A través del sexo. La saga completa Epílogo #4
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Epílogo #4

Los últimos días habían sido una absoluta locura.

El 22, llegó Pablo con sus anécdotas sobre la ciudad condal y sus ilustraciones eróticas, y salimos todos juntos para volver a celebrar el cumpleaños de Noah; el 23 al final fuimos juntos a buscar a Íker al aeropuerto l y aquella misma tarde Clara recogió a mi madre para instalarla en su piso.

Entre encuentros informales con todos ellos, comidas previas y unas cuantas llamadas a la oficina para interesarme por la situación de la distribución asiática, apenas tuvimos tiempo de nada.

Para cuando llegó la Nochebuena, yo ya ni me planteaba meterme en la cocina, y no solo porque Noah lo hubiera sugerido.

Aquella noche, cuando visité la cocina tras la cena para saber cómo iba todo y vi el percal que había allí montado, supe que había tomado la decisión correcta.

Me apoyé contra el marco de la puerta del salón, con una copa de vino a medio terminar mientras contemplaba el absoluto caos que se había adueñado del espacio.

Aarón estaba sentado junto a su nueva novia, una chica morena y muy mona llamada Adela. Él le pasaba un brazo sobre los hombros y ella le hablaba por encima de su copa de vino. Se los veía muy enamorados.

Íker, que se había sentado a mi izquierda y había mantenido un inusual afán comunicativo durante toda la cena, se veía ahora acorralado por Herminia, Carlos, Lola y mi madre, que lo tupían a preguntas sobre el clima de Oxford, el ambiente social y las asignaturas.

El pobre chico me lanzó una mirada de auxilio por encima de la cabeza de su abuela; parecía estar buscando una salida, pero a mí me pareció divertido dejar que sufriera un poco más.

Un poco más allá, Noah y Clara, que al terminar la cena se habían cambiado de sitio, compartían confidencias a media voz con Pablo, formando ese círculo cerrado que siempre habían constituido.

En ese momento, Pablo lanzó una imprecación gesticulando de manera exagerada, y Noah y Clara estallaron en carcajadas.

Sobre la mesa aún quedaban los restos del banquete: platos con Weihnachtsgans ⁠ * y patatas asadas a medio comer, copas con huellas de dedos, migas de pan artesanal esparcidas sobre el mantel de lino…

Los camareros se movían con discreción entre los invitados, empezando a recoger la vajilla y preparándolo todo para servir el postre.

Volví a ocupar mi lugar en la mesa. En ese momento, Míriam y Séfora, las gemelas de Moisés, pasaron corriendo a mi lado. Muy de cerca las seguía su padre, intentando en vano contener a los dos terremotos a los que él llamaba hijas.

—¡Niñas, tened cuidado! ¡Dejad de correr ya de una vez!

Clara, que se dio cuenta de lo que ocurría, cogió a Séfora del brazo para decirle algo al oído. Míriam se detuvo a la vez que su hermana.

—Mirad lo que tengo —les dijo, enseñándoles algo en la pantalla de su móvil. Las niñas abrieron los ojos de par en par y sonrieron, entusiasmadas—. ¿Queréis?

—¡Sí, Clara, sí, porfi! —empezaron a gritar las dos a la vez.

Clara las calmó con un gesto suave. Menuda mano tenía mi hermana con aquellas niñas.

—Está bien, pues vamos las tres a jugar al sofá.

Se levantó para llevárselas con ella, mientras Moisés le lanzaba una mirada de auténtico agradecimiento. El pobre hombre tenía pinta de necesitar unas largas vacaciones. Se sentó a mi lado, en el sitio que Noah había abandonado para ir a hablar con su mejor amigo, y yo le serví una copa de vino.

—Toma, anda —le dije, tendiéndosela.

Él me miró un momento, se aflojó un botón del cuello de la camisa y se enjugó la frente antes de darle un sorbo al vino.

—Joder, las quiero con toda mi alma, pero es que son agotadoras.

—¿Hasta cuándo las tienes? —le pregunté, sabiendo que compartía la custodia de las niñas con su ex.

—Hasta pasado mañana. Luego estarán con su madre hasta el Día de Reyes.

Asentí. A pesar de cómo había tratado a Noah cuando salió del armario, a mí Moisés siempre me había caído bien.

Era un poco troglodita para algunas cosas, pero yo también lo era para otras, así que supongo que lo entendía.

