15. Fácil de amar #3
Quise reír, pero en vez de eso, rompí a llorar. Noté cómo Daniel se acercaba y se arrodillaba frente a mí.
—¿Pero qué te ocurre? —musitó con la voz asustada—. ¿Va a explotar algo de verdad?
—Acabo de discutir con David —le expliqué entre sollozos—. Cree que estoy con… con otra persona —dije, sin atreverme a decirle que mi supuesto amante era él.
—¿Y va a dejarte por eso?
—No, es aún peor.
Daniel me miró confundido.
—¿Qué puede haber peor que eso?
Entre lágrimas le relaté la conversación que habíamos tenido, cómo a David no parecía importarle si yo quería o necesitaba estar con alguien más. Daniel me miraba perplejo, sin entender la raíz de mi problema.
—¿Y? —preguntó él al final.
—No lo entiendes —le dije, exasperado—. Creo que quiere abrir la relación.
Daniel se encogió de hombros.
—Muchas parejas hoy en día tienen relaciones abiertas, Noah. Si te está dando libertad, ¿dónde está el drama?
—Pero nosotros nunca hemos sido así —repuse—.
Él siempre ha sido tan… —Suspiré. David era una persona tan compleja, tan llena de matices, que si no me expresaba bien, corría el riesgo de hacerle creer a Daniel que mi marido era un celoso patológico—.
David siempre ha sido muy posesivo —dije al final, sin saber de qué otra manera definirlo.
—Celoso, quieres decir —dedujo Daniel.
—No —negué con la cabeza—. David nunca ha sido celoso. El celoso soy yo —remarqué—. Él es posesivo.
Daniel elevó una ceja y yo guardé silencio durante un momento, pensando en cómo explicarle mi relación con David.
—Para él, el amor significa querer incondicionalmente a alguien, pero también significa poseer incondicionalmente a esa persona y entregarse de la misma manera.
Al principio no era así —continué, con la voz cada vez más rota—.
Solo nos liábamos de vez en cuando y él sabía que yo me acostaba con otros, pero siempre supo que yo era suyo.
Y lo era, Daniel, siempre lo he sido. Y cuando por fin decidimos estar juntos, yo…
—Una intensa añoranza se apoderó de mí, haciendo que me diera una vuelta el corazón—.
Yo me entregué a él como siempre quise hacerlo y sé que él no hubiera aceptado nada menos que eso.
Y ahora me dice que no le importa que me vea con otros hombres, cuando sé que hace unos años nunca se le habría pasado algo así por la cabeza.
¿Qué significa eso? ¿Que ha dejado de quererme? ¿De desearme como antes?
Me sentía más vulnerable que nunca, como si mis emociones fueran un nervio expuesto, sin piel que las protegiera.
Daniel me miraba con el ceño fruncido.
—Tendría que ser un idiota… —Se incorporó para sentarse a mi lado en el sofá—. Eres el hombre más inteligente y divertido que conozco. Y encima eres terriblemente atractivo. ¿Cómo podría alguien no desearte?
Me encogí de hombros. Me sentía tan insignificante que no tenía respuesta para aquella pregunta. Lo único que sabía era que, si decidía hacer alguna tontería como liarme con Daniel, a David le iba a dar igual. Y ese pensamiento me resultó insoportable.
—¿Y qué vas a hacer?
—No lo sé.
—¿Crees que él quiere abrir la relación porque está con alguien?
—Tampoco lo sé. Él dice que no, pero…
No quería creer que David tuviera un lío, y él mismo lo había negado, pero solo se me ocurría otra explicación: que ya no sintiera por mí lo mismo que antes. No sabía cuál de las dos opciones era peor.
—Si tú supieras… Estas dos semanas que hemos estado de vacaciones fueron maravillosas. Pensé que todos los problemas que habíamos tenido este año se habían solucionado, que por fin habíamos vuelto a conectar, y ahora…
—Bueno… —Daniel pareció dudar—. Eso significa que vuestra relación está rota, ¿no? —Le miré circunspecto, y él añadió—: Quiero decir… si sólo estáis bien de vacaciones, ¿no significa eso que…?
—No, no —le interrumpí—. Es al contrario. Las estadísticas dicen que hay más divorcios durante las vacaciones y en Navidad, cuando las parejas a las que les va mal se ven forzadas a pasar más tiempo juntas. Pero con David no es así: cuanto más tiempo pasamos a solas, mejor estamos.
—Aun así, ¿no es eso una ilusión? —preguntó Daniel—. Si no podéis estar juntos más que en un entorno idílico, ¿no quiere decir que hay algo mal en vuestra relación?
—Evidentemente, sí —le dije. Tras la discusión que habíamos tenido, no podía negar la evidencia—. Estábamos genial en la isla. Y luego volvemos a casa y me dice esto…
—¿Y con quién cree él que estás liado?
Lo miré.
—Contigo —confesé, sintiendo que me ruborizaba hasta la raíz del cabello.
Me miró con intensidad.
—¿Y tú qué sientes al respecto?
—Rabia —respondí—. Tristeza. Soledad. Traición.
Daniel se acercó a mí.
