A través del tiempo y del Atlántico Capítulo 4
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Capítulo 4

D os días después, dije adiós a mi Lita en un día tan gris como se encontraba mi alma. El funeral fue precioso, ella era muy querida y ninguno de nuestros allegados y amigos quiso faltar. Como era su deseo, y en su día el de mis padres, la incineramos.

Desde ese mismo instante, un vacío indescriptible se apoderó de mí. Tan profundo que se me hacía imposible hallar las palabras adecuadas para expresarlo, sentía que estaba sola, increíblemente sola en el mundo.

No, no era cierto, tenía a Nathan, a Amelia y a mis amigos, pero familia de sangre ya no me quedaba y, cuando ese pensamiento atravesaba mi mente como una fugaz bala certera, mi corazón se rompía sin remedio.

Eso tampoco era cierto, tengo un tío y dos primos que viven en Argentina, que adoraban a mi abuela y que el día de su adiós estuvieron conmigo.

Sin embargo, no deja de ser familia que ves cada bastante tiempo y no está en tu vida de la misma forma que lo hacen tus padres, abuelos —si tienes la suerte de tener de esos que ejercen como tal— o hermanos —esos que nunca tuve—.

Por ello, ese sentimiento de soledad y dolor se abalanzó sobre mi maltrecho corazón en el mismo instante en que me informaron que mi abuela había sufrido un segundo infarto del que no pudieron reanimarla.

La noticia me golpeó con tal fuerza que sentí como si todo mi ser se rompiera, dejando solo un vacío helado donde antes se mantenía una pequeña chispa de esperanza.

Tres días después del adiós definitivo, me vestí en silencio, dejando que Nathan me sirviera el desayuno sobre la barra.

—¿No quieres tomarte algunos días de vacaciones? —preguntó preocupado.

—No, vida, necesito volver a ocupar mis horas o me volveré loca.

—Está bien, llámame si necesitas cualquier cosa. Si ves que la jornada se te hace muy dura, con un solo mensaje dejaré todo para raptarte y llevarte a cualquier lugar en el que la tristeza no pueda alcanzarte.

Le escuché emocionada y muy agradecida. Nathan, desde que me llamaron para decirme que mi abuela estaba hospitalizada, no se separó de mí en ningún momento, es más, él fue quien se encargó de todos los trámites burocráticos de la defunción para que ni Amelia ni yo tuviéramos que hacerlo.

Le acaricié el rostro totalmente enamorada, sintiendo en lo más profundo de mi corazón la suerte de tenerle en mi vida.

—Te quiero mucho más de lo que se pueda expresar con palabras —aseguré, besándole con ternura, cariño y gratitud.

—Yo también, mi vida —respondió tras finalizar el beso, sin dejar de abrazarme.

Al mirarme con sus penetrantes ojos glaucos, fijos en los míos de una manera que solo él sabía, una certeza inquebrantable se apoderó de mí: había encontrado al amor de mi vida.

Convicción que impedía que ese sentimiento de soledad, que intentaba por todos los medios instalarse en lo más hondo de mi alma, terminase de afianzarse.

Nathan era mi refugio, mi luz en medio de esa oscuridad que me envolvía.

—Será mejor que salgamos o llegaremos tarde —dije por fin, sin ganas de escapar de sus brazos.

Fui consciente de que debía volver a retomar mi vida, por mucho miedo que me diese vivir en un mundo en el que no podría descolgar el teléfono, solo para contarle una tontería a mi querida Lita.

Al parar para almorzar, me sorprendió ver lo rápido que se me pasó la mañana.

Definitivamente, necesitaba volver a ocuparme de mis pequeños terroristas, como llamo cariñosamente a mis alumnos.

Todos se lanzaron a mis brazos nada más verme, dándome sus condolencias e incluso algunos, como Diego, me contaron lo mucho que echaban de menos a sus abuelos.

Que niños de nueve años te demuestren tanto cariño, me dijo que algo bien debía estar haciendo con ellos.

Para mí son parte de mi vida, no solo alumnos que pasan durante dos o tres cursos por mi clase, no, son pequeñas mentes despiertas que se están abriendo a un mundo que en muchos casos no les resulta fácil.

Tras finalizar aquella primera mitad de la jornada, entré en la sala de profesores y saqué un tentempié.