Por lo demás, siempre me había parecido un tipo centrado y honesto, mucho más parecido a Noah de lo que ninguno de los dos quería admitir.

Sentí mucho que Clara lo dejara marchar trece años atrás; siempre supe que ella lo hacía por puro miedo.

Sin embargo, con la perspectiva que dan los años, ahora pensaba que todo había salido como tenía que salir.

A Moisés la paternidad, aparte de dolores de cabeza, le había aportado una empatía y una vulnerabilidad de las que antes carecía.

Y Clara había madurado mucho; ya no sentía la necesidad de huir a ninguna parte.

A veces hay que esperar a que un amor sea posible, aunque ellos hubieran tenido que dar un rodeo de más de dieciséis años para darse cuenta.

Miré a mi hermana, que reía en el sofá con las hijas de Moisés, y luego a él, que la observaba con una devoción casi reverente.

Sí, definitivamente el tiempo había hecho su trabajo.

Había convertido a unos jóvenes que no sabían qué hacer con lo que sentían en dos personas listas para quererse de verdad.

Moisés exhaló el aire, dio otro trago largo a su copa de vino y pareció relajarse un poco al ver que, en el sofá, Clara seguía entreteniendo a las chiquillas con algún juego en su móvil.

—A veces me salva la vida —murmuró con media sonrisa, sin apartar los ojos de mi hermana—. No sé qué haría sin ella.

Sonreí. Me estaba rellenando la copa cuando vi que Noah se levantaba para rescatar por fin a Íker del tercer grado al que lo estaban sometiendo los abuelos. Pablo se había quedado donde estaba y ahora, tras el abandono de sus amigos, se puso en pie discretamente y se escabulló hasta la terraza.

Se quedó allí, de espaldas a la fiesta, con la copa vacía sujeta por el tallo.

El reflejo de las luces del árbol de Navidad bailaba sobre el cristal, recortando su silueta contra la oscuridad de la noche.

Aquellos días se estaba alojando en nuestra habitación de invitados.

Por lo que sabía, su situación habitacional se había complicado bastante desde que rompiera con Samuel; ahora que vivía en Barcelona, una de las ciudades más caras del país, se había visto obligado a compartir piso con dos estudiantes universitarios, y yo intuía que el cambio no le estaba sentando tan bien como todos habíamos supuesto.

Algo en su actitud solitaria me hizo querer acercarme.

—Perdona un momento —le dije a Moisés.

Me levanté, esquivando a un camarero, y me acerqué a Pablo.

—En breve servirán el postre —dije a modo de información.

Me miró de reojo antes de volver sus ojos a la ciudad.

—Ahora voy.

—No vas a conseguir echarme de mi propia terraza. —Me apoyé en la barandilla a su lado—. Además, si Noah se entera de que te dejo deprimirte a solas en Nochebuena, se enfadará conmigo.

—No estoy deprimido.

—Y una mierda —repuse—. ¿Te apetece fumar algo?

—Tú lo que quieres es que Noah se enfade conmigo y no contigo —me reprochó.

—¿Quieres o no?

—Sí, joder. ¿Vamos arriba?

Lancé una miradita por encima de mi hombro para asegurarme de que nadie nos estaba mirando.

—Sí, vamos.

Nos escabullimos como dos ladrones en dirección al piso superior y nos atrincheramos en la terraza de mi dormitorio. Pablo sacó un canuto, lo encendió, le dio una calada. Luego me lo tendió.

Di una profunda calada y dejé que el humo me entibiara el pecho.

—Menudo vicioso estás hecho, joder… —dijo Pablo, quitándome el porro—. Cualquiera diría que dejaste de fumar ayer.

—Cállate y pásamelo de nuevo —le ordené.

—Conmigo no te va a funcionar ese tonito de dom —dijo, dando otra calada y mirándome fijamente a los ojos—. Que yo no soy Noah, ¿sabes?

Me reí a gusto.

—Trae —dije, robándole el porro antes de que pudiera protestar.

Di otra calada, sintiendo cómo la tensión acumulada de los últimos días tras tanta alegría familiar empezaba a disiparse—.

Qué ganas tengo de que se acaben las putas fiestas —añadí, soltando el humo—.

No me malinterpretes, adoro a mi familia, pero no veo el momento de…

—Estar a solas con tu maridito otra vez, ¿eh? Noah dice que no habéis perdido el tiempo.

No pude evitar esbozar una sonrisita.