A través del sexo. La saga completa 15. Fácil de amar #2
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15. Fácil de amar #2

Estaba profunda e irremediablemente dolido.

Todo lo que había llegado a creer se había destrozado bajo mis pies.

Recordé el tiempo en el que aprendí de David cómo amar.

No porque él quisiera enseñarme nada —jamás fue su estilo—, sino porque yo, con diecisiete años, lo observaba todo.

Él, que tenía mucha más experiencia que yo, me dejó entrar en su cama sin saber que, al hacerlo, me estaba abriendo la puerta a su corazón.

Y yo, que era un ingenuo, que aún no sabía lo que era desear hasta doler, fui aprendiendo a base de quererlo.

Durante años me conformé con las sobras.

Fingíamos que solo era sexo y que no significábamos nada el uno para el otro.

Cada vez que desaparecía, me dejaba con sed y yo me bebía a otros intentando encontrar en ellos su sabor.

Y crecí, aprendí a tenerlo a ratos, a olvidarlo cuando tocaba, a dejar que otros me quisieran mientras lo esperaba.

Pero siempre lo amé como se ama lo prohibido: en silencio, en carne viva, con la certeza de que no habría nadie igual.

Porque ninguno supo reclamarme como él. David no acariciaba: poseía.

No besaba: marcaba. Me hizo suyo con cada palabra, con cada mirada, con cada una de las embestidas con las que me tomó desde aquella primera noche que pasamos juntos.

No me pidió permiso, ni lo necesitó. Me moldeó a su manera, hasta que todo en mí fue suyo.

Yo se lo permití, lo provoqué. Y amé cada segundo.

Y cuando por fin pudimos estar juntos y ya no hubo mentiras, ni imposiciones, ni miedo entre nosotros, cuando me eligió y se dejó elegir y mi cuerpo se volvió su casa, fue cuando supe lo que era la plenitud.

Por eso, cuando ahora me decía que podía estar con otros, me hervía la sangre.

Lo que más me dolía no era la sospecha, ni siquiera la conversación en sí.

Era lo que implicaba: que David pudiera concebir, aunque fuera por miedo, la idea de romper lo que siempre habíamos sido el uno para el otro.

Que creyera, no solo que eso podría bastarme, sino que era lo que yo deseaba.

Que pensara que preferiría acostarme con otros antes que amarle solo a él.

Porque fue él quien me enseñó a pertenecerle. Fue él quien me obligó a desear solo su cuerpo, solo sus manos, solo su boca. Fue él quien me enseñó que el amor era entrega absoluta, posesión mutua, pertenencia. Y ahora pretendía regalarme una libertad que jamás le había pedido.

¿Quién coño le ha dado ese derecho, si yo no sabía quién era, si no era suyo?

Me senté en un banco, frente a un paso de cebra.

Un grupo de chavales pasó delante de mí, riendo y haciendo el tonto, y un ataque de nostalgia me sacudió con violencia.

Deseé volver a ser así de joven, aunque solo fuera por aquella noche.

Volver a ser inocente, a no saber aún lo que era el amor, la pasión, la pérdida.

A ser solo un crío que creía que unos morreos mal dados eran el culmen del placer.

Volver a ser el Noah que aún no había pisado una discoteca gay.

El que aún no había visto a David por primera vez.

Deseé volver al instante justo antes de que todo cambiara.

Sofocando un sollozo, saqué el móvil. Dudé unos segundos y busqué el contacto de Pablo.

Quería hablar con él. Que me consolara. Que me dijera que David era un imbécil que no me merecía, como hacía cuando teníamos veinte años y David era solo un tío con el que me liaba a veces.

Deseé que me arrastrara a una fiesta, que me llevara al Sodoma, que bebiéramos y bailáramos hasta que se me olvidara por qué había estado llorando.

Estuve a punto de llamarlo para que hiciera todas esas cosas.

Pero no lo hice.

Porque Pablo también me había traicionado.

Él, que lo sabía todo de mí, había preferido hablar con David a mis espaldas.

Le mandó una foto. Le pidió que viniera al Sodoma «a buscarme».

Como si yo fuera un problema que necesitara ser gestionado.

No confiaba en mí lo suficiente como para saber que nunca haría lo que todos asumían que ya había hecho.

Volví a guardar el móvil y me levanté.

Crucé la calle, sin rumbo, hasta una de las marquesinas del centro. Estaba empapelada con el cartel del aniversario del Sodoma. El mismo cartel de extravagancia cósmica que Daniel y yo habíamos admirado semanas atrás. El mismo que ahora me parecía una broma de mal gusto.

Fondo azul, estrellas de purpurina. La silueta andrógina, gloriosa, que odiaba admitir que se parecía a mí. Y aquel lema que en otro momento me habría hecho sonreír:

«Veinte años sin pedir perdón. Solo otra copa».

Veinte años.

Veinte años en los que Pablo y yo habíamos sobrevivido a todo: a la estupidez juvenil, al miedo, al abuso, a la rabia, al desamor.

En ese mismo local que ahora se anunciaba con tanta grandilocuencia, él me había visto enamorarme.

Follar. Bailar. Vomitar. Llorar. Me había recogido del suelo.

Me había abrazado sin pedir explicaciones. Sin condiciones.

Y ahora era el mismo lugar donde me había sacado una puta foto para enviársela a mi marido.

