A través del sexo. La saga completa 16. Un glorioso desastre
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16. Un glorioso desastre

UN GLORIOSO DESASTRE

O xford nos recibió con niebla baja y olor a hojas húmedas. Era septiembre, y la ciudad parecía recién salida de una novela victoriana: empedrados brillantes, ladrillos rojos cubiertos de hiedra y estudiantes con jerséis de lana demasiado grandes para sus cuerpos. Íker estaba encantado.

—Es como estar en una peli de Harry Potter —dijo con entusiasmo no contenido mientras su maleta rodaba sobre los adoquines.

—De hecho, ¿no se rodaron algunas escenas aquí? —pregunté.

—Un error muy común —apuntó él, levantando un dedo con pedantería, en un gesto que me recordó mucho a su padre—. Muchos creen que los claustros del Trinity salen en Harry Potter, pero en realidad son los del New College.

—Está bien saberlo.

David me sonrió y, aunque en ese gesto había una emoción contenida, una alegría atravesada por un nudo en el estómago, yo no pude evitar corresponderle.

Entendía esa sensación agridulce de orgullo y pérdida.

Íker empezaba una nueva etapa de su vida, y lo haría sin nosotros.

Quizás para suavizar el golpe, David me había propuesto que, tras acompañar a Íker a instalarse, nos cogiéramos un par de días libres para ir a Londres de compras y a ver algún musical.

Yo acepté, habiendo aprendido el valor de unas buenas vacaciones.

Íker iba por delante, guiándonos entre los patios y claustros del Trinity College como si ya viviera allí.

Llevaba semanas empapándose de mapas y fotos, y se pegaba los días metido en foros de antiguos alumnos.

Ahora que por fin estaba en ese lugar con el que tanto había fantaseado, todo parecía emocionarle, y mientras nos guiaba hacia la que sería su residencia, no dejaba de parlotear acerca de la biblioteca, las sociedades estudiantiles o la arquitectura del lugar.

—¿Sabíais que esta es la Old Library , y que algunas partes llevan aquí desde el siglo XVII?

—nos dijo Íker, señalando una edificación mientras avanzábamos entre columnas—.

Dicen que en los exámenes de fin de curso, más de uno viene a dejarle ofrendas al busto de Sir Thomas Pope para que les dé suerte.

—¿Y funciona? —preguntó David, divertido.

—Pues… no sé, pero por si acaso yo pienso dejarle una botella de vino —repuso Íker encogiéndose de hombros—. También he descubierto que la Junior Common Room organiza noches de cine en versión original, cenas temáticas y hasta un torneo de ajedrez a oscuras. ¿A que suena brutal?

—¿Y cómo ves lo de las asignaturas? —le pregunté, sin dejar de observar cómo se le iluminaban los ojos.

—Estoy flipando. Hay una asignatura optativa sobre economía del cambio climático, otra sobre behavioral finance y, además, tendré tutorías personalizadas.

Personalizadas, papá. —Se giró hacia nosotros sin dejar de caminar—.

O sea, que no voy a poder escaquearme de nada —exclamó con genuina ilusión mientras volvía a dar la vuelta para no seguir caminando a espaldas.

—El deseo de todo universitario —masculló David por lo bajini—, no poder escaquearse.

—Pues yo creo que tiene suerte —murmuré, casi con un poco de envidia.

David me miró como si fuera un bicho raro, pero acarició el dorso de mi mano con su pulgar por encima de los guantes que llevábamos.

—Ah, y mirad esto —añadió Íker, sacando el móvil para mostrarnos una foto—.

Este es el comedor principal; parece sacado de Hogwarts, pero el de las pelis está en el Christ Church College.

Por lo visto, aquí se come fatal, pero al menos comes fatal con estilo.

¡Ah, y ya he mirado horarios para el formal hall !

—¿ Formal hall ?

—Sí, las cenas formales. Tienes que ir con toga y te leen una gracia en latín antes de empezar.

Miré a David, esperando una confirmación por si el chaval me estaba vacilando. Habiendo pasado su adolescencia en un internado británico, él tenía que saber algo de todo eso.

—No sabes cómo son los ingleses para eso de la etiqueta —me corroboró él.

—¡Ah! —se volvió de nuevo, moviendo las manos con una emoción contenida—. Me han dicho que hay una sociedad de debates aún más difícil de entrar que la propia universidad. No sé si me interesará, pero creo que vale la pena investigarlo.

Por fin encontramos su habitación en la residencia y, aunque él parecía algo ansioso por deshacerse de nosotros, insistimos en ayudarle a desempacar.

—Me encanta mi habitación —exclamó mientras se tiraba en la cama.

—Tiene vistas a un jardín —hice notar, al mirar por la ventana.

—Estoy en la que dicen que es de las mejores zonas para los de primero.

Aunque los suelos crujan, claro, porque son del siglo XVIII.

¡Del XVIII! —repitió, como si no se lo creyera—.

Por lo visto, Cloisters tiene fama de ser muy tranquila y silenciosa, ideal para estudiar, pero yo la elegí porque está cerca de la biblioteca: así no tengo excusa para no ir.

Además, tengo baño privado y una cocina común en el pasillo. ¡He tenido una suerte!

