Capítulo 8
D iario de Catherine
Es imposible describir con justicia lo maravillosa que ha sido la velada, empero, intentaré rememorar cada detalle, pues no quiero que el tiempo borre ni un ápice de lo vivido.
¡Es increíble! Me duelen los pies de tanto bailar y, aun así, habría deseado que la noche se extendiera durante cien horas más.
Hoy he tenido la fortuna de coincidir de nuevo con el señor Beckwith, y mi mente arde en deseos de plasmar todo lo sucedido, cada instante, cada gesto, para que mi memoria no me traicione con el paso de los días.
Al llegar a la recepción de la majestuosa mansión Holland, quedé embelesada por la opulencia de la decoración.
Este año, la señora Holland, con su exquisito gusto, mandó traer fuentes, manjares y ornamentos inspirados en la antigua Grecia.
El resultado fue como adentrarnos en el Palacio de Micenas en su máximo esplendor, tal como lo imagino tras haberlo estudiado en mis libros.
A mitad de la velada, un espectáculo teatral coronó la noche: una representación de la Trilogía de Orestes, de Esquilo.
Fue un deleite para los sentidos. Los actores estuvieron magistrales, encarnando con intensidad el drama y la tragedia de aquel antiguo relato.
Aplaudí hasta que las palmas de mis manos enrojecieron, incapaz de contener mi entusiasmo.
La historia antigua siempre ha ejercido sobre mí una fascinación que no puedo explicar, una atracción que me hace sentir como si hubiera nacido en el tiempo equivocado.
Sin embargo, todo esto ocurrió ya bien entrada la noche. Ahora, prefiero centrarme en el principio, en el momento en que todo adquirió el tinte especial que lo convierte en un recuerdo imborrable.
Hablaba con Anne y Sophie, sumida en una conversación trivial, cuando el señor Beckwith apareció ante nosotras. Su llegada, inesperada y elegante, nos dejó sin palabras.
—Buenas noches, señoritas. Qué alegría volver a encontrarnos, señorita Cavendish.
—Buenas noches, señor Beckwith. Le presento a mis queridas amigas, la señorita Sophie Griffiths y la señorita Anne Simmons.
—Un placer. Si no les resulta una afrenta, me gustaría tomarme la libertad de robarles unos minutos a su encantadora amiga. Confío en que no se ofenderán si intento demostrarle que en Nueva York también sabemos bailar al estilo inglés.
Con galantería ha tendido una mano hacia mi persona, provocando que mi cuerpo entero temblase ante su contacto. Prometo que he sentido que mis pies flotaban, moviéndonos por la pista de baile.
Durante la velada, hemos tenido ocasión de conversar y conocernos más, aunque no he podido evitar tener que atender al resto de pretendientes que me han solicitado un baile.
Ese es el motivo por el que me he sentido repleta de felicidad cuando Ian ha tomado asiento junto a mí para disfrutar en mi compañía la obra de teatro, regalándome miradas furtivas que, pese a lo inexperta que soy en las artes del cortejo, me han parecido repletas de intenciones.
Algo que Sophie y Anne me han asegurado estar de acuerdo.
Espero que así sea, pues cada vez que me mira, me hace sentir como si tuviera miles de hormigas haciéndome cosquillas en el estómago. ¿Es posible enamorarse con esta prontitud?