15. Fácil de amar
FÁCIL DE AMAR
V olvimos a casa al atardecer, quince días después de haber cruzado aquel puente que parecía llevarnos a un lugar suspendido, fuera del mundo.
El trayecto fue tranquilo, casi silencioso.
David conducía con una mano en el volante y la otra sobre mi muslo, recordándome con ese pequeño contacto que, durante dos semanas, habíamos sido felices.
Yo me limité a mirar por la ventana. Sabía que la tregua estaba a punto de romperse.
Devolvimos el coche alquilado en el aeropuerto, donde nos esperaba el pequeño jet de David. Mientras aterrizábamos y veía a nuestros pies la ciudad de la que habíamos huido, empecé a sentir cómo un peso se me iba aposentando en el estómago.
Al llegar a casa, Íker nos saludó y nos ayudó a entrar las maletas. Me di cuenta entonces de que no había necesitado muchas de las cosas que me había llevado, sobre todo la ropa.
—Hola —nos saludó el chaval, dándole a David un breve abrazo. Tenía algo de ojeras y el pelo ligeramente más largo—. ¿Qué tal vuestro retiro espiritual?
—Mucho mejor ahora que sé que no has destrozado la casa —contestó David, en tono jovial, mientras miraba a su alrededor, cerciorándose de que todo estaba en orden.
Yo me acerqué para saludarlo. Íker me abrazó también y, por su olor, me pareció que no se había duchado en todo el día.
—Me voy a mi cuarto, que tengo una videollamada pendiente con Oxford —anunció.
Subió las escaleras y, al poco, oímos cómo cerraba la puerta. David y yo nos miramos.
—¿Eso ha sido… normal?
—Tan normal como puede ser un chico que se ha pasado dos semanas solo, metido en casa. —David cogió una de las maletas—. Aunque puede ser que haya salido. Y puede que no haya estado tan solo.
Intercambiamos una rápida mirada.
—Sigue sin decirnos si está liado con Greta —siseé con frustración—. Qué cerrado es. Me recuerda tanto a ti…
Y, al decir eso, me sentí agotado, sintiendo que el peso del mundo, que había dejado al otro lado de aquel puente, volvía a caerme encima de golpe.
David me miró durante un segundo, breve y esquivo: él también sabía que la burbuja había explotado.
—¿Estás bien?
—Estoy cansado —dije.
Nos instalamos en casa con una sensación extraña, como si todo lo que había vuelto a su sitio se estuviera desplazando de nuevo. Íker salió más tarde, murmurando que había quedado con unos amigos. No le pregunté nada, sabiendo que no iba a darme muchos más detalles.
Me quedé en silencio un momento, mirando la puerta por la que había desaparecido.
Aquella casa, que siempre había sido mi refugio, me resultaba ahora extrañamente ajena, como si el ambiente estuviera cargado de una tensión que yo no sabía nombrar.
Nuestra tregua en la isla había terminado y el peso de lo que David tenía que decirme parecía haber estado esperándome en el recibidor.
La ligereza que había encontrado en la isla parecía haberse quedado allí, y ahora todo volvía a ser un poco más difícil.
Mientras el ascensor aún descendía, David volvió al salón.
Acababa de ducharse y llevaba una sencilla camiseta blanca y unos pantalones de andar por casa.
Su pelo, húmedo y revuelto, me trajo un vívido recuerdo de nuestros días en la isla, de cómo su cabello chorreaba agua después de nadar y cómo esa agua había caído sobre mí cuando se inclinaba para besarme.
Deseé estar de nuevo en aquella playa más que nada en el mundo.
—¿Quieres cenar algo? —preguntó.
—No tengo mucha hambre —respondí.
Lo vi caminar hacia mí.
—¿Seguro que estás bien? —insistió, poniéndose detrás de mí y masajeando mis hombros con una sensualidad que no me pasó desapercibida.
Pero supe que tenía que pasar y que no quería postergarlo más.
—Tenemos que hablar de algo, ¿no?
Me giré hacia él, apartando sus manos de mis hombros.
—¿Ahora?
Asentí levemente y él se alejó de mí.
Caminó un poco, como tanteando el terreno, y luego se apoyó contra la pared frente a mí, con los brazos cruzados.
—Quiero decirte algo, y no quiero que pienses que te estoy acusando, o que estoy enfadado contigo, y, por favor, no saltes como un conejo como haces siempre cuando algo no te gusta. Solo escúchame, ¿vale?
Asentí. Mi garganta ya estaba seca.
—Hace tiempo que pienso que hay algo entre ese chico y tú.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué chico?
—Tú sabes quién.
—¿Daniel? —pregunté—. ¿Crees que me acuesto con él?
—Sí.
Me quedé atónito, no por la acusación en sí, o por lo injusta que era, sino por cómo lo decía, como si fuera una verdad con la que ya había aprendido a convivir.
—No hay nada entre Daniel y yo —dije, con toda la calma que pude reunir.
Él levantó una mano, un gesto silencioso que parecía pedirme que no me defendiera.
—No tienes que explicarte. Si estás con él, o si necesitas estar con él, o con quien sea… lo entenderé.
Tardé unos segundos en reaccionar, sin poder apartar los ojos de él. No hablaba con ironía. No parecía herido. Estaba resignado, como alguien que lleva un tiempo preparándose para una renuncia.
