A través del sexo. La saga completa 16. Un glorioso desastre #4
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16. Un glorioso desastre #4

Sentí un suave beso sobre la piel de mi cuello, los labios abiertos, la lengua rugosa y húmeda despertando cada una de mis terminaciones nerviosas.

—Siempre has sido tú —me susurró, su aliento rozándome el oído, su erección apretándose contra mi culo—. Por cierto, ¿te he follado alguna vez en el cuarto oscuro? —preguntó de repente.

Me giré para contestar, pero una voz nos interrumpió.

—¡Noah!

Vi a Samuel avanzando hacia nuestro reservado.

El segurata lo detuvo, pero enseguida vi a Pablo acercarse para hablar con él y, tras un breve intercambio, le permitió el paso.

Se abrazaron con camaradería y charlaron con aire cómplice.

Luego, Clara corrió hacia él con un equilibrio envidiable sobre aquellos tacones, y se fundieron en un abrazo.

Finalmente, se acercó hasta donde estábamos David y yo.

Mi marido se había apartado y, con disimulo, se había metido una mano en el bolsillo de sus vaqueros.

Le lancé una sonrisa divertida antes de girarme hacia Samuel.

Se había dejado crecer un poco el pelo, llevando de nuevo su acostumbrado tupé, así como una camisa medio desabotonada y una pulsera de cuero que no iba nada con su estilo habitual. Y estaba solo.

—¿Qué tal estás? —dije al abrazarlo.

—Genial —respondió—. Os vi a lo lejos y quise venir a saludar.

Nadie lo mencionó, pero si siguiera con Pablo, habría estado aquella noche en el reservado con nosotros.

—¿Estás con alguien? —preguntó David.

—Sí —nos aseguró, como si no quisiera preocuparnos—. Vine con unos amigos.

—¿Ah, sí? —Alcé las cejas al pensar en el Jose Ángel de los cojones.

—Y ya no estoy con Jose, por cierto.

—¿En serio?

—Y tan en serio.

Suspiré aliviado.

—Menos mal, porque tremendo gilipollas… —solté. Inmediatamente me arrepentí. Como volviera con él, me iba a odiar. Maldije al alcohol y su capacidad para empujarme a decir lo más inconveniente.

Samuel debió ver la preocupación pintada en mi cara y se rio.

—No te preocupes, era un gilipollas. Solo estaba con él por el… ya sabes.

—El mete-saca —dijo Clara, que se había unido a la conversación.

—Exacto. Pero tengo otros con los que hacer el mete-saca —repitió entre risas.

—Me alegro. —Luego, en un tono más íntimo añadí—: ¿Y estás bien?

Asintió, pero algo en su expresión parecía estar un poco roto.

—Sabes que habría dejado a Jose hace mucho. —Y, tras mirar alrededor para asegurarse de que su ex no estaba cerca, añadió—: Desde que Pablo me lo hubiera pedido.

—Oh, cariño —dijo Clara, poniéndole una mano en el hombro.

Él hizo un gesto, restándole importancia.

—Ahora da igual. Ya he aprendido a estar bien sin él. Y Pablo se va a Barcelona —añadió, como si eso fuera una sentencia.

No dijimos nada más. No hacía falta.

Clara lo cogió de la mano.

—Te acompaño de vuelta a tu grupo. Así me los presentas, y de paso voy al baño.

Nos despedimos de Samuel con una sensación agridulce.

Vi cómo volvía a decirle algo a Pablo, y cómo este le respondía con una sonrisa.

Mi mirada se quedó fija en la espalda de mi mejor amigo, escrutando cada movimiento, cada contracción de sus músculos.

Vi cómo, sin darse cuenta, sus ojos siguieron a Samuel un segundo más de lo necesario.

—A veces, Pablo es un completo idiota —le dije a David.

—Por eso te llevas tan bien con él —bromeó.

Le pellizqué la barriga.

—Vamos a bailar, anda. —Tiré de su mano para sacarlo del reservado y lo guié hasta la pista.

David se dejó hacer, pero en cuanto estuvimos fuera, tomó el control. Me cogió por la cintura, acompasó el movimiento de sus caderas al mío y empezó a seducirme con su cuerpo.

En ese momento, a lo lejos, entre el gentío, vi a Daniel.

Estaba bailando con un chico al otro lado de la pista, con un vaso en la mano y cara de estar pasándoselo regular.

Cuando nuestros ojos se cruzaron, simplemente le hice un leve gesto con la cabeza.

Él lo devolvió y me dedicó una mirada lánguida.

No sentí rabia, pero tampoco pena, así que giré el rostro y volví a centrarme en David.

Justo entonces, la música subió de volumen. El DJ gritó por el micrófono:

—¡Que lo vean, que lo oigan, que lo bailen… porque esta noche es nuestra!

Y todos gritamos.

Nos fundimos en la pista, riendo, besándonos con la intensidad de dos adolescentes. Poco después, Clara y Pablo se unieron a nosotros.

Y yo solo podía pensar que, después de todo, lo habíamos logrado. Seguíamos aquí.

La música volvió a cambiar. Empezaron a sonar los primeros acordes de una canción ochentera que conocía muy bien.

David la reconoció al mismo tiempo que yo.

—¿Te acuerdas? —le pregunté, acercándome.

Esbozó esa sonrisa ladeada que me derretía desde que tenía diecisiete años.

—Pensaba que odiabas esta canción —me dijo.

—La odio —admití, mientras apretaba más mi cuerpo contra el suyo—. Pero me encanta bailarla contigo.

Me rodeó con los brazos y me arrastró al centro de la pista, como a comienzos de aquel mismo año, antes de que todo se torciera.

Su cuerpo encajaba con el mío a la perfección, como una melodía que por fin había encontrado su armonía.

Me dejé llevar, los ojos cerrados, mientras sus labios recorrían mi mandíbula, su mano me acariciaba la espalda y sus caderas me enloquecían.

—¿Sabes una cosa? —me susurró al oído.

—¿Qué?

—Que ahora mismo no querría estar en ningún otro sitio del mundo que no fuera aquí. Contigo. Bailando esta mierda de canción.

Y entonces lo comprendí: que el amor no era una línea recta, ni una canción de moda, ni un final feliz de manual. Era un glorioso desastre, una mezcla absurda de egos dolidos, promesas rotas, reconciliaciones a contraluz y coreografías improvisadas bajo luces horteras.

Pero era nuestro desastre.

Y mientras él me hacía girar sobre la pista, supe que, aunque el Sodoma cerrara, aunque nuestras caderas dejaran de seguir el ritmo y el tiempo se llevara por delante todo lo demás, siempre quedaría esto.

Él y yo. Bailando, para siempre, juntos.

Aunque sonara Wham !