Capítulo 3
U n mes antes
Salí del dormitorio atraída por el olor a café recién hecho. Desde el comedor tuve una panorámica maravillosa de Nathan, mi novio, preparando el desayuno al otro lado de la barra que dividía las estancias.
Me ensimismé pensando que, con toda seguridad, era la visión más sexy que se puede tener de buena mañana. La luz barcelonesa bañaba su torso desnudo, creando un juego óptico que despertaba todos mis sentidos. Mordiéndome el labio, contuve las ganas que tenía de volver a encerrarle en el dormitorio.
En ese instante, con mi cara de hiena hambrienta, mi pelirrojo favorito se giró, pillándome infraganti.
—Deja de mirarme como si yo fuera el desayuno y ven a comer algo, si me obligas a hacerte el amor, sin ingerir algo primero, vas a tener que llamar a una ambulancia.
Avancé con una sonrisa traviesa por saberme descubierta, aceptando la taza que me ofrecía.
—Feliz aniversario, mi vida —dije, antes de depositar un casto beso en sus labios.
—Feliz aniversario, tigresa, brindemos por el segundo de muchos años juntos.
Chocamos las tazas y, tras obedecer como una fiel corderita y comerme la magdalena de avena y plátano que había en mi plato, giré mi cuerpo en dirección a la ducha. Durante el trayecto, antes de perderme por el pasillo, fui deshaciéndome del pijama y el resto de la ropa que me cubría.
—Espero que el desayuno no sea el único regalo de aniversario —reté con descaro.
Desde el instante en que su hermano nos presentó, Nathan y yo conectamos de una forma que desafiaba cualquier lógica.
Era como si nuestras almas hubieran estado ensayando ese encuentro durante siglos, entendiendo cada gesto y cada mirada sin necesidad de palabras.
Había algo diferente en él, algo que vibraba en la misma frecuencia que lo hacía mi alma, como si nuestros corazones compartiesen un lenguaje secreto.
Durante la carrera de magisterio coincidí en la universidad con Martin, el hermano pequeño de Nathan. Pese a estudiar en Londres, Martin cursaba un año de Administración y Dirección de Empresas con un programa de Erasmus, en Barcelona.
Mi amiga Catia nos presentó en la fiesta de Navidad del campus.
Nos caímos bien desde el principio. En los siguientes meses, no negaré que intentó que nuestra amistad fuera un paso más allá, sin embargo, pese a su atractivo británico, su rubio natural y su altura rollo highlander de novela romántica, no consiguió lo que me dijo era un ansiado beso.
Tras la finalización de los estudios y su vuelta a Bristol, su ciudad de origen, mantuvimos algo de contacto por redes sociales, sin embargo, con el paso del tiempo nuestra amistad se fue diluyendo en la distancia.
Ese fue el motivo por el que me sorprendió tanto su llamada, tres años después.
—Preciosa, ¡dime que todavía vives en Barcelona y me harás el guiri más feliz del mundo!
—Martin, ¿estás aquí?
—Sí, hace un par de meses, mi hermano Nathan se mudó a la ciudad, para disgusto de mis padres, y he venido a hacerle una visita este fin de semana. Y, por supuesto, no puedo volver a Inglaterra sin ver a mi española favorita.
—Española española… —dije en tono jocoso, pues llevaba casi el mismo tiempo viviendo en España que en mi Argentina natal. Dato que él sabía.
—¡Bueno, esos son detalles sin importancia! Dime que tienes la noche libre e iré a donde estés, raudo y veloz.
—Ceno con Catia en el centro. Hemos quedado dentro de una hora. ¿Te apuntas? Seguro que se alegra de verte.
—¡Hecho! Pero llevo a mi hermano, todavía está en esa fase de conocer gente.
—¿No lleva dos meses aquí? —pregunté extrañada.
—Preciosa, no todos los Digby tenemos el mismo carisma, atractivo y don de gentes.
—Modesto baja, que sube Martin —me carcajeé—. Está bien, tráete al sosaina de tu hermano.
Una vez colgué, terminé de vestirme, al tiempo que mi cerebro recopilaba la información que poseía sobre ese inglés, tres años mayor que yo, del que solo sabía que era el heredero de una familia pudiente, un soltero codiciado del que se especulaba podría ser gay y un gran hermano, cariñoso y preocupado.
Las numerosas llamadas que recibió Martin, el año que coincidimos en la universidad, corroboraban esa teoría que yo misma lancé al aire.
No negaré que busqué información en internet acerca de Nathan Digby, si bien, aparte de verle posar en algún acto benéfico junto a su familia, poco más pude encontrar; sin redes sociales y con un perfil público prácticamente inexistente.
No pude evitar sentir curiosidad por aquel hombre que era un enigma, y cuyos ojos verdes, claros y profundos, parecían creados para, junto con sus rizos cobrizos con destellos de fuego y su porte gallardo y seguro, observar el mundo desde un lugar superior al resto de los mortales.
