14. Nuestro santuario
NUESTRO SANTUARIO
C omo Pablo había prometido, la ciudad entera parecía estar empapelada con su arte.
Su cartel para la fiesta del aniversario del Sodoma había salido por fin y, como todo lo que él hacía, era imposible no detenerse a mirarlo: un fondo en varios tonos de azul, salpicado de destellos dorados, como si el espacio se hubiese llenado de estrellas de confeti; y en medio, una silueta medio desnuda, gloriosamente andrógina que, con una copa de champán en la mano, cabalgaba sobre un cohete con forma fálica.
Coronando el conjunto, había una frase que nos hacía reír cada vez que la leíamos:
«Veinte años sin pedir perdón. Solo otra copa».
—A tu amigo se le ha ido la mano con la purpurina —comentó Daniel.
Era mi último día antes de las vacaciones de verano, y mi cuerpo ya me pedía algo de descanso, así que habíamos salido del laboratorio para tomarnos un desayuno en una cafetería cercana. Ahora admirábamos, con fascinación cósmica, los carteles que había ilustrado Pablo.
—No es para tanto —respondí. O quizá era que yo ya estaba acostumbrado al estilo excesivo e histriónico de mi mejor amigo.
Él sonrió.
—¿Y vas a ir a la fiesta?
—Claro, tenemos pases VIP y todo —presumí.
—¿En serio? —dijo, con algo parecido a la envidia—. Las entradas salen a la venta pasado mañana, pero hay quien dice que se van a agotar en un suspiro.
—Buena suerte con eso. Por cierto, ¿qué tal lo llevas? —le pregunté mientras proseguíamos nuestro camino.
Aún vestía como un estudiante: zapatillas reventadas, camiseta con algún chiste nerd en inglés y una mochila a la espalda, aunque ya no cargara apuntes, sino papers , su tablet y algún snack proteico.
—Con la cabeza medio vacía y el cuerpo medio muerto, pero me siento libre. —Levantó los brazos al cielo, cual atleta celebrando una victoria épica—. Ya soy oficialmente un doctor en el paro.
Había defendido la tesis el día anterior, tras semanas de espera y correcciones. Y, a pesar de su celebración, se le notaba más aliviado que orgulloso.
Me reí, recordando los tiempos en los que yo presenté mi propia tesis. Es un proceso bastante duro.
—Entonces es un momento excelente para dejar de estar desempleado —dije, y sin dejarlo pensar, añadí—: Si quieres, hay una plaza para ti en el laboratorio.
Se detuvo en seco, como si no hubiera oído bien.
—¿Lo dices en serio?
Asentí, sin solemnidad.
—¿Te acuerdas de Raquel, verdad? Se va a Zúrich en septiembre. Y tú conoces el proyecto mejor que nadie: has estado colaborando en él desde que empezaste la tesis. Además, necesitamos a alguien que no le tenga miedo a desmontarlo todo y volver a empezar desde cero.
Daniel me miró con una mezcla de sorpresa y algo más. ¿Gratitud? ¿Orgullo? ¿Satisfacción?
—¿Tú quieres que yo trabaje contigo?
Me encogí de hombros, fingiendo indiferencia.
—No es que quiera que trabajes conmigo. Lo que quiero es que trabajes con nosotros —rectifiqué—. Y la verdad, no se me ocurre nadie mejor para el puesto. Y esto no es un favor: es una oferta en serio. Si aceptas, esperaré mucho de ti.
Se detuvo para mirarme.
—Podría besarte ahora mismo —dijo, dejándose llevar por el entusiasmo.
Me reí, pero el silencio que siguió fue extraño. Estaba casi seguro de que bromeaba, aunque por alguna razón no lo estaba del todo.
—Bueno, no es para tanto —carraspeé, apartando la vista.
—¿Y puedo seguir llevando camisetas con chistes malos?
—Solo si sigues preparando el café —bromeé para aligerar el ambiente.
Sonrió, de ese modo suyo que parecía siempre a medio camino entre la timidez y la picardía.
—Trato hecho.
Seguimos caminando por la ciudad empapelada de purpurina y promesas de fiesta. El aire olía a calor, a asfalto y a algo parecido al futuro.
Volví al laboratorio para cerrar los últimos asuntos antes de las vacaciones, pero una parte de mí ya estaba en otra parte. Caminaba hacia un lugar que no conocía del todo, aunque lo hubiese imaginado tantas veces. Un lugar al que, por fin, iba a ir con David.
Llegar a la isla fue, en sí mismo, una experiencia.
Primero el vuelo, de apenas el tiempo necesario para que la ciudad se volviera un recuerdo difuso. Luego, un coche por carreteras cada vez más estrechas, más salvajes, con el mar asomando entre pinos vencidos por el viento y acantilados que parecían dibujados a lápiz. Y finalmente, el puente.
—¿Es aquí? —pregunté, cuando lo vi recortarse frente a nosotros, un hilo de cemento que se extendía sobre el mar como una promesa.
David asintió, con una sonrisa tranquila mientras abría la valla que daba acceso a él.
—Bienvenido a nuestro reino.
Cruzarlo fue como dejarlo todo atrás. A un lado del horizonte, una costa que parecía no tener fin.
Al otro, un islote como sacado de un sueño: salvaje pero ordenado, íntimo pero inmenso.