—¿Y no sientes, al menos, un poco de alivio? —preguntó al fin, casi con una sonrisa.
—¿Alivio? —No entendí lo que quería decir.
—Sí, alivio —corroboró. Vi cómo su mano subía para rozar la mía. Luego, más despacio, me acarició la cara—. Por ser libre para poder hacer al fin lo que deseas.
En ese momento, su boca buscó la mía. Y me besó.
Durante un segundo, no me aparté. Estaba demasiado dolido, demasiado confuso, demasiado sorprendido como para reaccionar.
Pero también porque sabía lo fácil que sería rendirse.
Los labios de Daniel eran suaves, jugosos y contenían una promesa, pero la rompí antes de que pudiera materializarse.
No era su boca la que quería que me hiciera promesas.
No era su cuerpo el que ansiaba sobre mi piel.
—No —dije con voz queda.
Él se quedó quieto. La mano en el aire después de que yo la apartara.
—Sé que lo deseas.
—Te equivocas —le corté, poniéndome de pie—. Y yo también me he equivocado cada vez que te he defendido, cuando me decían que ibas detrás de mí, que solo eras amable conmigo porque… —Mi voz tomó un cariz amargado—. Pensé que éramos amigos.
—Somos amigos —protestó, poniéndose también de pie.
—Esta no es mi idea de amistad: intentar seducir a alguien cuando sabes que se siente vulnerable.
Y si creías que te llamé para otra cosa que hablar, es que no me conoces en absoluto.
—Daniel dio un paso atrás, como si mis palabras le hubieran dado una bofetada.
La ternura de su rostro se evaporó, sustituida por una expresión de vergüenza y desconcierto—. Vete, por favor.
Daniel no discutió. Agachó la cabeza, cogió su chaqueta y salió. No dije nada más. Cerré la puerta tras él y me apoyé contra ella, dejando que la rabia se evaporara lentamente, como el calor de una herida recién abierta.
El despacho quedó en silencio, apenas iluminado por el resplandor frío de las luces de emergencia.
Me dejé caer en el suelo, aún temblando por la conversación con Daniel.
Cerré los ojos un instante, intentando detener la marea de emociones que se me venía encima.
Pero entonces, una luz violeta, suave y parpadeante sobre la mesa, llamó mi atención.
Era un microscopio con luz UV. No recordaba haberlo usado. Supuse que alguien habría aprovechado mi ausencia para hacer alguna observación y lo habría dejado encendido. Suspiré y me levanté con intención de apagarlo. Pero justo al acercarme, vi que algo brillaba bajo el haz de luz. Algo familiar.
El portaobjetos.
El regalo que David me había hecho meses atrás, perfectamente sellado en los bordes por una fina línea de oro. Lo había dejado sobre la mesa, como si fuera solo un adorno, pero ahora, bajo los rayos UV, una traza de luz emergía de su interior. Un destello oculto, invisible a simple vista.
Lo tomé con cuidado entre los dedos y lo coloqué bajo el objetivo del microscopio. Ajusté el enfoque, parpadeé y me incliné con más precisión. Entonces lo vi: una línea finísima de escritura, trazada en bioluminiscencia, cruzaba el portaobjetos como una cicatriz de luz. Pude leer una frase:
«Cuando me escondo, tú me encuentras».
Contuve el aliento. Era un mensaje codificado en biotinta, trazado con la precisión de un grabado científico y solo legible bajo luz UV. Solo alguien como yo podría haberlo encontrado.
Noté un destello de biotinta en la parte inferior del visor y deslicé con cuidado el portaobjetos hacia arriba, guiando el haz del microscopio como quien desentierra un secreto. Apareció una segunda línea:
«Cuando dudo, tú me eliges».
El corazón me latía con fuerza. Mis manos temblaban al mover la platina, temiendo perder el ángulo. Al fin, una tercera y última línea se reveló, clara y serena, como una voz conocida entre el ruido:
«Cuando no soy fácil de amar, tú me amas».
Me llevé una mano a la boca. David había escondido un poema microscópico solo para mí, y aunque mi parte científica no podía sino maravillarse ante el cuidado y la tecnología necesarios para lograr algo tan perfecto, fue la sensación de que él había sabido que llegaría este momento —que habría una noche en la que yo necesitaría recordar lo que éramos y que solo sus palabras podrían salvarnos— lo que hizo que mis ojos se llenaran de lágrimas.
Porque no había escrito tan solo unas palabras bonitas o una promesa hueca, sino la certeza de que yo era quien lo encontraba cuando se perdía.
Quien lo elegía cuando él dudaba que valiera la pena.
Quien lo amaba incluso cuando él mismo no creía merecer amor.
Y que lo había hecho durante media vida.
Con una intensa oleada de calor, ternura y vértigo, cogí mis llaves y, sin pensar, salí corriendo.
Cuando llegué a casa, ya había oscurecido.
Entré en el ascensor y esperé pacientemente hasta que ascendiera las plantas que me separaban de David, con el portaobjetos aún apretado entre mis dedos, cual amuleto.
Había llorado, me había desbordado, me había vaciado.
Y aun así, al abrirse las puertas ante mí, no sabía si estaba listo.