14. Nuestro santuario #2
Hacía mucho que no me detenía a mirarlo en un momento de quietud y con el arrobo de quien contempla algo intensamente amado.
Su rostro dormido, apenas rozado por la luz, mostraba la calma de los inviernos suaves, la belleza serena de lo que ha resistido el paso del tiempo; las canas, que destacaban plateadas entre el negro de sus sienes, me parecieron más hermosas que cualquier esplendor de la juventud.
Recordé la primera vez que lo vi dormir: su piel entonces era tersa, sin huellas, sin pasado.
Ahora, en cambio, cada línea que surcaba su frente, cada una de las arrugas junto a sus ojos, que solo aparecían de verdad cuando sonreía, contaba una historia. Una historia que era tan suya como mía.
Él creía que el tiempo lo había vencido, que algo de su atractivo se había perdido por el camino.
Pero yo no lo veía así. Yo no veía envejecimiento, sino transformación.
Era el mismo que hacía veinte años, pero con otra luz, otra textura.
Su cuerpo ya no era aquel al que me aferraba en mi adolescencia, pero seguía siendo mi refugio.
Sus gestos, su olor, su actitud seductora, la forma en que respiraba mientras dormía: todo en él me seguía llamando como entonces.
Era el hombre del que me había enamorado irremediablemente en mi juventud y en aquel momento empezaba a sentir que, de alguna manera, volvía a hacerlo.
Me incliné un poco y le acaricié la mejilla con la yema del dedo, apenas un roce.
No se despertó, sino que giró un poco la cabeza, sabiendo incluso durante el sueño que yo estaba mirándolo, porque, en el fondo, lo había sabido siempre.
Seguí acariciándole, primero la mandíbula para luego enredar los dedos en su cabello.
David se removió con suavidad bajo las sábanas y, en lugar de apartarse de mis caricias, se acercó aún más, como si su piel buscara la mía incluso antes de abrir los ojos.
Cuando al fin lo hizo, me descubrió observándolo.
Sonreí, y él respondió con una sonrisa propia, somnolienta pero sincera.
—¿Cuánto tiempo llevas mirándome? —murmuró, con la voz aún algo ronca por el sueño.
—Lo justo para recordar por qué me enamoré de ti —respondí, sin pensarlo demasiado.
David rio bajito, un sonido grave que me vibró en el pecho, y me atrajo hacia sí con fuerza. Su abrazo era cálido, lento; un agarre firme que dejaba claro que no tenía ninguna prisa por comenzar el día.
—Quiero quedarme aquí —musitó, hundiendo la nariz en mi cuello y aspirando mi olor—. No voy a dejar que salgas de la cama en todo el día.
Nos quedamos así unos minutos, en silencio, escuchando cómo las olas rompían en la orilla. A través de la ventana, la luz comenzaba a llenarlo todo de un limpio color azul.
—Lo de no dejarme salir de la cama en todo el día me suena de algo —ronroneé, acariciando su nuca con mis dedos—. ¿Esto va a ser como lo de Sitges? —dije, recordando unas vacaciones que nos habíamos tomado al poco de habernos casado.
David entornó los ojos y una sonrisa pícara le asomó en la comisura de los labios.
—No salimos de la habitación en tres días.
—Y eso que querías ver todas las películas del festival —me burlé de él.
—Lo que quería en realidad era no hacer otra cosa más que follarte —repuso con voz rasposa, deslizando sus manos por mi cuerpo.
—Menos cuando estrenaron REC —le recordé.
—Menudo peliculón —suspiró David. Yo di un resoplido—. ¿No me digas que no valió la pena salir de la cama por esa peli?
—No sé yo…
—Ah, es verdad —rio—, no me acordaba de que esa película te acojonó.
Le di un leve codazo.
—No me acojonó, solo me asustó un poco —le corregí.
—Estabas cagado de miedo —insistió—, no me soltaste la mano en toda la película. Estabas temblando —se burló.
—Por eso no veo pelis de miedo contigo, te pones de un idiota… —dije, apartándolo de mí.
Pero él volvió a apretarse contra mi cuerpo.
—Y aquella noche, cuando volvimos a la habitación, no te podías separar de mí. Tenías tanto miedo a estar a oscuras…
—No era miedo a la oscuridad, era que estaba cachondo —repliqué.
David se rio porque sabía que le estaba mintiendo.
—Yo creo que era un poco de las dos cosas.
Y por lo que podía recordar, creo que tenía razón, así que en lugar de responder, lo besé.
Él me devolvió el beso, primero despacio, para luego atraparme el labio inferior entre los dientes con suavidad.
Me sujetó la mandíbula, obligándome a inclinar la cabeza y a abrir la boca, antes de invadirla por completo.
