, me alegró conocer ese amor tan maravilloso.

Si bien, un mal presentimiento se cebó conmigo, obligándome a confirmar o desmentir si aquello que mi mente formuló era cierto.

De forma apremiante, abrí el portátil y navegué por la web, rastreando una respuesta que en el fondo no deseaba encontrar.

Al hallar la información que buscaba, sentí cada latido del corazón en los oídos; fuertes, claros y acelerados.

Unos toques en la puerta hicieron que cerrase el ordenador.

—Vida, ¿puedo pasar? —preguntó Nathan casi en un susurro.

Miré el reloj, comprobando que eran las cinco de la madrugada, y de seguro mi chico pensó que me había dormido sobre el escritorio.

—Pasa.

—Mañana, bueno, dentro de un rato, odiarás haberte pasado la noche en vela cuando todos tus alumnos lleguen alborotados y con sus pilas a tope.

—Aunque quisiera, no podría dormir —repliqué sin una pizca de cansancio.

—¿Lo has terminado?

—Sí.

—¿Y bien?

—Sigo como estaba. Este diario relata el amor de dos personas que embarcaron en el Titanic y al parecer murieron en él. Pero ni idea de por qué lo tenía mi madre o dónde se supone que está la injusticia que ella quería dar a conocer —expuse, desinflándome con cada palabra.

—¿Pone en el diario que murieron?

—Sí, el fantasma lo escribió, no te digo.

¡No! Lo he buscado en Wikipedia. ¿Sabías que hay un listado entero de los pasajeros, su clase social y si perecieron o no?

—Me miró divertido y comprendí dónde estaba la gracia—.

¡Claro que lo sabías! Se me olvidaba que hablo con el friki de los barcos hundidos.

—¿Y la llave?

—No sé. —Me encogí de hombros.

—Está claro que ya no dormiremos. Será mejor que prepare café —resolvió levantándose y saliendo del despacho.

Entre tanto, palpé el diario en busca de alguna llave, pero nada. Hice lo mismo con el sobre, en el que estaba la carta de mi madre, con idéntico resultado. Nathan volvió con dos tazas humeantes y dejé que la cafeína hiciera su labor, saboreando en silencio.

—¿Puedo? —preguntó, señalando el diario.

Lo empujé con una mano hacia él, y seguí disfrutando de mi café mientras veía como lo cogía con delicadeza, prueba inequívoca de que estaba acostumbrado a tratar con objetos antiguos.

Aun así, la cara de concentración y la deferencia que mostró para con el objeto, en comparación con lo salvaje que podía ser en otras parcelas de su vida, me hizo sonreír, sobre todo, al ver la emoción que reflejaban sus ojos mientras observaba la encuadernación con verdadera veneración.

—Es impresionante. Te aseguro que quien fuera el dueño…

—La dueña —aclaré.

—La dueña —repitió— tenía una elevada posición social. Si es de primeros del siglo xx , por el cuero usado, la tinta y el papel, está claro que valía más de lo que ganaba un obrero de a pie en un mes completo.

Con sumo cuidado lo abrió y examinó durante unos minutos, los mismos que empleé yo en releer la carta de mi madre y darle vueltas al asunto de la supuesta llave.

—Es posible que lo de la llave sea figurado y no algo físico —teoricé en voz alta.

—Puede ser. —Al tiempo que la frustración comenzaba a anidar en mi interior, vi como él observaba la parte interna de la contraportada a la luz del flexo—. O no… Estas esquinas han sido levantadas y pegadas de nuevo.

—¿Cómo lo sabes?

—Por las diminutas ondas que hace el papel al trasluz. Una vez separadas, es imposible que vuelvan a quedar perfectamente estiradas. Observa la parte trasera de la portada…

Hice lo que me pidió con el corazón comenzando otra vez ese galope desbocado que me poseía minutos antes. Tras obedecerle, pidió:

—Ahora haz lo mismo con el interior de la contraportada. ¿Ves?

Asentí con los ojos brillando de expectación, la misma que reconocí en sus iris. Con la adrenalina haciéndose con el control de mis sentidos, contemplé la forma en que Nathan, con la ayuda de un abrecartas, despegó despacio el papel.

Puedo asegurar que los dos nos mantuvimos conteniendo el aliento.

Tras retirar la cubierta, encontramos oculta, entre ella y el cuero, una pequeña llave que reconocí al instante.

Sintiendo cada una de mis pulsaciones retumbar con fuerza en mis sienes, cogí el objeto y me dirigí al dormitorio con capacidad nula para expresarme con palabras.

Volví poco después con una caja de música que perteneció a mi madre.

Nathan, que se había sentado tras el escritorio, echó el sillón hacia atrás para dejarme hueco y que tomara asiento sobre sus rodillas.

Bajo su atenta mirada, introduje la llave en la cerradura.

Como sospechaba que sucedería, encajó a la perfección.

—Creía que solo había una, o eso me dijo mi abuela cuando me la entregó tras la muerte de mi madre —expliqué, sintiéndome abrumada por todo lo que iba descubriendo.

—¿Por qué la escondería dentro del diario? Tiene que ser importante.

