A través del sexo. La saga completa Epílogo #3
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Epílogo #3

Noah soltó un fuerte gemido que resonó en todo el dormitorio a la vez que su cuerpo se arqueaba sobre el colchón.

Su semen empezó a salir en oleadas, salpicándole el vientre, pero él seguía masturbándose, como si quisiera exprimir hasta la última gota.

Sentí que enloquecía al verlo así y pensé que, si los orgasmos visuales existían, yo acababa de tener el más intenso de toda mi vida.

Di dos embestidas más, brutales, completamente a ciegas, y me corrí dentro de él con un placer que me vació las entrañas.

Gruñí, apretando los dientes, mientras lo llenaba por completo y dejaba caer mi peso sobre él, con el corazón golpeándome las costillas como si quisiera salirse del pecho.

Y durante un maravilloso instante, en el mundo sólo existíamos él y yo.

—Te quiero —le oí susurrar.

—Y yo te adoro —repuse, reptando por su cuerpo para atrapar sus labios entre los míos.

Nos dimos un beso intenso pero lento. Siempre me ha maravillado cómo, cuando estás con la persona adecuada, puedes pasar del sexo más caliente y desvergonzado a la más absoluta ternura en dos segundos.

—Vamos a tener que ducharnos otra vez —dijo riendo.

—Sí, y habrá que darse prisa, o llegaremos tarde a la cena.

—No me importa llegar tarde si es por algo como esto —ronroneó, dibujando círculos en mi torso con las yemas de sus dedos.

—Pues como me sigas mirando así es que no llegamos —amenacé.

Él sonrió. Nos levantamos y fuimos a la ducha.

Esta vez, nos aseamos de verdad. Pero no perdí oportunidad de frotarme contra su cuerpo enjabonado , ni de meterle la mano entre las nalgas con la excusa de que tenía que limpiarlo bien.

No entendía cómo habíamos estado meses sin follar cuando ahora sentía que no podía apartarme de él.

Supongo que cada pareja pasa por diferentes etapas, pero yo quería quedarme a vivir para siempre en la que estábamos experimentando en aquel momento.

Mirando hacia atrás, me parecía increíble todo lo que había ocurrido aquel año.

Casi lo había echado todo a perder por culpa de mis inseguridades y mis miedos.

Noah me quería y eso era algo que yo me había prometido no dar nunca por sentado.

Ahora me daba cuenta de que también debía prometerme no volver a olvidarlo.

Y yo… Lo que acababa de decirle se quedaba corto; hacía mucho más que adorarle.

A veces pensaba que no había palabras en ningún idioma humano que pudieran expresar la enormidad de mis sentimientos por él.

Y, sin embargo, hubo momentos en los que de verdad temí que todo se fuera a la mierda.

Pero lo peor no fueron las discusiones absurdas que siempre ocultaban otras cosas o aquella distancia gélida que se fue instalando entre nosotros, sino la decepción y el dolor que vi en sus ojos la noche que casi lo echo todo a perder.

Había vuelto a intentar ser el único adulto de nuestra relación, pero Noah ya no era un crío de diecisiete años y yo no tenía ningún derecho a elegir por él.

Verlo salir de casa aquella noche había sido una de las experiencias más aterradoras de toda mi vida.

—David, como sigas lavándome con tanto esmero, no salimos de aquí —bromeó Noah, interrumpiendo mis pensamientos.

Sonreí, dándole un azote cariñoso en el culo antes de cerrar el grifo.

—Tienes razón, cumpleañero. Vamos a cenar.

Cenamos tranquilamente en un italiano que nos encantaba.

La fiesta del carbohidrato, como Noah la llamó, duró hasta bien entrada la medianoche.

Salimos del restaurante entre risas y Noah no dejaba de burlarse de mí y recordarme que el árbol gigante de este año lo pagarían mis lumbares.

Quizás fue por la terapia a la que estaba yendo desde finales de verano, por las copas que me había tomado o por el maravilloso sexo que habíamos tenido aquella tarde, pero me uní a sus risas, aun cuando sabía muy bien que lo que estaba insinuando era que ya me hacía demasiado mayor para algunas cosas.

El salón, bañado por la luz tenue y multicolor que Noah había encendido horas antes, se sentía más cálido que nunca.

Nos desvestimos y nos metimos en la cama.

Uno de los acuerdos a los que habíamos llegado tras nuestra crisis fue volver a dormir siempre en pelotas.

Había sido una gran decisión, y no solo porque mejoró exponencialmente nuestra vida sexual, sino porque no había nada que me gustara más en el mundo que sentir su cuerpo desnudo contra el mío.

Me acomodé sobre las almohadas y Noah se apretó junto a mí, apoyando su dorada cabeza sobre mi hombro.

—¿A qué hora llega el jet pasado mañana? —me preguntó, trazando círculos perezosos sobre mi pecho con la yema de los dedos.

—A las cinco.

