A través del sexo. La saga completa 16. Un glorioso desastre #2
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16. Un glorioso desastre #2

—Tienes delante al futuro presidente honorario —anunció—, y solo porque mi tío insistió en que alguien con el apellido Van Kerckhoven estuviera en el equipo directivo.

Pero Roberto será el próximo presidente y ejercerá todo el poder real.

Lleva muchos años trabajando en la Fundación; se lo ha ganado.

Por cierto —añadió, como si se acordara de repente—, que todavía está esperando tu respuesta.

Bajé la mirada, aún algo abochornado por todas las asunciones que había hecho respecto a aquella oferta. Qué lejano parecía aquel Noah que desconfiaba de todo lo que tuviera que ver con su marido.

—Le voy a decir que sí —dije—, si la oferta sigue en pie, claro.

David sonrió ampliamente.

—Por supuesto que sigue en pie. Le vas a dar una alegría enorme: le encantará tener a mi marido como subordinado para poder hacerme chantaje emocional.

Por un momento no supe si hablaba en serio o en broma, hasta que vi cómo la comisura de su boca se elevaba un tanto.

Llegamos a la salida del edificio principal y nos acercamos al coche que habíamos alquilado y con el que pensábamos ir a Londres.

—¿Y cómo has conseguido revertir tu renuncia y conservar tus puestos? —me interesé.

—Tan fácil que hasta pude poner todas las condiciones que quise.

—¿Pusiste condiciones para que te devolvieran tu trabajo? —pregunté. Era una de las cosas más extrañas que había oído en mi vida.

—¿Sabes el dineral que tenían que darme para que dejara mi puesto y mis participaciones en la empresa? —me dijo apoyándose en el techo del coche para mirarme por encima del vehículo—. Les he hecho un enorme favor al quedarme.

Entré en el coche por el lado del copiloto. No me atrevía a conducir por el sentido contrario.

—¿Y cuáles fueron esas condiciones?

David entró en el coche y se abrochó el cinturón de seguridad.

—Un mes de vacaciones por cada cuatrimestre.

—¿Tres meses de vacaciones al año? —exclamé.

—Sí, aparte de las navidades y la Semana Santa y un horario más flexible con fines de semana de tres días. También pedí que, a modo de incentivo por permanencia, se emitieran nuevas acciones, equivalentes al 2% del capital, y un puesto en la Junta Directiva con el correspondiente aumento de sueldo.

Fruncí el ceño.

—Tú ya tienes un puesto en la Junta Directiva. ¿Y para qué quieres más acciones y más dinero?

—Las acciones, el puesto en la junta y el aumento de sueldo son para ti, so bobo. —Arrancó el motor y puso el coche en marcha.

—Yo no quiero un puesto en la Junta Directiva —dije con pánico en la voz.

—Asúmelo, Noah, ahora eres parte de la familia —me respondió, con su mejor imitación de Vito Corleone.

Como vio que seguía mirándole con horror, añadió—: Relájate, solo será por unos años.

En cuanto Íker termine la carrera, le cederás tus acciones y tu puesto en la junta.

Probablemente yo termine haciendo lo mismo con el tiempo.

—Así que, en realidad, todo eso lo has negociado para él. —Nunca me dejaba de sorprender su capacidad para salirse con la suya.

—Me has pillado.

El coche salió del recinto de la universidad y nos incorporamos a la circulación.

—¿Y qué vas a hacer con tanto tiempo libre? —le pregunté, acomodándome en mi asiento.

—Pues pasarlo con mi marido, por supuesto —dijo, guiñándome un ojo—. ¿O te crees que todas esas vacaciones las he negociado solo para mí?

Abrí la boca, pero no supe qué decir. Por un momento, sentí cierto enfado de que hubiera negociado mis condiciones laborales sin consultármelo. Pero luego recordé nuestra isla, y el tiempo que, de ahora en adelante, podríamos pasar allí, y una sonrisa me iluminó la cara.

—¿De qué sirve ser rico si no se disfruta de la vida? —Me recosté contra el asiento del vehículo.

—Eso mismo fue lo que dije yo.

Y sin decir una palabra más, pusimos rumbo a Londres.

Quedé con Pablo unos días después de regresar de tierras inglesas.

Nos encontramos en nuestra terraza habitual en la Plaza de la Constitución, la que se montaba cada verano alrededor de la enorme fuente que presidía la plaza.

Sentarse allí a charlar, bajo la sombra de las buganvillas y con el sonido de la fuente y las microgotas generadas por el agua a presión que te refrescaban la piel, era de lo más agradable.

Le esperé, tomando el primer café de la tarde, cuando él llegó con una carpeta bajo el brazo, ojeras de entusiasmo y una enorme sonrisa.

—Hola, cariño —dijo, inclinándose para besarme.

—Hola.

—¿Qué tal todo? ¿Ya está Íker bien instalado?

—Sí. Mejor que bien, diría yo.

Me terminé mi bebida y llamé la atención del camarero para pedir otros dos cafés.

En las últimas semanas, Pablo y yo apenas habíamos hablado.

Yo había estado muy centrado en disfrutar de mi recuperada estabilidad emocional con David y en la entrada de Íker en la universidad, y él había estado liado con cosas que seguro que estaba a punto de contarme.

Nos trajeron los cafés y carraspeé sonoramente.

—¿Te has atragantado? —se burló Pablo con una sonrisa irónica.

—Estaba intentando llamar tu atención para disculparme contigo, pero creo que en vez de eso te voy a mandar a la mierda —sentencié, enseñándole un dedo.

