A través del sexo. La saga completa 14. Nuestro santuario #3
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14. Nuestro santuario #3

Salí de su cuerpo y tiré de él, obligándolo a girarse sobre el colchón.

David se dejó caer de espaldas, jadeando, y me miró.

Durante un instante que me pareció eterno, nos quedamos así: frente a frente, suspendidos en un estado de total excitación, con los cuerpos perlados de sudor y las aceleradas respiraciones bailándonos en los labios.

Me perdí en su contemplación, sabiendo que no podría ver nada más hermoso, pero David no me dio tiempo a seguir deleitándome.

Me agarró por la nuca, estrellando mi boca contra la suya en un beso desesperado y, con ese sabor terminando de incendiarme, me colé de nuevo, con impaciencia, entre sus muslos.

Volví a empujar, hundiéndome en él de un solo golpe.

El cambio de posición nos volvió locos. El ritmo era más intenso que nunca, una sucesión de embestidas rápidas, profundas y desesperadas que nos hacían perder el aliento.

Entrelacé mis dedos con los suyos, aplastando sus manos contra el colchón para anclarlo mientras David rodeaba mis caderas con sus piernas, buscándome con una pasión arrolladora.

Estar tan dentro de él era una locura; su interior era abrasador y sus paredes se contraían alrededor de mi polla con cada acometida, succionándome con una presión tan húmeda y estrecha que me costaba mantener la cordura.

El sonido de nuestros cuerpos colisionando y nuestros jadeos mezclados llenó la habitación, elevando la temperatura hasta hacernos rozar el delirio.

Sus manos seguían sujetas cuando se corrió, manteniéndome la mirada con los ojos empañados por el placer y la entrega absoluta. Y fue justo entonces cuando lo supe con certeza: habíamos vuelto a encontrarnos.

Entonces yo también me derramé en él, entre gemidos ahogados y caricias ardientes, con la frente apretada contra su hombro y la tibia, húmeda y luminosa sensación de que, por fin, todo había vuelto a su sitio.

Nos quedamos abrazados, sudorosos, respirando al mismo tiempo. David me acariciaba la nuca con los dedos, como si quisiera alargar ese momento, secreto y solo nuestro.

—Gracias —susurró.

—¿Por qué?

—Por seguir amándome así.

No dije nada, me limité a darle un nuevo beso, largo y profundo, en un intento desesperado por salvar todo lo que aún no habíamos dicho.

Me acurruqué contra su cuerpo y él rodeó el mío con sus brazos. Sentí sus besos en la frente y el cabello y suspiré profundamente.

—Me gusta estar así contigo. Y que nada más importe fuera de esta cama.

—Como aquellos tres días en Sitges —bromeé.

—Sí —suspiró, y en su voz había un anhelo que no supe interpretar.

Me pregunté entonces si él estaba pensando de nuevo en nuestra conversación en el campo, en sus planes de hacer de aquella casa en la playa nuestra vivienda habitual, de dejar el mundo atrás y vivir el ahora conmigo.

Y en aquel momento, me sorprendió que alguna vez me hubiera parecido tan mala idea.

—¿En qué piensas?

—En que, por desgracia, sí que hay cosas que importan fuera de esta cama —repuso en voz baja—, y en cómo desearía que no fuera así.

—¿Lo dices por tu idea de mudarnos aquí?

—No —dijo, negando con un leve movimiento de cabeza.

—Entonces, ¿por qué?

—¿Es mucho pedir que lo hablemos cuando volvamos a casa?

—¿Ocurre algo? —le pregunté, incorporándome un poco para mirarlo a la cara.

—Nada que importe aquí y ahora. No quiero estropear este momento.

—¿Es grave?

—No. —Sonrió—. No lo es. Y no quiero que te preocupes por nada mientras estemos aquí. Quiero que este lugar sea nuestro santuario, que mientras estemos aquí podamos estar juntos sin que nada se interponga entre nosotros.

—No como en casa. Últimamente, todo parece difícil.

—Lo sé. —Me besó de nuevo en la frente—. Por eso quiero que, mientras estemos aquí, nada lo sea.

Asentí despacio. Agradecía esa intención suya de querer mantenernos en una burbuja. También había en mí cansancio y heridas sin sanar, pero, sobre todo, una necesidad de volver a estar juntos sin tener miedo.

—De acuerdo —acordé con él—, este será nuestro santuario.

Pasamos los siguientes días entre baños en la cala, comidas improvisadas, siestas al sol y cómodos silencios. Leíamos tumbados en la playa, caminábamos por el borde del acantilado o, simplemente, nos dejábamos caer en las hamacas para mirar el cielo.

No por la promesa que le había hecho, sino por pura y simple comodidad, pasé desnudo casi todo el tiempo que estuvimos allí, y él también.