Pensé que más que soso sería un narcisista o un esnob, que no querría mezclarse con las personas de a pie, y con esa idea me marché a la cena.
Qué dosis de realidad me llevé nada más estrechar su mano.
Nunca, en mis veintiséis años, había sentido cada terminación nerviosa de mi cuerpo gritarme al unísono que no me apartara de ese hombre. Así, sin más, solo con un simple roce de su piel.
—Encantado de conocerte, Helena. Mi hermano lleva hablando de ti tanto tiempo, que mentiría si no dijera que tenía verdadera curiosidad por saber si todo lo que decía era cierto.
Miré a Martin de reojo y, acercándome a Nathan, sin soltar su mano, susurré:
—Espero que fueran cosas buenas y haber estado a la altura. —Sonreí entre nerviosa y canalla.
—Con el efecto que produce tu sonrisa se quedó demasiado corto.
Y así fue como, sin darnos cuenta, nos olvidamos de que estábamos acompañados por mi amiga y su hermano y pasamos la noche entera hablando de todo, sin separarnos durante horas.
Tras una velada para mí perfecta, divertida y única, los cuatro nos montamos en un taxi. Por logística, dejamos primero a Catia y después llegó mi turno.
Nathan se apeó del vehículo, pidiéndole al taxista que aguardara un par de minutos. Me acompañó hasta el portal, asegurándose que entraba sana y salva.
—Ha sido un placer conocerte. Mentiría si dijese que no quiero volver a verte —flirteó, a la vez que yo sostenía la puerta, sin ganas de subir las escaleras hasta el segundo piso.
—Bueno, eso tiene fácil solución, apunta mi número y llámame.
Nos sonreímos nerviosos y, tras el intercambio de teléfonos, llegó el momento de despedirnos.
—Buenas noches, Nathan.
—Buenas noches, Helena.
Depositó un beso en mi mejilla, llenándome de frustración por no ser ahí donde yo esperaba que me tocaran sus labios. Me giré para enfilar las escaleras y puedo jurar que sentí como si me quitaran una parte importante de mi alma.
No había abierto la puerta de mi casa cuando recibí un mensaje.
Nathan:
¿Cenar mañana te parece demasiado pronto?
Helena:
¿Y desayunar? Hay una pastelería del centro que sirven los mejores tés de la ciudad.
Arriesgué.
Nathan:
Me encantaría, pero tengo que acercar a Martin al aeropuerto.
Sentí como me desinflaba, hasta que un instante después, recibí su respuesta.
Nathan:
No obstante, puedo llevarte a comer a donde quieras y, si no te aburres de mí demasiado rápido, te invito a desayunar en la pastelería, que has comentado, el lunes antes de ir a trabajar.
Dicho y hecho, al día siguiente comimos juntos, cenamos, acabamos en su piso y, como prometió, recuperé fuerzas en la pastelería antes de llegar al trabajo totalmente extasiada y con una sonrisa que no pasó desapercibida para mi compañera Rosario.
Desde aquel día, nos fue casi imposible separarnos más de veinticuatro horas.
Seis meses después, Nathan me pidió que me mudara a su piso, ya que, aunque los dos vivíamos de alquiler, el mío estaba situado en El Raval, un barrio bastante ruidoso, y en los meses previos apenas lo pisé para coger ropa y poco más.
El de Nathan era un sueño, situado en el barrio de Eixample, cerca del Paseo de Gracia.
Un primer piso luminoso, de tres habitaciones, con techos altos y molduras originales, mezclado con paredes lisas y acabados clásicos, pero con un toque a nueva generación, gracias a los detalles elegidos por los dueños del edificio al reformarlo años atrás.
Un apartamento de ensueño en el que jamás me hubiese imaginado viviendo.
Tras una ducha de esas que te cargan las pilas para todo el día, me despedí de mi chico para encaminarme al colegio en donde daba clases de Social-science a niños de primaria.
Tiempo que Nathan empleaba en salvar el mundo, bueno, en realidad, en preservar el legado de nuestros antepasados; se dedicaba a catalogar restos de barcos hundidos en el Museo de Historia Naval de Barcelona.
Preparando mi primera clase, la vibración incesante de mi móvil me obligó a sacarlo del bolso. Un número desconocido, unido a un mal presentimiento, hicieron que descolgase alarmada.
—¿Dígame?
—¿Señorita Benet?
—Sí, soy yo.
—Disculpe, soy el doctor Alba, ¿es usted familiar de Emma Acosta?
—¡Ay, Dios! Es mi abuela. ¿Qué ha ocurrido?
—La señora Acosta ha sido hospitalizada a causa de un infarto de miocardio. Ahora está estable, aunque su estado reviste gravedad y la hemos ingresado en la UCI.