David me guiñó un ojo, divertido. De suerte nada, pensé. Seguro que mi marido había movido unos cuantos hilos para tener al chaval lo más cómodo posible.

La verdad era que la habitación era preciosa, con techos altos, suelos de madera y amplios ventanales. Volví a envidiar a Íker por la oportunidad de estudiar en un lugar así.

—Vas a estar aquí mejor que en casa —dijo David, apoyándose contra el escritorio y cruzando los brazos sobre su pecho.

Íker se levantó como un resorte.

—Bueno, tampoco es eso. No es que no vaya a echar de menos mi cuarto en casa… o a vosotros —se apresuró a aclarar—. También a mis amigos, claro. Pero siento que este es el lugar en el que debo estar.

—Repíteme eso en febrero. Te vas a cagar con el frío que hace aquí en invierno —bromeó David, yendo hacia él y revolviéndole el cabello.

Íker se atusó el pelo con dignidad y nos miró.

—Antes de que os vayáis, hay algo que tengo que deciros. No quiero que volváis a casa y que… Bueno, que os enteréis por otra persona.

David y yo nos miramos. Yo contuve una risita, intuyendo lo que venía.

—¿Vas a confesarnos por fin que no eres gay y que has estado todo el año saliendo con Greta en secreto? —aventuré.

Íker se quedó paralizado y abrió los ojos como platos. David y yo rompimos a reír al mismo tiempo.

—¿Cómo lo habéis sabido? —Parecía genuinamente sorprendido.

—Llevamos meses sospechándolo —dijo David—. De hecho, nos preguntábamos cuándo nos lo dirías.

—Si al menos hubieras hecho un poco más de esfuerzo por disimular… —añadí yo.

—Es que no quería decepcionaros. —Íker parecía algo compungido, lo que nos provocó una nueva carcajada.

—¿Qué esperabas, que fuéramos heterófobos? —le dije, riendo.

—Hijo, lo único que queremos es que seas feliz.

—Aunque sea con una chica —añadí para picarle.

—Además —añadió David, con ternura—, Greta nos encanta.

—Pues ya no estamos juntos —dijo, ruborizándose—. Lo acabamos de dejar. Como yo me venía a estudiar aquí, decidimos que era mejor quedar como amigos. Dice que igual algún día viene a visitarme. Esperaba que vosotros lo hicierais también.

—No lo dudes.

Se estableció un silencio tranquilo. Íker, habiendo dicho ya lo que necesitaba decir, se recostó de nuevo en la cama y estiró las piernas, acomodándose con la paz de quien siente que podría quedarse en un lugar para siempre.

—Gracias —dijo él, aún algo abochornado—. Sois un poco raros, pero os quiero.

—Tú también eres un poco raro, hijo mío —le respondió David, sentándose a su lado en la cama—. Pero nosotros también te queremos.

Yo me limité a observarlos. Grabé ese momento en mi memoria como quien guarda una imagen en un disco duro. Sabía que no iba a repetirse.

Íker nos acompañó hacia el exterior del edificio y se despidió de nosotros para empezar su nueva vida. David se quedó mirando un momento la fachada del Trinity College como si también estuviera diciéndole adiós a algo más que a su hijo.

Me cogió del brazo y caminamos juntos con una confianza redescubierta. A pesar de saber que habíamos superado el bache, decidimos ir a terapia, porque estábamos dispuestos a hacer las cosas bien.

David, que ya había hecho terapia en su juventud tras el ataque de su padre, sentía que aún quedaban heridas por atender.

Quería trabajar el miedo que le producía envejecer, pero también su tendencia a buscar siempre el control, incluso cuando no era necesario.

Sabía que debía aprender a mostrarse vulnerable sin sentirse en peligro por ello.

Yo, por mi parte, necesitaba reencontrarme. Reafirmar una identidad que no dependiera de cómo él me miraba. Volver a preguntarme quién era cuando no estaba intentando encajar en el lugar que ocupaba en su vida. Aprender a reconocerme también fuera de la órbita de nuestra relación.

Entrelazamos los dedos y seguimos caminando en silencio. Entonces, justo antes de cruzar la calle, David se inclinó hacia mí.

—¿Sabes qué? —me dijo al oído—. No voy a dejar mi trabajo.

Me giré, sorprendido.

—¿Qué? ¿Cuándo lo has decidido?

—Hace un par de semanas —relató mientras deshacíamos el camino sobre los adoquines húmedos—. No te dije nada porque por un momento pensé que no había vuelta atrás en mi decisión, pero voy a mantener mi trabajo como CEO del grupo en España y mi puesto en la Junta Directiva.

—Pero, ¿por qué? —exclamé, tirándole del brazo para exigir una respuesta.

—Bueno, ahora que sé que Íker quiere dedicarse a la empresa… ¿No estaría bien que yo estuviera ahí para enseñárselo todo?

Me paré en seco y lo abracé.

—¿Lo haces por Íker?

—Y por mí también. —Se separó de mí, pero sujetándome aún por la cintura—.

Tenías razón, si me retiro, me voy a aburrir como una ostra y desde que Íker me dijo que quería ser como yo…

—Desvió su mirada, en la que pude ver un brillo sospechoso—.

Digamos que le he encontrado un nuevo sentido a lo que hago.

—¿Y la Fundación? —pregunté, reanudando el paso.