A través del sexo. La saga completa Epílogo #2
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Epílogo #2

Le ayudé a incorporarse y salimos de la ducha.

Sin preocuparnos por secar nuestros cuerpos, fuimos a la habitación y empujé a Noah para que cayera sobre la cama.

Tenía en mente el restaurante que había reservado para celebrar su cumpleaños y el poco tiempo que nos quedaba, pero verlo así, desnudo y jadeante, hizo que mis prioridades cambiaran por completo.

Él debía estar pensando lo mismo, porque se quedó tumbado con los ojos muy abiertos, fijos en los míos, y la respiración agitada.

—Quédate ahí —le ordené, bajando la voz.

Me quedé de pie, al borde de la cama, solo para poder observarlo.

Noah siempre había sido una belleza. Lo había sido cuando era solo un crío que me desafiaba con la mirada, pero ahora, en su madurez, su anatomía era un espectáculo.

El tiempo no había hecho más que perfeccionarlo, otorgándole una rotundidad que antes no tenía.

Sus hombros, ahora más anchos, destacaban en su silueta e invitaban a desviar la mirada por su fibroso y elástico torso, su esbelto talle y su firme abdomen.

Sobre él se erguía la preciosa polla de Noah, ahora completamente dura y enrojecida, preparada y caliente para mí, enmarcada por la curva tentadora de sus caderas, que se hundían ligeramente en el colchón.

Sus piernas, largas y fuertes, revelaban la musculatura de un hombre en su plenitud.

Pero su rostro seguía siendo su rasgo más hermoso.

Ahora su mandíbula estaba más afilada y sus rasgos se habían endurecido, pero sus enormes ojos negros y sus labios, carnosos y provocativos, seguían siendo los mismos que me habían enamorado veinte años atrás.

Algunas gotas de agua aún resbalaban por su pálida piel.

Su color siempre había sido tan diferente al mío…

Yo era más moreno, y mi propio cuerpo adquiría tonos tostados y marrones en las zonas más íntimas, pero su piel tendía al rosa.

Eso no solo hacía que se ruborizara con una facilidad deliciosa cuando lo provocaba, sino que teñía cada íntimo rincón de su cuerpo, sus pezones, su sexo, la hendidura entre sus nalgas, de una coloración sonrosada.

Ese contraste tan nítido conmigo siempre me había parecido una de las cosas más magnéticas de su cuerpo.

Fui hasta la mesita de noche y cogí el bote de lubricante. Lo dejé caer en la cama, cerca de él.

—Tócate —le pedí, sin apartar los ojos de su rostro.

Él tragó saliva y vi cómo su nuez de adán subía y bajaba. Se humedeció los labios, temblando bajo la intensidad de mi mirada, y bajó los dedos por su propio pecho, rozando su abdomen plano hasta perderse entre sus piernas.

—No, ahí no —lo interrumpí—. Quiero que te prepares para mí.

Un leve rubor le subió por el cuello y a mí me encantó saber que aún podía hacer que su timidez saliera a relucir. Cogió el bote, se echó algo de gel en los dedos y los llevó hacia su entrada. Empezó a acariciar su ano con suavidad mientras que su otra mano le subía por el pecho.

Quise mantenerle la mirada, pero no pude. Mis ojos estaban clavados en aquellos dedos húmedos, que masajeaban, tanteaban. El dedo corazón se hundió en su interior, haciendo que su polla diera una sacudida. Noah soltó un gemido ronco y cerró los ojos.

—Mírame —le ordené—. Quiero que me mires mientras lo haces.

Abrió los ojos, enfebrecidos por el deseo, completamente entregado a mí. Empezó a mover ese dedo hacia dentro y hacia fuera, con un ritmo lento que me estaba destrozando el autocontrol. Mis manos me ardían por las ganas que tenía de tocarlo.

Cogí el lubricante y me embadurné bien la mano antes de empezar a masturbarme. La mirada de Noah se clavó en mi polla y, con su mano libre, quiso tocarse la suya.

—No —le dije, sin dejar de bombearme—, no puedes hacer eso. No te estás dando placer, te estás preparando para mí. Mete otro dedo.

Mis palabras le provocaron otra sacudida en la polla, pero lo hizo. El dedo índice desapareció en su interior. Empezó a moverlos más rápido y a mí se me secó la boca. Supe que esa imagen iba a perseguirme durante mucho tiempo. Me acerqué a él, arrodillándome en la cama.

—No pares —le ordené—. Abre más las piernas.

—David, por favor…

Sonreí. Por mi vida que tenía que tocarlo ya o iba a enloquecer. Subí mis manos por sus muslos y me incliné hacia él, empezando a lamer sus testículos.

—Voy a comerte —gruñí contra su polla, dura y palpitante—. ¿Vas a seguir follándote con los dedos mientras lo hago?

—Sí… —gimió.

Y como para demostrarme lo obediente que era, reanudó el movimiento de su mano, aún más rápido que antes.

No pude aguantarlo más y paseé mi lengua por toda su extensión.

