A través del sexo. La saga completa 15. Fácil de amar #4
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15. Fácil de amar #4

David estaba en el salón. De pie, con los brazos cruzados y los ojos fijos en las puertas del ascensor, como si llevara horas esperando en esa misma posición.

Tenía el móvil en la mano y llevaba la misma ropa que antes, pero su rostro parecía distinto: demacrado por la preocupación y la incertidumbre.

Cuando me vio, su cuerpo se relajó. Dio un paso hacia mí, pero se contuvo. Fue entonces cuando vio lo que llevaba en la mano.

—Por fin lo has visto —dijo con voz queda.

Yo levanté la mirada hacia él. Tenía los ojos húmedos, pero ya no lloraba.

—Por fin lo he visto —repetí.

Guardamos un largo silencio, lleno de lo que no habíamos sabido decir.

Me acerqué. Le puse el portaobjetos en la mano, con cuidado. Y lo vi tragar saliva.

—Lo escondí ahí porque sabía que no me atrevería a decírtelo en voz alta —explicó—. Pensé que si algún día todo se rompía, tú aún podrías encontrar algo que te dijera qué siento realmente por ti. Pero la he cagado.

—No has cagado nada. —Me acerqué más—. Tenías razón con respecto a Daniel.

No en que me estuviese acostando con él —añadí al ver cómo el color abandonaba su rostro—, pero sí con respecto a sus intenciones.

Esta noche me besó y… —Negué con la cabeza—.

Fui un idiota por no haberlo visto antes. Pero no pasó nada más. Te lo juro.

David asintió despacio, con la mirada fija en la mía, sin reproches. Quizás le había dicho lo que necesitaba oír.

—Todo este tiempo te he mirado y he creído que te perdía.

Que había alguien más. Que yo ya no era suficiente para ti.

Y no sabía qué hacer. Así que intenté aceptar la idea de que podías acostarte con otros si eso te mantenía a mi lado.

Pero, solo de pensar que Daniel acaba de poner sus labios sobre los tuyos, todo en mí se rebela.

—David…

—Tenías razón. —Me interrumpió—. Todo lo que te dije antes lo dije sólo por miedo.

Porque me asusta tanto perderte que prefería que estuvieras con otros que verte marchar.

Pero no quiero. No puedo compartirte con nadie.

No quiero que otro te toque. No quiero que otro vea lo que solo yo veo cuando te hago el amor.

No quiero que nadie escuche los sonidos que haces cuando estás a punto de correrte, ni que te acaricie como lo hago yo.

No quiero que nadie más te huela. Te bese. Te posea.

—David —repetí, con la voz rota.

Él se acercó a mí con decisión. Me cogió la cara con ambas manos, de forma firme pero cuidadosa, como si yo fuera algo precioso que pudiera romperse.

Su frente se apoyó contra la mía. Sentí su aliento en mis labios, cálido, entrecortado.

No me besó sino que nos miramos temblando por el miedo de perder algo que apenas acabábamos de recuperar.

—Te quiero solo para mí —susurró—. Yo soy tuyo. Y tú eres mío… Dímelo —ordenó.

Un escalofrío de placer me recorrió.

—Soy solo tuyo —le dije sin dudar, sintiéndolo en cada hueso, en cada terminación nerviosa.

Entonces me besó.

Fue un beso hambriento, rabioso, visceral.

Me empujó con suavidad contra la pared del salón y sus manos descendieron por mi cuerpo para redescubrirme, reconociendo en cada centímetro de piel que lo que acababa de decirle seguía siendo verdad.

Sentí su deseo como una corriente, un latido vibrando entre nosotros.

Me desnudó con urgencia y yo también le arranqué la ropa, desesperado por sentir su piel contra la mía.

Cuando me empujó hacia el sofá y se tumbó sobre mí, sus dedos temblaban.

Besó mi pecho, mi vientre, cada lunar y pliegue que conocía de memoria.

Luego abrió mis piernas y hundió la cara entre ellas como si no pudiera seguir respirando sin probarme.

Me tomó en la boca con una devoción feroz, firme, húmeda.

Me sujetaba con fuerza por las caderas, por las nalgas, impidiéndome moverme.

Su lengua trazaba cada centímetro de mi polla con una necesidad abrasadora, deteniéndose a veces en el frenillo, jugando con la punta, rozándola apenas mientras me miraba desde abajo con los ojos dilatados de deseo, como si quisiera hacerme estallar sin tocarme del todo.

Sentía su aliento ardiendo contra mi piel, el roce cálido alternándose con mamadas profundas que me arrancaban jadeos, espasmos.

Me comía lento, luego con urgencia, luego lento otra vez, entregándose por completo a decirme sin palabras cuánto me ansiaba y lo mucho que estaba dispuesto a adorarme.

Lamía, succionaba, tragaba, deshaciéndome bajo su boca.

Y cuando vi cómo me acogía por entero, cómo su garganta me envolvía con una entrega absoluta, mis piernas se tensaron y mi voluntad se disolvió.

Quise advertirle que estaba a punto de correrme, pero no era capaz de hablar.