—¿No tienes guardia en el patio? —preguntó Rosario, la subdirectora, llegando hasta mí.

—No.

—Bien, en ese caso, ¿qué tal llevas la mañana? —indagó, tomando asiento a mi lado y colocando una mano afable en mi espalda.

Rosario es una mujer especial, desde el día en que entré a trabajar al colegio, me trató como a una más de la familia, pues para ella, que lleva más de treinta años en ese centro, eso somos todos los profesores, padres y alumnos.

—Mejor de lo que esperaba —respondí con sinceridad.

Durante unos minutos, charlamos de todo un poco, hasta que Sergio, el conserje, entró en mi busca.

—Helena, disculpa, hay un hombre que pregunta por ti en dirección, dice que es urgente.

Sin saber de quién se trataba, me dirigí al edificio principal, en donde un caballero de mediana edad, con traje caro e impoluto, me observaba desde la distancia sosteniendo entre sus manos un maletín oscuro.

—¿Es usted Helena Benet? —preguntó cuando llegué hasta él.

—Sí, ¿y usted es?

—Disculpe, soy Ferrán Piqué, abogado. ¿Podríamos hablar un segundo en privado? Es importante.

No tenía ni la más remota idea de qué quería ese señor de mí, no obstante, había algo en su tono, en la forma de pedirme unos minutos, que hizo que el vello de mi nuca se erizara; sentí que el universo me lanzaba una advertencia silenciosa, un susurro en el viento, anticipando que algo estaba a punto de cambiar.

—Sígame por aquí. —Le guie hasta la oficina docente de mi asignatura, cerré la puerta e indagué—: ¿Qué desea?

—Señorita Benet, ante todo, permítame decirle que siento su pérdida.

Le miré extrañada.

—Gracias.

—Verá, mi despacho de abogados tenía órdenes claras de entregarle el contenido de este maletín cuando la señora Acosta falleciese.

—¿Es de mi abuela?

—No, es propiedad de Rosa Aguirre.

Ante esa afirmación tan tajante, sentí cómo mis ojos se abrieron de manera antinatural, al tiempo que mi mente se negaba a aceptar lo que acababa de escuchar, repitiendo en un susurro interno que no podía ser real.

—¿Mi madre?

—Sí, la señora Aguirre dejó el contenido del maletín bajo custodia hasta que Emma Acosta falleciese, momento en que debíamos hacérselo llegar.

—¿Quiere decir que llevan catorce años guardando esto?

—Sí.

Mi cerebro se puso a trabajar de forma frenética, sin encontrar lógica a nada de lo que estaba ocurriendo.

No tenía ni idea de qué contenía aquel objeto, pero imaginé, por la pinta que tenía el abogado, que no era un bufete barato; y mi familia no nadaba precisamente en la abundancia.

Todo era tan extraño que con recelo husmeé:

—Necesito una explicación más detallada, sinceramente, esto no tiene mucho sentido para mí.

—Señorita Benet, es sencillo. Su madre contrató un servicio que pagó por adelantado, era precio cerrado, y nuestro cometido era muy básico, entregarle en mano esto a usted llegado el momento.

Nuestro bufete, además de llevar temas legales, tiene un servicio que llamamos «Custodia futura», precisamente lo que contrató la señora Aguirre.

Depositó el maletín ante mí, y mi mirada se clavó en el cierre.

En ese instante, mi cerebro sufrió un colapso, olvidando dar la orden al resto de mi cuerpo para que siguiese respirando, dejándome literalmente sin aliento.

Algo en esa pieza metálica y aquel portafolios oscuro me era familiar, mi mente insistía en que ya lo había visto antes, no obstante, mi raciocinio me gritaba que no podía ser el mismo...

Lo que estaba ocurriendo no tenía ni pies ni cabeza.

Ante mi incapacidad para dejar de mirar el objeto, el señor Piqué explicó:

—Se abre con huella dactilar. Esperaré fuera, avíseme una vez vacíe el contenido.

Asentí aturdida, con la cabeza retrocediendo en el tiempo a una semana antes de la muerte de mis padres.

En aquella época yo era una ceporra de manual, podía pasarme dieciséis horas durmiendo sin que pudiese despertarme ni una bomba nuclear.

Sin embargo, en mitad de la madrugada percibí algo frío en el dedo que me hizo abrir los ojos asustada.

