16. Un glorioso desastre #3
—¡Menos mal! —exclamó. Parecía exasperada conmigo y yo estaba cada vez más convencido de que había hecho el panoli al no darme cuenta de algo que todo el mundo veía con tanta claridad—. ¿Y qué te hizo darte cuenta por fin?
—Que me comió toda la boca.
Moisés abrió los ojos como platos, pero Pablo casi se atraganta con agua del ataque de risa que le entró.
—¿ Queeeeé ? —gritó Clara.
—Tranquila, ya está todo arreglado —le aseguró Pablo—, tu hermano y tu cuñado se han reconciliado y, como consecuencia, vuelven a follar como perras en celo en cada esquina que encuentran.
—Pablo… —le amonesté, algo avergonzado.
No lo había dicho en voz baja, precisamente, y Moisés se estaba encogiendo en su silla como si quisiera hacerse invisible.
—Así que para eso quería mi hermano tantas vacaciones —dijo Clara, a la vez que levantaba la mano para llamar la atención del camarero—: para llevarte a esa isla privada y follarte… dos cafés solos, con hielo, por favor… cada vez que le venga en gana.
El camarero tomó nota de su pedido y se alejó de nosotros, no sin antes lanzarnos una miradita por encima del hombro.
—No tenéis vergüenza ninguna —les amonesté, sonriendo a mi pesar.
Y por cómo mi hermano bajaba la mirada, debía estar pensando lo mismo.
Clara alargó su mano hacia mí y me apretó el antebrazo.
—Entonces, ¿todo va bien?
—Sí —le aseguré.
Suspiró de alivio.
—Menos mal, porque no quiero que dejemos de ser cuñados —dijo.
—Yo tampoco.
—Y porque si te llegas a separar de David, hubiera sido muchísimo más difícil para mí ofrecerte el puesto de Director de I+D de Kerch’s.
—¿Qué?
Ella se enderezó, con esa calma que sólo usaba cuando tenía un as bajo la manga.
—He cambiado de idea. Corea ha sido una experiencia increíble, y me ha inspirado muchísimo, pero no quiero fundar la empresa allí.
Mi tío casi me mata cuando se lo dije: el plan de negocio ya había sido aprobado por la junta, los presupuestos estaban fijados y ya estábamos en trámites de realizar el registro legal de la empresa en Corea del Sur, con todas las normativas locales y el papeleo que eso implica.
Pero me he dado cuenta de que ese no es mi lugar.
—¿Y entonces?
—Voy a pedirle a la junta que apruebe una nueva propuesta: la fundación de Kerck’s, S.A.
, con sede en España. —Fue entonces cuando entendí que hacía allí mi hermano—.
Sería una subsidiaria, claro, con capital del Grupo VK, pero con una visión propia: una empresa enfocada en crear una cosmética sensorial, vegana y biotecnológica, con ingredientes bioactivos derivados de fuentes sostenibles, como microalgas, complejos vegetales y desarrollados mediante fermentación simbiótica…
La propuesta incluye que desarrollaremos nuestras propias fórmulas aquí.
Nada de white label . Crearemos un laboratorio propio, desde cero, con producción limitada, énfasis en trazabilidad y un storytelling centrado en la experiencia sensorial del producto.
Texturas transformables, fragancias activadas por el calor de la piel, packaging minimalista y biodegradable —recitó.
—¿Tú quieres montar una empresa o una secta? —intervino Pablo.
Clara le sacó la lengua. Yo estaba demasiado anonadado para hablar, así que ella continuó.
—Hace poco me recordaste que siempre pensamos que terminaríamos trabajando juntos.
Te estoy ofreciendo la posibilidad de tener tu propio laboratorio y un equipo de biotecnólogos, químicos y microbiólogos trabajando bajo tu dirección.
De supervisar el desarrollo de todos los productos, desde la investigación básica hasta el resultado final de las fórmulas.
De tener voz en la toma de decisiones y formar parte del equipo ejecutivo —soltó, como si lo hubiera ensayado—.
Por supuesto, el trato que David cerró como condición para seguir siendo parte del Grupo VK y el CEO de la filial en España está tan bien cerrado, que yo tendría la obligación de respetar todas las limitaciones vacacionales y de horarios que él negoció para los dos, así que también te dejaría nombrar, a tu entera discreción, a un subdirector de I+D que te pueda sustituir durante tus dilatadas vacaciones y esas horas libres que te tienes que coger para atender tus nuevas obligaciones en la Fundación íCaro.
Yo seguía boquiabierto.
—¿Noah? —preguntó ella, en tono preocupado—. ¿Estás bien?
—Creo que lo has dejado en estado catatónico —dijo Pablo.
—¿Me estás hablando en serio? —conseguí decir al final.
—Por supuesto. Di que sí —me rogó.
—¡Sí! —exclamé.
Ella dio un gritito y ambos nos levantamos a la vez para fundirnos en un abrazo.
—Tengo que decírselo a David, tengo que…
—Oh, David ya lo sabe —dijo ella, restándole importancia—. Al menos sabe que yo había cambiado de opinión y que te iba a hacer la oferta. Ahora solo queda que la Junta Directiva apruebe mi nueva propuesta, pero con mi voto, el tuyo y el de David, ya casi lo puedo dar por sentado.