Era placentero nadar en el mar sin bañador, dormir cubiertos solo por sábanas de algodón fresco y sentir el cuerpo de mi amante junto al mío, sin nada entre los dos.

Porque eso era lo que David y yo habíamos vuelto a ser: amantes, en el sentido más puro, más entregado del término.

Todo el tiempo que no pasábamos leyendo o cocinando o yendo al pueblo cercano a por víveres y un helado, lo pasábamos haciendo el amor.

Creo que no quedó rincón en ese islote donde no nos sorprendiera la pasión.

Y también dormimos muchísimo: cada noche, desde que se ponía el sol hasta que volvía a salir, enroscados en la cama, exhaustos de tanto amarnos; o por las tardes, después de tomar una comida sencilla, bajo la sombra de la pérgola; o en el pequeño sofá del saloncito, donde la brisa que venía del mar nos arrullaba.

Pero con el pasar de los días, algo comenzó a inquietarme: una sensación sutil, como un rumor bajo la tierra.

David estaba más cariñoso que nunca, más presente.

Me tocaba casi todo el tiempo, como si necesitara comprobar que aún estaba ahí.

Y sin embargo, algo en su mirada no terminaba de calmarse y yo no podía dejar de pensar en lo que me había dicho la primera mañana que estuvimos allí.

No fue hasta nuestro último día en la isla que me decidí a sacar el tema. El sol se hundía en el horizonte y, mientras contemplábamos el atardecer desde la playa, le dije:

—Hay algo que te ronda la cabeza, ¿verdad?

David tardó unos segundos en responder. Sus ojos seguían fijos en el horizonte, pero su mano buscó la mía.

—No rompamos esto, pequeño. Aquí no.

Asentí, porque lo entendía. Para mí, aquel lugar también empezaba a convertirse en algo especial: un paréntesis, una tregua. Un espacio donde el amor sabía a sal y a piel, y donde las preguntas podían esperar. Pero si algo le reconcomía por dentro, ¿cómo podía estar ninguno de los dos en paz?

—Ya —insistí, aunque sabía que no debía hacerlo—, pero es que se nota que algo te preocupa.

Él me miró, y durante un instante, toda su vulnerabilidad se asomó a la superficie.

—Sabes que te quiero, ¿verdad? —Llevó mi mano hasta sus labios para besar el dorso.

—Claro que sí —dije, cierta aprensión retorciéndose en mi estómago.

—Y sabes que haría cualquier cosa por ti.

—David, me estás preocupando.

Sonrió.

—¿Por qué te preocupa una declaración de amor, al atardecer, en una playa? —preguntó con una sonrisa ladeada—. A veces eres un crío —añadió, rozando su nariz con la mía.

Quise creerle. Lo que decía tenía toda la lógica del mundo, pero el tono en que lo dijo…

—Sonaba como si te estuvieras despidiendo de mí o algo así.

David rio.

—No me estoy despidiendo de ti —me aseguró—. Aunque quizás estoy un poco melancólico por tener que irnos.

—Hemos dejado solo a Íker durante dos semanas —le recordé.

—Pero qué dos semanas, ¿eh?

Se recostó sobre mí con un movimiento felino, hasta obligarme a tumbarme en la arena, y me mordió los labios, despertando todos mis sentidos. Estuve a punto de dejarme llevar por la sensualidad sinuosa de sus movimientos, pero algo me retuvo.

—¿Seguro que es solo eso? —pregunté, poniendo una mano en su pecho para apartarle un poco de mí.

Me miró con intensidad.

—Sabes que no.

—Al menos, eres sincero —suspiré, incorporándome.

—Pero te dije que…

—Que no querías hablar de eso aquí —terminé la frase por él, sintiéndome de pronto un tanto malhumorado.

—Cuando volvamos.

Lo miré de reojo, debatiéndome conmigo mismo.

No había mentiras en sus ojos, solo el límpido reflejo dorado del atardecer sobre una clara laguna gris, una laguna en la que desearía perderme para siempre.

Pero sabía, como sabía él, que en cuanto volviéramos a casa, este pequeño oasis de paz que habíamos encontrado iba a desaparecer.

¿De verdad quería desaprovechar nuestra última noche allí por adelantar unas pocas horas una conversación que ya sabía inevitable?

—Cuando volvamos —convine.

Él asintió en silencio, como dándome las gracias, y luego volvió los ojos hacia el horizonte, dejando que la naturaleza calmara las preocupaciones que no quería compartir conmigo.

Aquella noche me hizo el amor con una intensidad abrasadora, como si su cuerpo se preparara para una despedida.

Quizás no de mí, sino de la idea de algo que ansiaba y que a la vez lo alejaba de sí mismo.

Me pareció que abría un capítulo que yo aún no había leído, y que él, tal vez, seguía escribiendo en silencio.