—No, por favor, quiero mi disculpa —me rogó. Luego, preguntó, perplejo—: ¿Disculparte por qué?

—Tenías razón sobre Daniel.

Pablo me miró, sin sorpresa. Luego se limitó a asentir.

—Ah, eso. ¿Qué fue lo que pasó?

Le conté entonces la conversación que tuvimos David y yo cuando volvimos de la isla, aprovechando para recriminarle que se escribiera con mi marido a mis espaldas y me fuera sacando fotografías comprometidas.

—Alguien tenía que hacer algo. Tú mismo lo has dicho: yo tenía razón.

—Sí, pero ya te vale.

Seguí relatándole los eventos de aquella noche: la discusión, mi huida de casa y mi llamada a Daniel cuando me vi necesitado de consuelo.

—¿Por qué no me llamaste a mí? —preguntó Pablo, terriblemente ofendido.

—Porque también estaba enfadado contigo —le expliqué—. Sentí que me habías traicionado. Vale que tuvieras razón al final, ¿pero no podías haber hablado conmigo primero?

—Noah, llevo todo el año intentando advertirte sobre Daniel, y no me has hecho ni puto caso.

— Touché. —Ahí tenía razón—. En todo caso, llamé a Daniel, y él… digamos que intentó consolarme más de la cuenta.

—¡Lo sabía! —exclamó Pablo triunfal. Lo miré circunspecto—. ¿Y?

—¿Y qué?

—¿Te liaste con él?

—¡No!

—Pero si David te acababa de decir que…

— Tsk —chasqué la lengua, exasperado—, a veces creo que no me conoces en absoluto.

—Te estoy vacilando, pedazo de idiota —me dijo, con una sonrisa cariñosa—. Anda, termina de contarme qué pasó.

Mientras Pablo se acababa su café, le relaté cómo eché a Daniel del despacho para luego encontrar la muestra con el mensaje escrito con bioluminiscencia.

—¿Bioqué?

—Es cuando algunos organismos vivos emiten espontáneamente una radiación electromagnética en el espectro visible, como resultado de reacciones intracelulares catalizadas por enzimas específicas que oxidan…

—Al ver la cara de pasmo de Pablo, reformulé mi respuesta—.

Son cosas que se ven brillantes bajo un microscopio de rayos UV.

—Qué bonito, ¿no? —Parecía emocionado.

—Sí, fue muy bonito. Así que me di cuenta de que era un imbécil, volví a casa y hablé con David y…

—Follasteis como conejos —concluyó Pablo por mí.

—Eso mismo. Pero lo más importante es que hablamos, y que lo hemos seguido haciendo desde entonces, y hemos decidido volver a confiar el uno en el otro y dejarnos de inseguridades y tonterías.

Pablo sonrió.

—Bueno, ahora que sé que todo va bien en Strudelandia, tengo una cosa que contarte.

—Me mostró la carpeta que traía—. A raíz del cartel del Sodoma, me ha salido una oportunidad —dijo, y sus ojos brillaron con ese fuego que le caracterizaba cuando algo le hacía muy feliz—.

Una editorial de Barcelona quiere publicar una antología de relatos homoeróticos ilustrada por mí.

Si todo va bien, me han ofrecido quedarme allí para más trabajos.

Abrí la carpeta. Las ilustraciones eran tan bellas, arriesgadas y sensuales como todo en él.

—Pablo… esto es increíble.

—Sí. Por fin parece que mi carrera empieza a despegar. Aunque aún no sé si estoy preparado para mudarme.

—Claro que lo estás. Estás más que preparado. Solo que te da miedo admitirlo. —Y al decirlo, me di cuenta de que hacía no mucho tiempo, ese también había sido mi problema.

Justo entonces llegó Clara, enfundada en una minifalda y subida a unos tacones de vértigo, y no hubo mirada que no se detuviera en ella.

Llevaba un bolso en la mano y una sonrisa traviesa en los labios.

Para mi enorme sorpresa, Moisés venía unos pasos detrás, y no se lo veía muy cómodo por cómo todos los ojos estaban puestos en mi cuñada.

—¿Interrumpo?

—Siempre —le dijimos los dos a la vez.

Me levanté y la abracé con fuerza. Clara olía a Chanel, felicidad y decisiones bien tomadas. Moisés se limitó a apretarme la mano, quizás en un intento de reafirmar su masculinidad al quedar en público con tanto marica, pero la sonrisa que me dedicó lo decía todo.

—¿Y bien? —preguntó, mientras se sentaban a la mesa—. ¿Qué me he perdido?

—Que Pablo tiene una oferta de trabajo —anuncié.

Ella ahogó una exclamación.

—Cuenta, cuenta —dijo, dándole un golpecito a Pablo.

—Una editorial en Barcelona quiere que ilustre una antología de relatos homoeróticos. Al parecer, uno de los editores llevaba siguiendo mi trabajo un tiempo, pero no fue hasta el éxito del cartel del Sodoma que se animaron a hacerme una propuesta.

—Felicidades —chilló, abrazándose a él por encima de la mesa—, pero, ¿te vas a Barcelona? —preguntó, abriendo exageradamente los ojos.

—Espero que solo durante un tiempo. Además, ¿quién eres tú para criticar, si te has ido a la conchinchina? —repuso él.

—A Corea —rectificó ella. Luego se giró hacia mí—. ¿Y tú? ¿No me cuentas nada?

—Por fin se ha dado cuenta de que su asistente le tiraba los tejos —le informó Pablo antes de que yo tuviera tiempo de abrir la boca.