Su glande empezó a gotear sobre su abdomen y lo atrapé entre mis labios, succionándolo y llevándolo una y otra vez hasta el interior de mi garganta.

Un coro de gemidos me recompensó y sentí cómo, bajo mi barbilla, su mano se detenía en seco.

El placer lo estaba desbordando y supe que, si seguía un segundo más, se correría sin remedio. Decidí no torturarlo más.

Me aparté de su sexo con un sonido húmedo, dejando su piel brillante por mi saliva.

Noah jadeó, con el pecho subiendo y bajando con violencia, y dejó caer su mano libre al lado del cuerpo, exhausto y completamente abierto para mí.

Su otra mano seguía entre sus nalgas, quieta ahora, con aquellos dos malditos dedos aún dentro de sí.

Pero era el color de sus mejillas encendidas lo que realmente me estaba nublando el juicio.

—Sácate los dedos —le ordené, acomodándome entre sus muslos.

Obedeció con un gemido sordo. Me arrodillé entre sus piernas, agarrándolas por debajo de las corvas para flexionarlas contra su pecho, exponiendo por completo su intimidad.

Presioné la punta de mi polla contra su entrada, que acusaba el rastro del lubricante y de su propia preparación.

Noah clavó los dedos en las sábanas húmedas, anticipándose.

Empujé las caderas hacia delante y entré en él de un solo golpe, hundiéndome hasta la empuñadura. Noah soltó un largo gemido.

—Feliz cumpleaños, pequeño —susurré, inclinándome sobre él hasta que mi aliento rozó sus labios.

Tuvo la suficiente presencia de ánimo como para sonreír.

—Eres un cabrón. Mira todo lo que me has obligado a hacer…

—No te quejes tanto, que te encanta. Y, además, al final sí que te la he chupado.

Volvió a sonreír y yo, sintiendo que me derretía, estampé mis labios contra los suyos.

En su boca aún persistía el sabor de mi propio sexo y eso espoleó todavía más mi deseo.

Saqué mi polla hasta dejar tan solo el glande dentro de él y volví a entrar con dureza.

Noah se aferró a mis hombros, clavándome las uñas en la espalda.

Creo firmemente que no hay nada en este mundo que pueda ser comparable a follarse a este hombre.

Sus gemidos son los más eróticos que he escuchado jamás, su cuerpo se acopla perfectamente al mío y su interior, estrecho y candente, masajea mi polla de una manera tan jodidamente perfecta que a veces pienso que Noah solo había venido a este mundo para complacerme a mí.

—David…  —suplicó entre mis labios, con la voz quebrada—. Ahí, justo ahí… Dame más fuerte.

No se lo hice repetir. Aceleré el ritmo de mis embestidas, golpeando con fuerza ese punto exacto que le hacía perder el sentido.

Inclinó la cabeza hacia atrás y casi juraría que puso los ojos en blanco.

Sentía su polla frotarse contra mi vientre y accioné los músculos de mi abdomen para proporcionarle toda la fricción posible.

Aunque no es que él necesitara mucha más estimulación para correrse cuando me lo follaba así.

Sentí la marea de mi clímax subiéndome por el vientre, con esa urgencia que solo Noah lograba provocarme. Me incorporé hasta quedar arrodillado de nuevo entre sus piernas. Agarré uno de sus muslos y tiré de él hacia arriba, encajando su corva sobre mi hombro.

Aquel cambio me permitió hundirme con mayor profundidad, golpeando su punto más sensible con una fuerza renovada.

Pero, sobre todo, me permitió deleitarme con el espectáculo de tenerlo completamente expuesto bajo mi cuerpo.

Bajé la mirada y me recreé en la imagen más adictiva que conocía: mi propia polla, enrojecida por la excitación, entrando y saliendo de su cuerpo, completamente abrazada por la estrechez de su ano.

Sus testículos estaban tensos, duros y su sexo, libre de mi peso, palpitaba y goteaba, al límite.

Seguí elevando la mirada por su vientre, sus torneados pectorales, sus sonrosados pezones, su agitada respiración.

Finalmente, me permití observar su rostro: sus pecaminosos labios, rojos y torturados por mis besos, sus mejillas encendidas, sus ojos entornados, oscurecidos por el placer.

—Mírate —gruñí, volviendo a recorrerle con mi mirada—. Eres lo más hermoso que he visto en mi vida.

—David…

—Tócate para mí, cariño.

Me obedeció y profundicé mis embestidas.

Noah inclinó la cabeza hacia atrás y me clavó el talón en la espalda.

Yo no sabía dónde mirar: si a su rostro, completamente desarmado y entregado a mí; al vaivén salvaje de mi dureza abriéndose paso en su interior; o a los dedos de Noah, que envolvían su polla húmeda y se movían con desesperación al ritmo frenético de mis golpes.

La fricción era perfecta, candente, insoportable. Sentí cómo las paredes de su interior se contraían a mi alrededor en espasmos violentos, devorándome, avisándome de que ya no quedaba tiempo.

—Córrete, pequeño —le ordené, perdiendo los papeles por completo.