13. El más absoluto de los secretos #3
David se levantó y fue hacia su hijo. Íker hizo lo mismo.
Se abrazaron en medio del comedor, con una intensidad casi feroz, como si temieran volver a perderse.
Al verlos así, pensé en todos los silencios que habían tenido que romperse para llegar a ese abrazo y me prometí que, por mi parte, no volvería a callarme lo que de verdad importaba.
Cuando por fin se separaron, David mantuvo las manos en los hombros de Íker, no pudiendo, o no queriendo, soltarlo del todo.
—Estoy muy orgulloso de ti, gracias por ser sincero conmigo. —Luego se giró hacia mí para mirarme con una expresión triste, pero también aliviado—. Gracias a ti también.
Fui hacia él y David soltó a Íker y me abrazó. Fue entonces cuando, por fin, rompió a llorar.
Lo sostuve entre mis brazos mientras se deshacía, liberando treinta años de trauma, dolor y silencios.
Lloró como un niño, como si no quedara en el mundo otro consuelo que apretarse contra mí.
Y yo lo acogí con todo el amor que sentía, haciéndole saber, con mis brazos, mis labios y mi cuerpo, que conmigo estaba a salvo.
Mientras lo abrazaba, su cuerpo convulsionando en sollozos contra el mío, supe que él era incapaz no solo de manipular a Íker, sino también de manipularme a mí.
Que había sido un idiota por pensar mal de él, por desconfiar de su palabra, cuando justo ahora nos había abierto el corazón con total entrega.
Por muy herido o confundido que estuviera, no podía fingir un amor que no sentía; y aquellas atenciones que me había estado regalando últimamente no eran exageradas ni falsas.
Supe, sin el menor resquicio de duda, que me necesitaba a su lado.
Me lo demostraba ahora, buscando refugio en mí en su momento de mayor vulnerabilidad.
Y si él estaba haciendo todo lo posible por recuperar lo nuestro, yo era un necio por no estar haciendo lo mismo.
Y entonces lo decidí. Decidí que quería estar con él aquel verano y todos los veranos que la vida quisiera regalarnos. Porque, después de todo, era con él con quien siempre querría ver el mar.
Cuando por fin se separó, los ojos arrasados en lágrimas, Íker, que seguía en shock , dijo:
—Esto es lo más raro que he vivido nunca.
Su comentario nos arrancó una sonrisa. David volvió a apoyarse contra mí y lo acuné una vez más, aunque ya podía notar que su cuerpo estaba más tranquilo.
—Si vais a seguir abrazados, ¿os importa si me voy a mi habitación a ventear un poco? —preguntó el chaval.
—Vete, anda —le dije.
Mientras Íker subía las escaleras, giré la cara hacia David.
—Estoy muy orgulloso de ti. Has sido muy valiente. —Suspiró contra mi cuello, y su aliento me entibió la piel—. Creo que, después de esto, unas vacaciones no nos vendrían nada mal —dejé caer, como quien no quiere la cosa.
Se apartó un poco para mirarme, la ilusión brillando en sus ojos enrojecidos.
—¿Lo dices en serio?
—Claro que sí —le aseguré.
Entonces, en mitad de su rostro devastado, apareció una peligrosa sonrisilla ladeada.
—Me parece recordar que alguien me prometió que, cuando estuviéramos en la isla, iba a estar todo el rato en pelotas.
Me acordé de golpe de la estúpida propuesta que le había hecho cuando estuvimos en el campo.
—Pues no tendré muchos problemas para hacer la maleta, entonces.
Su sonrisa no hizo más que ampliarse.
El coche nos dejó justo frente al hangar, donde el jet esperaba con los motores apagados y una azafata de uniforme impecable nos recibió con una sonrisa.