Menuda puñalada por la espalda.

Sin pensarlo, arranqué el cartel con rabia. Lo destrocé, cortándome los dedos con el borde del papel. Lo arrugué, lo tiré al suelo y lo pisoteé.

Los mismos chavales que antes hacían el tonto me miraron raro, pero me importó una mierda. Ignorándolos, seguí caminando y, para cuando quise darme cuenta, mis pasos me habían llevado hasta los laboratorios BioKerck.

Me detuve frente a las puertas de cristal y miré hacia arriba, indeciso.

El edificio estaba a oscuras, salvo por la tenue luz de la garita de seguridad.

Suspiré, me pasé las manos por el pelo, me limpié la cara con la camiseta y golpeé el cristal para llamar la atención del guardia.

El hombre se acercó de mala gana, haciéndome gestos para que me largara, seguramente pensando que sería algún borracho. Pero yo lo reconocí.

—Manolo —grité, para que me escuchara a través del cristal de seguridad—. Soy yo.

La posición del hombre cambió, y se acercó a la puerta con aire inquisitivo.

—¿Dr. Estévez? —preguntó extrañado al reconocerme. Abrió las puertas y yo me quedé en el umbral, sin atreverme a entrar hasta que él me lo permitiera—. ¿Qué está haciendo aquí?

—Tengo que subir a mi despacho. Es… urgente —improvisé—.

Estoy monitorizando una cepa modificada de Lactobacillus rhamnosus que ha entrado en fase logarítmica antes de lo previsto.

Si no estabilizo los parámetros de crecimiento ahora, se me va a saturar el medio y pierdo la ventana de producción de butirato.

El guardia me miró, evidentemente sin entender nada.

—¿Eso es… grave?

—Gravísimo. —Me puse muy serio—. Llevo semanas trabajando en esta curva.

Si dejo que el pH baje de 5.5 por acumulación de ácidos orgánicos, la cepa puede entrar en fase de estrés y adiós al test de citotoxicidad —añadí con tono catastrófico—.

Además, tengo que preparar el cultivo madre para la cinética de GABA de mañana.

Si no reestandarizo las unidades formadoras de colonia esta noche, no podré replicar condiciones.

Manolo parpadeó, me extendió una tarjeta de visitante, ya que yo no llevaba mi identificación conmigo, y asintió como si hubiera entendido todo.

—Adelante. Suerte con… eso.

—Gracias —le dije, agradecido a la ciencia y sus tecnicismos.

Subí hasta mi despacho sin encender las luces. Dejé las llaves sobre la mesa y me dejé caer en el sofá. El silencio allí era tan espeso que dolía, pero era tan buen sitio como cualquier otro para pasar la noche. Porque tenía claro que no pensaba volver a casa.

Entonces vibró el teléfono.

Lo saqué con desgana. Supe que era David antes de ver su nombre en la pantalla. Dudé. Me sentí tentado a contestar, pero un nuevo ramalazo de furia me hizo rechazar la llamada.

Unos segundos después, llegó una ráfaga de mensajes. Los abrí sin pensar:

Noah, por favor, contéstame

Solo quiero saber que estás bien

Si no quieres hablar, lo entiendo, pero dime algo

Estoy preocupado

Me quedé mirando la pantalla como si esperara que apareciera algo más, algo que lo explicara todo, que me hiciera sentir menos roto. Pero no hubo nada más. Y yo me sentía vacío.

Aún con el móvil en la mano, pensé en llamar a Clara, pero ella estaba en Corea y no tenía ni idea de qué hora sería allí.

Dudé un instante, hasta que busqué otro contacto.

Me quedé unos segundos mirando el nombre que brillaba en la pantalla.

Quizá no era la mejor opción, pero en aquel momento no tenía a nadie más.

Así que llamé.

—¿Sí? —escuché al otro lado de la línea.

Aquella voz, siempre amable y servicial, me calmó de inmediato.

—Hola, Daniel. Siento molestarte a esta hora.

—No es molestia. Estaba con unos amigos por el centro; voy camino a casa. ¿Estás bien?

—No —dije, y la voz se me quebró—. Me vendría bien hablar con alguien.

—¿Dónde estás?

—No hace falta que vengas…

—Dime dónde estás —insistió.

—En mi despacho —respondí.

—Espérame ahí —contestó él, sin pensárselo—. Llego en quince minutos.

—Está bien —asentí con agradecimiento.

Daniel colgó y yo me levanté para llamar a la recepción desde la línea interna.

—Manolo —dije en cuanto el guardia atendió la llamada—, la situación es más crítica de lo que pensaba. Mi asistente llegará en unos minutos.

—No se preocupe, doctor, estaré atento para dejarle entrar… —Y luego, con voz temblorosa, añadió—: Usted preocúpese solo de que no explote nada por ahí arriba.

—No te preocupes, Manolo, creo que no llegaremos a esos extremos —repuse, intentando que la risa no se notara en mi voz.

Colgué el teléfono y bendije al bueno de Manolo. Al menos, me había hecho reír.

Apenas un cuarto de hora después, Daniel estaba allí, con la cara preocupada y las manos metidas en los bolsillos de su sudadera.

—¿Por qué Manolo está asustado de que pueda estallar algo? —me preguntó nada más entrar.