—¿Quieres que vaya a recoger a Íker?

—Ya lo hago yo, no te preocupes —respondí, sonriendo en la oscuridad y besándole la coronilla.

—¿Sigues pensando en cocinar pavo en Nochebuena otra vez?

—Sí —dije con orgullo—. Ya lo tengo todo listo.

—¿Aunque el año pasado se te quemó? —rio entre dientes, acomodándose mejor contra mi costado.

—He encargado un catering , por si acaso —admití.

Rio de buena gana.

—Me parece buena idea. Porque me pienso limitar a abrir un buen vino. Cocinar para catorce personas no entra en mis planes este año —dejó muy claro.

Y razón tenía, entre que Íker, mi madre y Pablo volvían a la ciudad para pasar las fiestas con nosotros, y que Clara y Moisés seguían juntos, iba a tener a todo el clan Estévez cenando en casa.

—Está bien, tú ganas —suspiré con falsa resignación, estrechándolo un poco más contra mí—. Si no quieres, no cocino.

—Es que no quiero que intoxiques a nadie —bromeó.

Nos quedamos un momento en silencio, disfrutando de la calma. Empezaba a deslizarme hacia el sueño cuando oí a Noah hablar otra vez:

—¿Has visto los informes de alertas biológicas de ProMED de esta semana? —me preguntó con voz suave.

Giré el rostro para mirarle en la oscuridad.

—Solo por encima. El director de operaciones me comentó algo de un retraso de proveedores en Hubei por un tema de salud laboral —respondí—. Una cepa de influenza fuerte, creo.

—No es influenza —dijo Noah, con una seriedad que me puso en alerta—.

Uno de los microbiólogos que Clara se trajo de Corea me dijo que están secuenciando muestras filtradas de un hospital de Wuhan.

Al parecer, es un nuevo coronavirus. Muy agresivo y contagioso.

El gobierno chino está amenazando a los médicos para que lo tapen, pero los hospitales allí ya se están desbordando.

Me quedé un momento en silencio, procesando sus palabras mientras acariciaba distraídamente su hombro desnudo.

—Con razón llevamos dos semanas con un atolladero en la división de distribución asiática —murmuré, uniendo las piezas de golpe en mi cabeza.

Noah se incorporó ligeramente, apoyando el mentón en mi pecho para mirarme en la penumbra.

—¿Qué?

—El lunes me llegó un informe de que los fletes marítimos desde los puertos cercanos a Hubei se estaban cancelando o retrasando sin justificación aparente —expliqué, frunciendo el ceño—.

Pensamos que era un movimiento arancelario del gobierno chino para presionar antes del cierre de año, o simple burocracia.

Pero si están empezando a confinar zonas o a paralizar fábricas por un brote, el impacto en la cadena de suministro global va a ser un desastre.

Noah soltó un suspiro pesado, volviendo a esconder el rostro en mi cuello.

—La cadena de suministro va a ser el menor de nuestros problemas, David. Si ese virus sale de China en plenas vacaciones, no va a haber forma humana de pararlo.

—También te asustaste cuando la crisis del ébola —le recordé en tono cariñoso, besándole en la frente—, y al final, quedó en nada.

—Ya, pero el ébola no es un patógeno de transmisión aérea —me hizo notar.

Me quedé callado. No tenía argumentos con los que rebatir eso, pero me negaba a dejar que una mala noticia al otro lado del planeta empañara la paz que tanto nos había costado recuperar. Al menos, no aquella noche.

—Bueno —susurré contra su pelo, aspirando el aroma a limpio de la ducha—. Mañana llamaré a la oficina y haré que vigilen de cerca esos fletes.

—¿Pero y si…?

—Noah —le interrumpí—. Sabes que haría cualquier cosa para protegerte a ti y a Íker, y que tenemos los recursos necesarios para…

—Ya, pero es que no es eso lo que me preocupa.

—¿Entonces el qué?

Noah se acomodó mejor entre mis brazos, dejando escapar un profundo suspiro.

—Todo lo demás —susurró.

Rodeé su espalda con más fuerza, pegando su cuerpo desnudo por completo al mío, sintiendo el calor de su piel. Poco a poco, su respiración se volvió pesada y regular, indicándome que por fin se había dormido.

Yo me quedé un rato más con los ojos abiertos, mirando el techo en la penumbra del dormitorio.

El suave latido del corazón de Noah contra mi costado era lo único que rompía el silencio de nuestra casa, la misma que en un par de días se llenaría de villancicos, risas y envoltorios de regalos.

Pero en vez de felicidad por la algarabía que nos esperaba, no podía sino albergar la extraña e incómoda sensación de que, tal vez, las preocupaciones de mi marido estaban, aquella vez, justificadas.

Al final, Noah tuvo razón al decirme que lo mejor era ni intentar cocinar para tanta gente. Menos mal que había tenido la previsión de contratar aquel catering con meses de antelación.