Epílogo
EPÍLOGO
— D avid, ahí no, un poco más a la izquierda.
—¿Aquí? —pregunté.
—No, a la izquierda.
Agarrándome a la escalerilla en la que estaba encaramado, me arriesgué a echar un vistazo hacia abajo por encima del hombro. Ahí estaba Noah, haciéndome evidentes señas… hacia la derecha. Suspiré y moví la estrella hacia la derecha.
—¿Ahí, cariño? —dije, sin poder evitar que un tonito sarcástico se me colara en la voz.
—Sí, ahí.
Su enfado casi me hizo gracia. Coloqué la estrella que culminaba nuestro árbol de Navidad y me bajé de la escalera. Miré hacia arriba y asentí.
Era el primer día de nuestras vacaciones de invierno que, gracias al acuerdo al que había llegado con la Junta Directiva para quedarme como CEO en la empresa, era solo la primera de muchas que habría por llegar.
No solíamos decorar la casa tan tarde, pero hicimos una escapada al campo por el puente de la Constitución y habíamos estado muy liados el resto del mes.
Aquel era el primer día en semanas que realmente podíamos disfrutar de estar juntos. Era, además, el cumpleaños de Noah.
—Ha quedado perfecto —afirmé.
—Y menos mal, porque menudo curro… —Noah resopló y ya estaba de espaldas a mí, recogiendo algunas de las cajas en las que guardábamos las bolas de cristal—. No sé por qué siempre te empeñas en que hagamos esto nosotros mismos…
Me vino un recuerdo de todas las navidades que pasé en la mansión de mis padres en Berlín, en aquella época en la que me sentía como un hijo único porque Florence vivía en Estados Unidos con su madre y Clara aún no había nacido.
Recordé los enormes árboles de Navidad, la decoración, espectacular, cargada de luces…
y la más absoluta sensación de soledad que me embargaba cada vez que veía a un ejército de operarios montándola, como si nuestra casa fuera un decorado y no un hogar.
Noah no podía entenderlo, porque él había crecido en una casa normal, con una familia normal, rodeado de hermanos y primos y sintiendo siempre que todo lo que él fuera o hiciera sería suficiente para ser amado.
Además, me parecía una cursilada tremenda decirle que el niño que yo había sido se juró que, algún día, cuando tuviera su propia familia, montaría él mismo la decoración navideña.
Aunque sospechaba que, tras tantos años juntos, Noah probablemente ya sabía, o intuía, todo eso.
Me acerqué hasta él y me abracé a su espalda.
—Porque me parece muy romántico hacerlo con mi marido —le susurré—. Aunque sea un gruñón.
Noah me lanzó una miradita.
—Joder, no soy un gruñón, pero es que cada año te empeñas en hacer un árbol más grande.
—Me gustan las cosas grandes —ronroneé contra su oído a la vez que acariciaba su cintura. El contacto de su cuerpo contra el mío me estaba volviendo loco.
—Deberíamos darnos una ducha, que se nos va a hacer tarde —me dijo, viendo venir mis intenciones.
— Mmmhh , me parece una idea genial —dije, mordisqueando la suave piel de su cuello.
Sentí cómo Noah dejaba descansar su espalda contra mi pecho a la vez que soltaba un suspiro de placer.
Y mi cuerpo respondió ante eso como siempre lo hacía.
Le metí las manos por debajo de la camiseta para acariciar su piel y él se giró hacia mí para rodear mi cuello con sus brazos. Aproveché para apretarlo contra mí.
—Llevamos como tres horas montando el árbol —se quejó.
—¿Y?
—Y no me parece la manera más divertida de pasar mi cumpleaños.
Sonrió y supe que estaba jugando conmigo. Llevaba más de veinte años haciéndolo y aún no me cansaba.
—Ahora te dejo que te diviertas conmigo. ¿Por qué no haces tú los honores este año? —le dije, decidiendo cambiar de tema.
Ladeó la cabeza.
—¿Quieres que encienda yo las luces? —se sorprendió.
Era algo que siempre le habíamos dejado hacer a Íker. Pero él aún no estaba en casa y yo quería que todo estuviera listo a su llegada. Asentí.
—Sí, es tu cumpleaños. Hoy eres el rey de la casa. Además, creo que es hora de empezar a establecer nuevas tradiciones.
—Ahora que tenemos el nido vacío… —dejó caer.
Me reí. Aún no nos habíamos acostumbrado a tener la casa para nosotros.
Era la primera vez que convivíamos solos.
Y esa nueva intimidad me encantaba, aunque supiera que en menos de cuarenta y ocho horas Íker cruzaría esa puerta arrastrando sus maletas y llenando de nuevo cada rincón con su energía de joven universitario.
Con una sonrisa algo tímida en los labios, se dirigió al interruptor, caminando de espaldas para no dejar de mirarme. Lo pulsó y una infinidad de lucecitas se encendieron en el salón. Era precioso.
—Ven aquí.
Negó lentamente.
—David, ducha.
—Que vengas aquí —le dije, poniéndome serio.
Noah se mordió el labio inferior y se acercó.
Lo atraje hacia mí y cuando lo tuve en mis brazos, atrapé sus labios entre mis dientes.