Tardé unos segundos en acoplar mi visión a la escasa luz que desprendía una pequeña linterna, portada por mi madre.

Cuando lo hice, la vi de cuclillas junto a mi cama con ese mismo maletín.

—Helena, no quería despertarte.

—¿Qué haces? ¡Vaya susto me has dado! ¿Es un análisis de sangre a traición? ¡Ya te he dicho que no tomo drogas! —grité poseída por la indignación.

—Lo siento, cariño, sé que debería confiar en ti, pero estás tan… tan distante con nosotros, que ya no sabemos qué pensar.

Eso era cierto, desde que nos mudásemos un año antes a Barcelona desde Argentina, país en donde nací y crecí, no se lo puse fácil, pero no, yo no me drogaba, simplemente estaba furiosa porque nadie me hubiese preguntado si quería vivir en la otra punta del planeta.

—Sí que debes de estar preocupada si te has comprado semejante kit de detección de drogas —ironicé señalando el maletín.

—Helena, lo siento, mañana mismo lo devolveré. Desde ahora confiaré en ti.

En mi estado de adolescente enfadada con el mundo, no le di mayor importancia.

Mi madre cumplió su promesa y, pocos días después murió junto a mi padre en un accidente de tráfico durante un viaje por Inglaterra.

Ese evento pasó a ser algo que mi mente relegó a esa parte oscura, donde guardaba todo lo relacionado con la Helena déspota y mala hija; aquella que no aprovechó el tiempo que tuvo con sus padres.

Tras fustigarme unos momentos por lo injusta que fui con ellos, volví al presente para centrarme en el portafolio.

Al observar que estaba sola decidí abrirlo.

Acerqué el dedo de forma dubitativa, el panel estaba frío, provocando que sintiera una especie de déjà vu, dejándome claro que, definitivamente, mi madre me engañó cuando era cría.

Sin ser consciente de que continuaba conteniendo el aliento de forma peligrosa, lo abrí y saqué el sobre blanco que, de puño y letra de la mismísima mujer que me trajo al mundo, tenía puesto mi nombre.

Busqué un abrecartas, sintiendo como mis manos sudaban de forma consistente al hacerlo.

Con una creciente sensación de ahogo, por las lágrimas que me estaba obligando a no derramar y la falta de aire entrando de forma normal en mi organismo, leí:

Querida Helena,

Si estás leyendo esto es porque Lita y yo ya no estamos en tu vida, y porque no pude hacer justicia.

Coge el sobre que hay junto a esta carta y guárdalo bien, nadie debe saber que obra en tu poder.

Decidas lo que decidas, quiero que sepas que te quiero y que siempre he estado y estaré muy orgullosa de ti.

Con el corazón martilleando en mi pecho de forma descontrolada y las lágrimas campando a sus anchas por mi rostro, sostuve entre mis manos el sobre marrón tamaño A3 que aguardaba en el centro, protegido por la tela de terciopelo beige que lo recubría.

Solo por la forma que aprecié al palparlo, supe que en su interior se hallaba algo similar a un libro.

Me obligué a serenarme, me sequé la prueba de mi desazón y guardé los dos sobres en mi bolso.

Tras cerrar el maletín, hice pasar al señor Piqué.

—¿Debo firmar algo? —pregunté, tendiéndole el portafolios.

—No. —Sin más, tecleó algo en el panel y aseguró—: Nadie sabrá que usted tiene relación con esta transacción. Órdenes específicas de su madre.

Aquello terminó de aturdirme. ¿Quién era Rosa Aguirre?

Según mi versión, era una mujer corriente, que dejó la carrera de periodismo al quedarse embarazada de mí y que se trasladó a España, tierra natal de mi padre, cuando él recibió una oferta de trabajo que le entusiasmó.

Mi padre era biólogo marino y trabajar en el ICM-CSIC (Instituto de Ciencias del Mar de Barcelona) parecía un sueño hecho realidad.

Sin embargo, por lo que estaba descubriendo en aquellos últimos minutos, Rosa Aguirre parecía una persona que guardaba un gran secreto.

Me despedí del abogado, terminé como pude mi jornada laboral y volví a casa para hablar con Nathan. Necesitaba desesperadamente su cordura para no perder la mía.