Desde el coche podía intuirse el perfil del faro antiguo en lo alto de un acantilado y, más abajo, entre pinos y dunas, una casa blanca de líneas sencillas, mirando de frente a una playa de arena fina y mar transparente.
Aparcamos junto a un camino de tierra y, cuando bajamos del coche, me quedé unos segundos admirando el paisaje, extasiado.
—Es precioso… —dije al fin, sin aliento—. No me habías dicho que era tan bonito.
—Sí que te lo había dicho —respondió David, bajando nuestras cosas del maletero—. Yo solo he estado aquí una vez, cuando vine a verla antes de comprarla. Pero tengo que admitir que verla contigo es completamente diferente. —Se abrazó a mi espalda y apoyó su barbilla sobre mi hombro.
Me giré para mirarle. Tenía el rostro iluminado por el sol y algo más: la ilusión de compartir ese lugar conmigo.
Levantando el brazo, lo atraje hacia mí y nos besamos.
Sus manos apretaron mi cintura y mi espalda se comprimió contra su pecho, hasta que pude sentir el acompasado latir de su corazón.
Se separó despacio de mí y, cogiéndome de la mano, me guio hacia nuestro pequeño paraíso.
La playa privada era una lengua de arena suave, completamente vacía, bordeada por dos paredes de roca cubiertas de buganvillas silvestres.
Desde allí, la casa se veía blanca y baja, con paredes encaladas y persianas azul marino.
Un porche con hamacas y una mesa bajo una pérgola de cañizo daba paso al interior: techos altos, suelo de barro cocido, muebles de madera clara y grandes ventanales frente al mar.
Todo hablaba de verano y de paz. El lugar parecía suspendido fuera del tiempo y yo sentía que allí no necesitaba más para ser feliz.
—¿Por qué no me habías traído antes aquí? —pregunté, mientras dejaba mi bolsa sobre la mesa.
Escuché una risita detrás de mí.
—Porque no has querido —apuntó.
—Tenías que haberme arrastrado en contra de mi voluntad —dije, girándome hacia él.
— Mmhh —gruñó mientras me abrazaba y empezaba a besarme—, secuestrarte me parece una idea estupenda ahora mismo.
No fueron besos suaves como los de antes, sino llenos de hambre y un fuego que me encendió las entrañas.
Me empujó hasta la mesa, me alzó con fuerza y yo abrí las piernas, invitándolo a acercarse más.
Sus manos buscaban mi piel con urgencia, su boca recorría mi cuello, y yo me aferré a él, encajando mi cuerpo contra el suyo.
Entonces se separó de pronto, riendo y exclamó:
—¡Pero si ni siquiera te he enseñado aún el dormitorio!
Tras instalarnos, nos desnudamos y corrimos hacia la orilla.
El sol empezaba a caer y el agua estaba maravillosamente fresca.
Jugamos como niños, con esa libertad salvaje que solo da saberse a salvo del mundo.
Nos salpicamos, hicimos una competición de nado y, cuando encontré un alga, se la lancé a la cara, sabiendo cuánto las odiaba.
Él me persiguió hasta alcanzarme y se abalanzó sobre mí, haciéndome caer sobre la arena, su cuerpo húmedo y fresco sobre el mío.
—No debiste hacer eso —dijo, sujetándome las manos.
Sin ganas de más juegos, alcé la cabeza para besarle.
El sabor del mar estalló en mis labios cuando su lengua se abrió paso en mi boca.
Me dejé devorar, abandonándome a las sensaciones que se habían ido acumulando desde nuestra llegada.
Le deseaba con una intensidad casi olvidada, y supe, por la manera en que me avasallaba con su boca y apretaba su erección contra mi muslo, que él también me deseaba a mí.
Rodeé sus caderas con las piernas y me penetró sin más preámbulos, deslizándose dentro de mí con una urgencia húmeda y salada.
Jadeé al sentirle en mi interior, mientras esa fabulosa mezcla de dolor y placer me estallaba en el vientre.
Nuestros gemidos se mezclaban con el bramar del océano y el romper de la marea contra los acantilados y, mientras las primeras estrellas aparecían en el cielo, tejiendo un manto de oscuridad sobre nuestros cuerpos, nos deshicimos el uno en brazos del otro, susurrando palabras que se disolvieron como la espuma de las olas que acudían para acariciar nuestra piel.
Aquella primera noche nos acostamos con las contraventanas abiertas en unas sábanas revueltas.
Habíamos vuelto a hacer el amor sin prisas, porque en aquel lugar el tiempo parecía haberse detenido.
Y, con su aliento cálido sobre mi cuello y su brazo enredado en mi cintura, me dormí sintiendo algo muy parecido a la más absoluta felicidad.
A la mañana siguiente, me despertaron el sonido del mar y el canto de las gaviotas.
Una agradable brisa con olor a mar entraba por las ventanas y movía ligeramente las cortinas.
David dormía junto a mí, un brazo doblado bajo su cabeza, el otro abrazando una almohada contra su pecho.
Me dediqué a observarlo bajo la dorada luz de la mañana.
La sábana apenas cubría su vientre. Respiraba despacio, con ese ritmo profundo y sereno que solo mostraba cuando sabía que el mundo estaba muy lejos.