—¡No puede ser! Hace dos días estuve con ella y se encontraba perfectamente —respondí incrédula y aterrada a partes iguales, tomando asiento para no marearme.
—Lo entiendo, no obstante, este tipo de fallo cardiaco puede presentarse sin ningún tipo de advertencia o síntoma.
Tomé nota del hospital en dónde se encontraba mi Lita y salí disparada.
Al entrar por la puerta de urgencias, me encontré con Amelia, la compañera de vida de mi abuela desde que cumplieron los sesenta; de eso hacía ya veinte años.
—¡Helena! Mi niña, perdona, con el agobio y los nervios me he dejado el móvil en casa y no he podido avisarte, por eso te ha llamado el doctor. Imagino el susto que te has llevado.
—¡Ay, Amelia! ¿Qué ha ocurrido? —pregunté, cobijándome entre sus brazos y dejando que la tensión contenida en el trayecto se desbordase sin remedio.
—No lo sé, estábamos viendo un programa de esos de actualidad, he ido a la cocina a por las tostadas que estábamos preparando para el desayuno y, al volver, miraba la tele horrorizada, ha comenzado a marearse, a sentir que le faltaba el aire y a sudar de forma exagerada.
Sin perder tiempo he llamado a una ambulancia —recitó de carrerilla, con la voz fragmentada.
—Dime que se va a poner bien, por favor —supliqué escondida en su hombro.
Mi abuela era la única familia que me quedaba, desde que mis padres fallecieran en un accidente de coche catorce años antes, justo a la mitad de mi existencia en aquel preciso instante.
—Cielo, sabes que Emma es fuerte como un roble, aun así, debes hacerte a la idea de que somos unas viejas y, antes o después, nos tendrás que decir adiós.
—¡Amelia! ¿Dónde hay que firmar para llegar a los ochenta así? —La voz de Nathan nos sobresaltó.
Con un caluroso abrazo, que Amelia recibió de muy buen grado, mi novio hizo eso que mejor sabía hacer: quitar hierro a las situaciones comprometidas deslumbrando con su sonrisa blanca y sincera.
Después de unos segundos abrazándonos a las dos, Nathan se centró en mí. Escondí la cabeza en su pecho. Inspirando su aroma, ese que me recordaba a un bosque de eucaliptos a primera hora de la mañana —fresco y acogedor—, dejé que su cercanía me sanase el alma.
La voz del doctor hizo que nuestros cuerpos se separasen para prestarle atención.
—Señorita Benet, siento comunicarle que el corazón de su abuela está fallando.
Ha sufrido un episodio de insuficiencia cardíaca aguda, causando un daño considerable al miocardio y afectando gravemente su capacidad motora.
Las próximas horas serán cruciales, pues si se produce otro evento isquémico, es altamente probable que no lo supere.
—Doctor, disculpe, no entiendo la mitad de lo que ha dicho —aseguré bastante conmocionada, negándome a vislumbrar la gravedad de aquella explicación.
—El corazón de su abuela está muy débil y no puede trabajar como debería.
El último infarto lo ha dañado seriamente y ahora no puede bombear la sangre que su cuerpo necesita.
Siento comunicarle que, de producirse otro infarto, es casi seguro que no resista.
Por eso estas horas son tan importantes.
Vamos a hacer todo lo posible por estabilizarla, pero han de entender que la situación es muy delicada.
Sentí como el mundo entero se desmoronaba bajo mis pies. Mi cuerpo temblaba incontrolablemente, y solo los brazos de Nathan, firmes y protectores, evitaron que me derrumbara por completo. A mi lado, Amelia se llevaba las manos a la boca, incapaz de contener las lágrimas.
—¿Puedo verla? —pregunté con un hilo de voz.
—Está sedada. —Ante mi cara de consternación y dolor, añadió—: Le permitiré pasar cinco minutos. Sígame y la enfermera le dará un mono desechable.
Asentí en completo silencio y caminé por el hospital sin creerme que eso estuviese ocurriendo; no, no podía ser, mi abuela no podía abandonarme como lo hicieron mis padres.
Entré en la habitación con el corazón sobrecogido, mi Lita —diminutivo de abuelita con la que la bauticé en mi tercera palabra, tras mamá y bibi , según me contó mi padre cuando era una cría—, la mujer más fuerte y vital que conocía estaba postrada en una cama con un color ceniza en el rostro que me hizo estremecer. Le sostuve la mano, suplicando:
—Lita, por favor, no te vayas, no estoy preparada para perderte a ti también. Lucha, te lo ruego.
Tras el tiempo establecido, me levanté de la butaca con el corazón hecho pedazos, cargando con la certeza de que aquella sería la última vez que vería a mi querida abuela.
Cada paso hacia la puerta lo sentí como un adiós anticipado; una despedida silenciosa que dolía más de lo que podía soportar.
Me giré una última vez, grabando en mi memoria su rostro sereno.