Los mordisqueé, los lamí y luego adentré mi lengua en su boca, rozando la suya y haciendo que se le escapara un gemido.
Apretó su cuerpo contra el mío, enredó sus dedos en mi pelo y yo dejé que mis manos se pasearan por su espalda y su pecho.
Me topé con un pezón y se lo pellizqué a la vez que me alejaba un poco.
—¿Una ducha, entonces?
Él asintió despacio, sin dejar de mirarme.
Tenía los labios entreabiertos, húmedos, enrojecidos y los ojos pesados y turbios.
A sus treinta y ocho años recién cumplidos, Noah estaba más guapo que nunca antes en toda su vida.
Lo cogí de la mano y lo guié escaleras arriba.
En cuanto llegamos al dormitorio, empezamos a desvestirnos, con más ganas de sexo que de aseo.
Lo empujé hacia la ducha, abrí el agua caliente y volví a abalanzarme sobre él.
—¿Qué te pasa hoy? —rio, entre besos.
—¿Qué? ¿No puedo ponerme cariñoso con mi marido? —repuse, comiéndomelo con la mirada.
El agua caliente caía con fuerza sobre nosotros, empapándole el pelo y resbalando por las líneas de su rostro.
Lo empujé contra los azulejos y le agarré la mandíbula, obligándole a mirarme.
Sus ojos, casi negros, estaban clavados en mí y supe que se moría por volver a besarme.
Deslicé mi pulgar por su barbilla y lo metí en su boca.
Sus labios se cerraron sobre él y lo succionaron, ansiosos.
Mi cuerpo respondió como si aquellos labios estuvieran chupando mi polla y no mi dedo.
Saqué el pulgar de su boca muy despacio, disfrutando del sonido húmedo y de cómo sus labios intentaron retenerlo.
Noah parpadeó, con la respiración entrecortada, buscando mi boca de nuevo, pero yo no estaba dispuesto a volver a besarlo de momento.
Sabía perfectamente lo que él quería, pero a mí siempre me había gustado jugar con su impaciencia.
Desesperarlo. Él solía quejarse, pero ambos sabíamos que esa tortura era lo que terminaba por volverlo loco.
Bajé la mano por su barbilla, siguiendo la línea de su cuello hasta su pecho. Noah soltó un suspiro frustrado, apoyando la cabeza contra los azulejos, abandonándose a mi control.
—David, por favor... —murmuró, y el agua que le caía por la frente le obligó a entornar los ojos.
— Shh —lo hice callar, rozando con mi pulgar húmedo uno de sus pezones, que se endureció al instante—. Aún tenemos tiempo, pequeño.
Disfruté de la forma en que su cuerpo se tensaba con cada uno de mis movimientos deliberadamente pausados.
Deslicé la mano más abajo, por su abdomen, deteniéndome justo en el nacimiento de su vello púbico, frotando la piel con círculos perezosos mientras me pegaba un poco más a él, obligándole a sentir mi erección contra su muslo, pero sin llegar a tocarlo donde él se moría que lo hiciera.
Noah soltó un quejido frustrado, intentando empujar su pelvis contra la mía para buscar más contacto, pero le puse una mano firme en el hombro, frenándolo.
—De rodillas —le ordené, sosteniéndole la mirada.
Parpadeó, sorprendido.
—No, esto no funciona así —se quejó con una sonrisa descarada—. Hoy es mi cumpleaños: eres tú el que tiene que hacerme una mamada a mí.
Quise comérmelo a besos.
—Que te pongas de rodillas —le dije con toda la seriedad que pude reunir.
Noah no protestó más. Nunca lo hacía cuando usaba ese tono con él.
Se deslizó despacio por los azulejos húmedos hasta hincar las rodillas sobre el plato de la ducha.
El agua caliente le caía de lleno sobre la cabeza, empapándole la espalda y haciendo que entornara los ojos mientras miraba hacia arriba, hacia mí, con las manos apoyadas en mis muslos para estabilizarse.
Verlo ahí abajo, esperando mi siguiente orden bajo el agua, me encendió la sangre.
—Abre la boca —le dije, rozándole los labios con la punta de mi polla, que goteaba por el agua de la ducha—. Hazlo despacio. Sabes perfectamente cómo me gusta.
Me acogió en el cálido interior de su boca y un suspiro escapó de mi pecho.
Avancé hacia la pared, acorralándolo entre ella y mi cuerpo y apartándolo del chorro de la ducha para que el agua que corría por su cara no le entorpeciera.
Noah clavó las manos en mis nalgas y empezó a devorarme con una avidez que me hizo apretar los dientes.
El sonido de la succión mezclado con el repiqueteo del agua contra el suelo de la ducha era lo único que llenaba el baño.
Mantuve las manos apoyadas en la pared mientras Noah movía la cabeza con un ritmo experto, usando la lengua de esa forma que sabía que me volvía loco, mientras sus dedos se hundían con fuerza en mi carne y yo tuve que controlarme para no correrme allí mismo.
—Para, ya es suficiente —le dije, apartándome de él. Sus labios quisieron volver a atraparme, pero se lo impedí—. Vamos a la cama.