A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 5
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Capítulo 5

N athan, al entrar por la puerta, me encontró sentada en el sofá mirando a la nada, acariciando de forma inconsciente el sobre que saqué de mi bolso al llegar a casa. De eso hacía dos interminables y especialmente largas horas.

No quise llamarle para que saliese del trabajo antes, tampoco decirle nada por teléfono, por lo que su llegada se me hizo tan dilatada y agónica como la última noche de un reo condenado a muerte.

Pese a ello, tan abstraída estaba pensando en todo lo que no entendía, que me sobresalté cuando una manta se posó sobre mis hombros.

—Mi vida, estás temblando —aseguró, tocándome las manos que sentía frías como si la circulación no llegara de forma correcta hasta ellas.

—No te he oído llegar —respondí, centrando mi atención en él.

—Lo sé, estabas como ida, incluso te he hablado y no me has contestado —explicó, mirándome con preocupación—. ¿Has comido algo? Estás muy pálida.

En ese momento caí en la cuenta de que, tras la visita del abogado, ya no fui capaz de comer nada en todo el día, por lo que me sinceré.

—Medio sándwich para almorzar.

—Helena, ¡de eso hace más de seis horas! —exclamó, dirigiéndose a la cocina.

Seguí inmóvil en el sofá, sin ser capaz de pedirle que volviera, puesto que en el fondo estaba aterrada por descubrir que había dentro del sobre y quién era mi madre en realidad.

Esperarle me sirvió de excusa para camuflar ese temor, sin embargo, en aquel momento, cuando él ya estaba en casa, entendí que tendría que enfrentarme a la verdad.

Volvió con una bandeja que dejó en la mesa auxiliar. No pude evitar sonreír al ver una taza de té y una rebanada de pan con aceite. Una mezcla muy nuestra entre sus raíces inglesas y nuestro amor por el aceite de oliva y la dieta mediterránea.

—No tengo hambre. Hay algo que…

—Que enfermes solo conseguirá demostrar que soy un novio pésimo por no saber cuidarte, por favor, haz un esfuerzo —me regañó, suplicándome con la mirada—. Corregir exámenes puede esperar —aseguró, quitándome el sobre de las manos.

Intenté hacer algo de fuerza, de lo que desistí al ver su semblante serio y autoritario, ese que lucía pocas veces, pero en donde se observaba su sangre azul.

Tras conseguir su cometido, colocó la taza donde antes estaba el sobre.

Se sentó junto a mí, en completo silencio, y solo con sus ojos me obligó a beber.

Sabiendo que lo hacía por mi bien, decidí no ponérselo más difícil.

Tras el primer bocado a la tostada, aclaré:

—No son exámenes. Me lo ha entregado el abogado de mi madre.

Ante la mirada de Nathan para que me explicase y darme cuenta de que realmente tenía más hambre de lo que me había percatado, en tanto que devoraba el tentempié y bebía el té, le conté mi más que extraño encuentro con el señor Piqué.

—¿Tienes miedo de saber lo que hay dentro? —preguntó cuando acabé, colocando nuevamente el sobre en mi regazo.

—Sí —afirmé con rotundidad.

—Vida, pues no lo abras hasta que estés preparada. Si me necesitas, yo estaré aquí.

Suspiré ya que, pese al temor a lo desconocido, mi curiosidad y la necesidad de la verdad eran superiores a ese miedo.

—Ábrelo —pedí, tendiéndole el objeto de mi turbación.

—¿Segura?

—Sí. Entre tú y yo no hay secretos. Lo sabes todo de mí. O por lo menos todo lo que yo sé de mí misma —aseguré con la voz cargada de ironía.

Abrió el precinto, consistente en un sello firmado de puño y letra por mi madre, sacó un diario que parecía antiguo y una nueva carta escrita a mano por ella. Sin que yo dijera nada, me dio espacio para que leyese en silencio la misiva póstuma de la mujer que me trajo al mundo.

Querida Helena,

No sé si entregarte esta carta y este diario es lo correcto.

Puede que deba hacer caso a mi madre y olvidarme de todo como hizo ella, en cambio, me parece tan injusto que todos ellos se salgan con la suya, que no he podido evitarlo.

He investigado la mayor mentira de la historia reciente, no obstante, temo que si consigo mi propósito nuestras vidas estén en peligro.

Voy a viajar a Inglaterra para cumplir una promesa que le hice a mi abuela, y que he pospuesto por miedo a lo que te pudiera ocurrir.

Lo que sucede es que algo ha cambiado. Miento, algo no, ellos.

Ellos lo han cambiado todo y no puedo mirar hacia otro lado cuando quienes arrebataron vidas de la forma más vil, siguen paseándose tantos años después con la cabeza bien alta.

Y no solo eso, sino que están engañando nuevamente a toda una generación, contando una falacia del tamaño del sol. Por eso no puedo seguir mirando hacia otro lado, no cuando yo sé la verdad.

Para tomar una decisión debes leer el diario que te entrego y, después, si quieres saber más, tendrás que encajar la llave.

«¿La llave?», pensé en ese momento sin entender. Levanté la vista para encontrarme con los ojos preocupados de Nathan.

—¿Todo bien? —indagó, sin apartar sus preciosas pupilas verde jade de mis avellanas.

—Necesito hacer esto sola. Luego te explicaré todo, no obstante, para poder hacerlo debo entenderlo yo en primer lugar.

Asintió sin oponerse.

—Vete al despacho, allí tendrás intimidad. Te avisaré cuando esté la cena.

Acepté en silencio, a la vez que cogí el sobre marrón, la carta de mi madre y el diario.

Entré en el estudio, me acomodé tras el escritorio y, bajo la luz del flexo, examiné el libro.

Solo mirando la solapa de cuero azul marino, adornada por una preciosa mariposa dorada, que al tacto de mis dedos seguía siendo suave, y observando la caligrafía señorial que presidía la parte superior de la tapa y su lomo, intuí, o más bien tuve la certeza, que el libro era antiguo y además de buena calidad. Abrí por la primera página y leí:

Diario de Catherine Cavendish. Año 1908. Londres.