Se me cortó la respiración cuando David me arrastró bajo su cuerpo con una posesividad tan repentina y hambrienta que me dejó indefenso, desesperado por conseguir un poco de aire mientras su lengua me reclamaba.
El recorrido de su boca bajó por mi barbilla y la línea de la mandíbula para hundirse en mi cuello con voracidad.
Yo cerré los ojos y expuse mi garganta, sintiendo cómo su aliento me recorría la piel, cómo sus labios se demoraban en cada rincón, dejando un rastro húmedo que encendía el deseo en mis venas mientras sus manos me exploraban.
Me despojó de la sábana a tirones, desnudándome a la vez del silencio y de cualquier rastro de distancia que pudiera haber entre nosotros.
Lo acaricié con urgencia, recorriendo la amplitud de sus hombros y la firmeza de su pecho, adorando cada centímetro.
Quería grabarme en él, recordarle con la presión de mis caricias que mi cuerpo seguía siendo su territorio, como si con cada roce le quisiera decir: «Sigo siendo tuyo».
Nos buscábamos con la urgencia de quien reclama un amante largamente deseado.
Sus manos bajaron por mis costados, firmes y exigentes, hundiéndose en mis caderas para encajarme contra su pelvis.
Sentí el calor abrasador de su erección rozando la mía, y el contacto me arrancó un gemido sordo.
Yo me aferré a su espalda, trazando con los dedos la tensión de sus músculos, embriagado por la textura de su piel y ese aroma a sal y sexo que me nublaba el juicio.
Cuando nuestros cuerpos ya ardían, solté un gruñido ronco y rodé con él sobre el colchón, invirtiendo las posiciones en un vuelco rápido. David se dejó atrapar bajo mi peso, rindiéndose a mí y mirándome con los ojos oscuros y la respiración rota. Un calor profundo me recorrió el vientre.
—Te he echado de menos —susurró, con una voz tan cruda que me arrasó las entrañas.
Le respondí con las manos, deslizándolas por sus costados, por la curva de sus caderas.
Lo atraje hacia mí y nuestras pollas se rozaron, duras y palpitantes, en una fricción que nos hizo jadear a los dos.
Deseaba enterrarme en él, poseerlo y dejarme envolver por esa presencia suya que siempre me había obsesionado.
Lo subyugué con un beso intenso, hundiéndolo contra los almohadones a la vez que estiraba el brazo hacia la mesita de noche, tanteando a ciegas.
—Maldita sea —siseé al no dar con el lubricante.
Tuve que abrir los ojos para ubicarme y separarme un poco de él para poder coger el bote. David soltó una risita a la vez que se giraba en el colchón, apoyándose sobre los antebrazos, ofreciéndose sin palabras.
Acaricié sus nalgas con las palmas abiertas, besando la línea de su espalda a la vez que vertía gel en una de mis manos.
Con la otra busqué su cadera, sintiendo el calor de su piel y separando sus nalgas, mientras con los dedos untados recorría su entrada en círculos lentos, presionando con suavidad.
David se estremeció. Empecé a penetrarlo con cuidado, sintiendo cómo me acogía.
Sus caderas empujaron hacia atrás, impacientes, deseosas de más, así que añadí un segundo dedo.
La firme presión de sus músculos me dio la bienvenida a la vez que un largo gemido escapaba de sus labios, y aceleré el ritmo para satisfacer la salvaje exigencia de su cuerpo.
Me posicioné entre sus muslos y busqué su entrada, ya húmeda y ardiente.
Cuando empujé con mis caderas y entré en él, David soltó un estrangulado jadeo, apretando las sábanas en sus puños mientras arqueaba la espalda, invitándome a adentrarme aún más hondo en su cuerpo.
Empecé a moverme en su interior y, cada vez que yo me retiraba, sus caderas me buscaban con ansia, dictando la profundidad de la siguiente embestida.
Me incliné sobre él para morderle el hombro y ahogar mis propios gemidos en su nuca, a la vez que aceleraba el ritmo.
Cada golpe de nuestras caderas era una conversación, un recordatorio carnal y violento de lo que éramos.
Mi boca en su hombro, su piel quemando la mía...
todo en él decía: «Te conozco, te he querido, te querré siempre».
El vaivén fue creciendo, más profundo y voraz, como una ola que no rompe, que solo avanza.
Nos fundimos en el sexo sin reservas, sabiendo que era un lugar en el que no había necesidad de escondernos.
La fricción empezó a volverse insoportablemente placentera, un calor que me trepaba por el vientre y hacía que la sangre me hirviera.
Sentí mi pulso, acelerado, latiéndome en las sienes, y una tensión se acumulaba en la base de mi columna, avisándome de que me quedaban pocas embestidas antes de abandonarme al orgasmo.
Justo entonces, cuando me sentía al borde del precipicio, apreté los dientes y me detuve.