—¿Estás diciéndome que… puedo acostarme con quien me dé la gana y que a ti no te va a importar?
David bajó los ojos un instante antes de volverlos hacia mí.
—Estoy diciendo que, si eso es lo que tú necesitas, lo puedes hacer sin sentir que me estás traicionando. Ni tienes por qué seguir mintiéndome.
Me puse de pie, pero ni siquiera sabía qué decir. Solo sentía una mezcla de vértigo y rabia que no sabía cómo canalizar.
—Noah, te pedí que no saltaras —me recordó—. Los dos somos adultos, no pasa nada —me aseguró.
Su calma me estaba crispando los nervios.
—¿Desde cuándo crees que estoy liado con Daniel?
—Desde hace meses.
—¿Por qué?
—¿Por dónde empiezo? —Suspiró—. Pues porque es joven y guapo y he visto cómo te mira.
Porque sé que le ofreciste un puesto en el laboratorio.
Porque sé que tienes confianza con él y le tienes aprecio.
Y porque me mentiste el día del Orgullo cuando me dijiste que no lo habías visto, cuando sé que estuviste bailando con él.
—¿Cómo sabes tú que…? —Abrí los ojos de golpe al comprenderlo—. ¿Te lo dijo Pablo?
David asintió.
—Me mandó un mensaje, con foto incluida, mientras bailabas con Daniel. Él creía que yo debía hacer acto de presencia en el Sodoma y parar lo que quiera que estuviese pasando entre vosotros dos, pero yo le dije a Pablo que prefería que tú… que hicieras lo que quisieras hacer.
—¿Será cabrón? —exclamé.
Que David y Pablo, que siempre se habían llevado a matar, estuvieran teniendo conversaciones secretas acerca de mí me voló completamente la cabeza.
—No te enfades con él. Pablo solo estaba preocupado por ti.
—Pablo podría meterse en sus asuntos —dije con rabia no contenida.
—¿Igual que tú solo te metes en los tuyos? —me preguntó él, sabiendo que Pablo y yo siempre habíamos tenido una relación un tanto simbiótica.
Bufé exasperado.
—O sea —retomé nuestra discusión—, que estás enfadado porque bailé con Daniel.
—Ya te lo dije: no estoy enfadado. Lo que me molesta en realidad es que no me lo contaras. Que llegaras a casa y te hicieras el loco. Que cuando te pregunté por Daniel me dijeras que ni siquiera lo habías visto cuando yo ya sabía que habías… estado con él.
—Es decir, que te molesta que te haya mentido, pero que te da igual si esa noche me follé a Daniel.
—Sí.
Aquello me enfadó de verdad.
—Joder, David, ¿de verdad crees que lo nuestro puede seguir existiendo si te da igual con quién me acueste? —exploté.
Él se encogió levemente de hombros.
—Si eso es lo que necesitas para quedarte, supongo que sí —repuso. Seguía habiendo calma en su voz, pero empezaba a parecer algo impostada.
—¿Y también es lo que tú necesitas para quedarte?
—Yo no he dicho eso.
—Pero es lo que quieres, ¿no? —presioné—. ¿No me estás proponiendo que abramos la relación? Es decir, si yo tengo libertad para hacer lo que me dé la gana, tú también la tienes. —David no respondió—. ¿Estás liado con alguien?
—Por supuesto que no —exclamó, y tuvo el cuajo de mostrarse ofendido.
—¿Y cómo sé que eso es verdad?
—Porque yo nunca te he mentido. Noah —dijo, dando un paso hacia mí—. Y porque yo no tengo la necesidad de ver a nadie más. Mis normas no han cambiado.
—¡Pero las mías sí! O eso has decidido tú solito —le recriminé, dando un paso hacia él—. ¿Por qué das por sentado que yo sí necesito a otros?
—Porque te estás alejando de mí. —Ahora, por fin, parecía estar perdiendo los estribos—. Siento que ya no sé cómo hacerte feliz. —Hizo una pausa—. Tú tienes todavía muchas cosas por delante y yo… cada vez menos. Y te quiero tanto que aceptaría cualquier condición con tal de no perderte.
Lo miré, y por primera vez en semanas, sentí algo parecido al enfado auténtico. No por sus palabras, sino por lo que había tras ellas.
—Así que sí que te importa que esté con otros, pero estás dispuesto a pasarlo por alto siempre y cuando me quede a tu lado.
—Parece que por fin nos entendemos. —Ya no había calma en su mirada, sino el brillo de las lágrimas.
Negué con la cabeza.
—¿Pues sabes una cosa, David? No creo que eso sea amor. Me parece que es más bien miedo —sentencié.
Me giré, cogí las llaves y salí de casa sin saber adónde iba. Solo necesitaba alejarme lo más posible del hombre que acababa de romperme el corazón.
Caminé durante horas sin rumbo. El asfalto todavía ardía a causa del calor del día y enseguida empecé a sudar a causa del bochorno.
La ciudad me envolvía con una mezcla de luz sucia y ruido a la que no le encontraba sentido.
No sabía adónde iba ni qué estaba haciendo. Solo que no quería volver a casa.
Mis pasos me llevaron por calles conocidas, pero me sentía ajeno a todo. Algo en mí había cambiado al salir por aquella puerta, como si, al no reconocer al hombre que había amado durante más de veinte años, no pudiera, tampoco, reconocerme a mí mismo.