—O sea, que él apoya la idea. —Me sentía algo escaldado al saber que él conocía todo esto y no me había dicho nada. Aunque entendiera que Clara quisiera darme una sorpresa.
—Claro que la apoya. Le encanta que me venga definitivamente a España, y no es el único.
—Apretó con fuerza la mano de Moisés. Supe entonces que no pensaba volver a soltarla—.
Y, para que lo sepas, tampoco es que le importe mucho que dejes de trabajar en cierto laboratorio en el que también trabaja un exbecario que «te comió toda la boca».
—Seguro que será un gran alivio para él —dijo Pablo, que nos miraba con los ojos muy abiertos, como si Clara y yo fuéramos dos niños que acabábamos de formar un club secreto—. Y yo que pensaba que la mayor noticia era la mía —añadió.
—Es una gran noticia —le aseguré—. Pero ahora tenemos muchas cosas que celebrar en la fiesta del Sodoma —respondí, mientras la nostalgia hacía presa de mi voz.
Los cuatro nos miramos un momento y brindamos, aunque fuera con café. Porque sabíamos que estábamos cerrando una etapa. Y abriendo otra que, por primera vez en mucho tiempo, no nos daba miedo.
El Sodoma estaba más lleno que nunca. Afuera, una cola interminable de cuerpos brillantes, trajes imposibles y maquillaje fluorescente bajaba serpenteando calle abajo.
Adentro, la música lo inundaba todo: electrónica suave, house clásico, guiños de pop dosmilero que los más veteranos coreaban sin pudor.
Veinte años de historia. Veinte años de, como rezaba el cartel de Pablo, no pedir perdón por quienes éramos, sino solo otra consumición.
Pablo, Clara, David y yo llegamos juntos, como en los viejos tiempos.
Clara, enfundada en un mono negro ceñido, parecía la heroína de una saga futurista.
Pablo había rescatado una chaqueta plateada que yo creía extinta y llevaba la camisa más hortera de su armario, y David, fiel a sí mismo, vestía vaqueros oscuros y una impecable camisa blanca que resaltaba su piel aceitunada y la esbeltez de su talle.
—No me puedo creer que esto siga en pie. —Clara miraba las luces con una media sonrisa. Hacía años que no pisaba el Sodoma, y lo observaba todo con una mezcla de asombro y nostalgia que no me pasó desapercibida.
—¿Y por qué no iba a estarlo? —replicó Pablo—. Las cucarachas y los maricas somos indestructibles. ¿Qué bebes?
Una de las ventajas de nuestros pases VIP era tener las bebidas incluidas, allí mismo, en el reservado. Nada de hacer cola ni flirtear con los camareros para conseguir una copa.
Mientras Pablo servía unos cubatas, miré a mi alrededor, dejando que el pasado se superpusiera al presente como una doble exposición.
A mi izquierda, la columna con grafitis medio borrados donde, años atrás, vi por primera vez a dos tíos montándoselo en público.
En el sofá de polipiel del fondo, pegado a la barra, habíamos estado la noche en que Pablo descubrió que Clara era la hermana de David.
Yo acababa de follármelo y no podía permitir que ella lo supiera.
Pero lucía un chupetón en el cuello y mi corazón iba a mil, y Pablo se enfadó conmigo por obligarlo a mantener aquella red de mentiras.
Miré hacia la cabina del DJ, donde Clara, Pablo y yo solíamos bailar como si montáramos un show privado para los que nos rodeaban.
Y al fondo, la puerta del cuarto oscuro seguía ahí, con su símbolo « » en neón rojo, como una promesa.
Por mi cabeza desfilaron todos los tíos con los que me había liado ahí dentro: Rafa, que me besaba con la urgencia de quien necesitaba ser salvado; Samuel, que se hizo el valiente hasta que me confesó que no quería que lo desvirgaran allí, gracias a lo cual nunca llegamos a liarnos; y otros tantos cuyos nombres nunca supe, pero que dejaron sus huellas marcadas en mi piel, aunque solo fuera en el recuerdo.
El Sodoma no era solo un local: era un álbum de recuerdos que olía a sudor, colonia barata, semen y libertad. Y aunque el tiempo hubiera cambiado los cuerpos, los nombres y las modas, seguía siendo nuestro sitio.
Sentí el cálido cuerpo de David apoyándose contra mi espalda y, cuando su mano pasó por encima de mi hombro, vi que lo hacía para ofrecerme un cubata. Lo cogí sin mirar y él me abrazó por la cintura.
—¿En qué piensas? —me dijo al oído.
La música estaba tan alta que, de no haber estado su boca tan cerca, no le habría escuchado.
—En la de tonterías que he hecho en este sitio. —Alcé la voz por encima del hombro.
—Yo también he hecho alguna que otra —respondió.
—¿Ah, sí? —Me giré para mirarle, sin poder evitar una punzada de celos.
—No me mires así, que casi todas fueron contigo.
Como aquella vez que me viste bailando borracho y viniste a por mí, aunque estabas con otro y acabaste follándome en el sofá de mi casa.
O aquella otra, cuando te vi con mi hermana y me puse tan celoso que no tardé ni diez minutos en empotrarte contra la puerta de un baño, como si necesitara recordarte que tu cuerpo era mío, incluso cuando ni yo mismo estaba listo para admitirlo.
—Hace un momento estaba pensando en esa misma noche —confesé.