Clara ya estaba allí, vestida con ropa cómoda, la corta melena recogida con prisas en una coleta baja y un abultadísimo bolso que yo sabía que contenía todo lo que ella consideraba imprescindible para un vuelo de doce o trece horas: productos de higiene y maquillaje, un mini humidificador, vaporizador con lavanda, pastillas para los mareos —aunque nunca se mareaba—, antifaz, cuadernos, bolígrafos, tiritas y, por supuesto, su móvil y su tablet.
Había viajado con ella las suficientes veces como para saber que sus bolsos eran verdaderos arsenales de «por si acasos».
Nos esperaba con el gesto sereno, pero en cuanto nos vio acercarnos, sonrió con los ojos brillantes.
—Sois conscientes de que esto no es una despedida, ¿verdad? —nos aseguró, antes de que nadie pudiera hablar—. Es solo un hasta luego dramático, como los que a mí me gustan.
—Pues te van a encantar las series coreanas —dijo Íker.
Su sobrino fue el primero en abrazarla. Se apretó a ella con fuerza, durante más tiempo del habitual.
—Vas a petarlo —le dijo él, con esa mezcla de timidez y certeza que a veces le salía tan natural.
—Y tú en Oxford también, campeón —respondió Clara, separándose un poco para mirarle a los ojos. En los pocos días que habían pasado desde que se tomara la decisión, ya le había llegado la noticia.
Íker sonrió, y yo vi en su rostro la misma ternura que tenía cuando, de niño, ella le cuidaba y le leía cuentos antes de dormir.
Luego fue David. No se dijeron gran cosa, pero se abrazaron largo, en silencio, como hacen los hermanos que han sobrevivido a más de una batalla juntos.
Cuando se separaron, David le rozó la mejilla con el dorso de los dedos y murmuró algo que no oí, pero que a Clara le arrancó una risa breve, entre lágrimas.
Me acerqué el último.
—Si tú lloras, yo lloro —le advertí, medio en broma.
—Entonces ya sabes cómo vamos a terminar —susurró ya casi entre lágrimas, y me abrazó.
Nos quedamos así unos segundos, en silencio, hasta que le hablé al oído:
—Gracias por ayudarme a abrir los ojos con respecto a Íker. De no ser por ti, seguramente ahora todo seguiría atascado.
Ella se apartó apenas lo justo para mirarme.
—Te habrías dado cuenta tarde o temprano. Yo solo te empujé un poquito.
Sonreí. Ella también. Y, por un segundo, supe que los dos pensábamos lo mismo: en lo bien que siempre nos habíamos entendido.
La azafata se acercó, discreta.
—Señora, deberíamos embarcar.
Clara asintió, pero antes de subir la escalerilla, se volvió hacia nosotros. Nos miró a los tres como si quisiera llevarse nuestras caras bien grabadas.
—Os quiero. Os llamaré desde que pueda, y pienso tupiros a videollamadas.
—No esperamos menos de ti —dijo David, con una sonrisa ladeada—. Mucha suerte.
—Cuídate. —Yo también sonreía, pero sentí un nudo en la garganta que no esperaba. Cómo la iba a echar de menos.
Clara alzó la mano y se metió en el avión. Íker se quedó mirando la escalerilla aún bajada, hasta que se recogió. Vimos cómo el motor empezaba a rugir con suavidad, el jet giraba hacia la pista y, finalmente, despegaba en una curva perfecta, recortándose contra el cielo nocturno.
—Lo ha hecho —susurró Íker—. Se ha ido de verdad.
—Sí —asentí—. Lo ha hecho.
Una parte de mí la envidió, por atreverse a seguir su sueño de esa forma, por estar a punto de poner en marcha un proyecto precioso, emocionante y difícil. Y pensé en lo mucho que me hubiera gustado ayudarla, si no se hubiera ido a la dichosa Corea para hacerlo.
Pero, por alguna razón, mientras el avión se perdía entre las nubes, supe que quizás aún habría un lugar para mí en ese sueño que ahora despegaba sin mí.