Durante un rato, examiné el cofre de madera de nogal tallada y tintada en blanco y ocre, buscando algo que fuese distinto, sin embargo, para seguir alimentando mi frustración, no encontré nada fuera de lo corriente.

—Solo es una caja de música con un cisne que baila cuando le das cuerda —aseguré abatida.

—Debe tener algo especial, piensa.

—Lo único especial es su antigüedad, el valor sentimental que tiene en mi familia y el inmenso cariño que le tengo. Desde que tengo uso de razón, recuerdo esta caja sobre la mesita de noche de mi madre, igual que hago yo ahora.

—¿Quién se la regaló?

—Mi abuela el día de su boda. Según me contó mi madre, es una caja de música que regaló mi tatarabuelo a su futura esposa el día del enlace, dentro puso el anillo de boda.

Y fue pasando de generación en generación, convirtiéndolo en algo así como una tradición; una que mi abuela rompió regalándomela sin ser el día de mi boda.

Creo que le dolía en el alma no poder estar conmigo en un día tan señalado y prefirió entregármela y asegurarse de que me casase o no, esta caja siguiese pasando de madres a hijas.

La tristeza quiso abrirse paso en mi pecho y Nathan me sostuvo el mentón.

—Algún día tú podrás regalársela a nuestra hija, aunque podríamos modernizar la tradición y entregársela a su mayoría de edad. ¿Qué te parece?

Imaginar cómo sería formar una familia a su lado, hizo que la tristeza se desvaneciese, dando paso a una firme determinación. Me gustaba eso de ver crecer a una niña que pudiese tener sus ojos o su gran corazón.

Mirando a Nathan, inconscientemente seguí pasando mis dedos por el relieve de la cubierta de aquel precioso joyero, en cuyo interior un cisne bailaba al son de una melodía si le dabas cuerda desde el lateral.

De pronto, pasando las yemas por las dos ces mayúsculas que se entrelazaban perfectamente talladas en la cubierta, me quedé estudiando el relieve con atención, mientras Nathan seguía la dirección de mi ensimismación.

Ambos debimos recordar el diario porque exclamamos a la par:

—¡Era de Catherine Cavendish!

Nos dirigimos bajo la luz del foco del escritorio y colocamos tanto la caja como las dos llaves.

—¿Es posible que tu tatarabuela fuera Catherine?

—No, mi tatarabuela se llamaba Isabella. Además, no tiene lógica. Catherine pereció en el naufragio.

—Tienes razón. ¿Y los apellidos? Puede que fuesen parientes.

—Puf, de mi tatarabuela ni idea, cuando nos vinimos de Argentina mi bisabuela Juana ya había fallecido y mis conocimientos familiares no van mucho más allá de ella, su primer apellido era Clark, eso sí lo recuerdo. En casa de mi abuela debe haber más información.

—El diario de Catherine y esta caja deben estar relacionados, es mucha casualidad que tenga grabado dos ces —teorizó.

Mi mente siguió ahondando en mis raíces y aseguré:

—Lo siento, vida, pero si no recuerdo mal mi tatarabuelo se llamaba Cameron… Cameron Clark. Si él regaló la caja tiene sentido que pusiese sus iniciales, ¿no?

—¿En serio? —preguntó con desilusión.

—Te lo confirmaré cuando vayamos a casa de Lita. Mi intuición me dice que mi madre usó la caja para guardar algo porque sabía que era un objeto del que nunca me desprendería. Lo urgente es saber qué ocultó, no veo nada extraño.

Al tiempo que observaba el cisne, daba cuerda a la caja y sacaba las joyas que siempre había guardado en su interior, seguí hablando:

—Te contaré lo que sé de mis antepasados.

Mi tatarabuelo heredó una gran fortuna. Sí, señor Digby, por lo visto yo iba para rica y me perdí por el camino —bromeé—.

El tema es que, durante la crisis del gobierno de Perón en el 52, mi familia perdió casi todo su patrimonio. Los abuelos de mi tatarabuelo…

—Trastatarabuelo —me interrumpió sonriendo.

—Error, ese es el padre de mi tatarabuelo.

—¡Cierto!

—Bueno, pues ese antepasado mío, dejémoslo ahí, llegó desde Inglaterra a Argentina y fue un gran empresario, de ahí que mi tatarabuelo fuese un hombre con recursos y pudiese mandar hacer esta preciosidad, que cómo bien has dicho, por la madera y los acabados, en su época debía ser un regalo costoso. Esa es mi teoría.

—Puede ser, no obstante, yo tengo otra teoría, habrá que crear tu árbol genealógico porque me da en la nariz que tu familia y Catherine están relacionadas. Lo mismo que opino que sus lazos con Inglaterra son la clave.

—Tal vez estuviéramos emparentados y algún antepasado mío heredara sus bienes al perecer ella en el Atlántico.

Ya te he dicho que tengo raíces europeas, por lo menos por una parte de mi familia, y que mis ancestros llegaron a Argentina haciendo negocios a mediados del siglo xix .

Está claro que de alguna forma llegó el diario a mi linaje.

En casa de Lita habrá papeles que nos digan algo más.

—Pues no queda más remedio que meternos de lleno a investigar tu procedencia —aseguró sonriendo.