Me soltó solo un instante, lo justo para deslizar sus manos bajo mis muslos y alzar mis caderas con una firmeza que me dejó sin aliento.

David tiró de mí hacia arriba, izando mis piernas y mi culo del sofá hasta pegar mi espalda contra su pecho.

Quedé doblado e invertido, apoyado solo sobre mis hombros y mi nuca, mientras él, manteniéndose firmemente de rodillas, me rodeaba las piernas con los brazos para aprisionarme contra su cuerpo.

El peso de mis caderas y mis muslos descansaba por entero sobre su torso, dejándome suspendido, completamente abierto y expuesto a la altura de su boca.

Era una postura brutal y bella, una entrega forzosa que me dejaba indefenso, una forma de decir: «Te tengo. Eres mío».

Y entonces su boca volvió a buscarme, más abajo. Se deslizó con una lentitud calculada por mis testículos, humedeciéndolos. Succionó uno con avidez antes de avanzar por mi perineo, lanzando oleadas de anticipación por todo mi cuerpo.

Le oí respirar hondo antes de hundirse en mi ano con la lengua.

Gemí descontrolado. Ya no pensaba, no podía.

Su calor húmedo se abría paso entre mis pliegues con una ferocidad casi animal; reclamaba cada rincón que consideraba de su propiedad, me devoraba con un ansia salvaje, abriéndome y explorándome hasta hacer que me convulsionara de placer.

Mi piel ardía, el corazón me golpeaba en los oídos y mis piernas, flexionadas sobre sus hombros, temblaban mientras mis manos se aferraban al sofá como si el mundo estuviera girando demasiado deprisa.

Su saliva corría entre mis nalgas, sus dedos habían sustituido a su lengua, entrando en mí con precisión, mientras sus dientes me mordisqueaban con ternura. No había defensa posible. Solo placer.

No aguantaba más, y un gemido me brotó ardiente, como si mi cuerpo se abrasara por dentro. David subió por mi torso y me besó con la boca aún mojada de mí, obligándome a saborear lo que acababa de reclamar como suyo.

—Eres delicioso, pequeño —dijo, con la voz ronca—. Siempre has sido mi perdición.

Jadeé de placer al escucharle decir esas palabras y lo atraje hacia mí para besarle con el mismo fervor. Quería que supiera que ya no había más dudas, que lo único que deseaba era llenarme de certeza, de amor, de él. Le guié hacia mi entrada y él no se hizo de rogar.

Me tomó de una estocada, profunda y certera. Me lo hizo con fiereza, con hambre, pero también con devoción, recordándome con cada embestida que mi cuerpo solo respondía así al suyo. Que mi boca solo sabía pronunciar su nombre. Que yo no podía pertenecer a nadie más.

Me aferré a él con las uñas en su espalda, temblando de deseo. Jadeaba contra su cuello mientras él susurraba mi nombre una y otra vez, como un conjuro desesperado, queriendo retenerme, atarme al lugar donde siempre debí estar.

—Mírame —me ordenó—. Mírame, Noah.

Lo hice. Y lo vi.

Vi al hombre que había amado desde que era un crío.

Vi su miedo, su ternura, su vulnerabilidad expuesta bajo cada uno de los golpes de su cadera.

Vi todo lo que había intentado ocultar. Y sentí cómo algo en mí volvía a su sitio, porque aquel cuerpo que me poseía era mi casa, y yo acababa de regresar.

Nos corrimos casi al mismo tiempo con una sacudida violenta que casi me parte en dos.

Arqueé el cuerpo mientras gemía su nombre con la voz rota, deshaciéndome entre sus brazos.

David se hundió en mí por última vez con una fuerza que me aplastó contra el sofá, dejando escapar un rugido contra mi cuello mientras se vaciaba en mí.

Lo abracé con desesperación, clavando mis dedos en su piel, como si ese dolor bastara para sellar lo que habíamos estado a punto de perder.

—No te voy a dejar escapar —gruñó contra mi oído, y sus brazos me rodearon con tanta fuerza que casi me impidieron respirar—. Jamás volveré a descuidarte o hacerte sentir que no eres lo más importante para mí. Esto no va a ocurrir nunca más, Noah.

—Nunca más —le prometí. Y esa vez, lo dije sin miedo. Como algo que sabes que es, y siempre será, verdad.

Nos quedamos así, abrazados, con la respiración aún agitada y el sudor secándose sobre la piel. Cerré los ojos y me quedé escuchando el ritmo de su corazón, ese músculo herido y testarudo que aún latía por mí. Y supe, sin la menor duda, que todavía estábamos a tiempo.

A tiempo de querernos bien. De elegirnos una y otra vez.

Porque en aquel momento, con su cuerpo aún sobre el mío, comprendí con una claridad absoluta que nada en el mundo me hacía sentir tan entero como amarle.

Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que el frío que nos había distanciado aquel año se evaporaba. No necesitábamos arreglarlo todo esa noche, ni pretender que éramos perfectos, pero los cimientos estaban ahí, sólidos y calientes bajo nuestros cuerpos.

Y el silencio que nos envolvía ya no era un muro de secretos que nos separaba. Ahora era parte del refugio que habíamos tardado veinte años en construir.