A través del sexo. La saga completa 13. El más absoluto de los secretos #2
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13. El más absoluto de los secretos #2

—Para mi padre, para Michael —contó David, con la voz muy pesada—, yo siempre había sido una decepción: demasiado sensible, demasiado apegado al arte y a la música y nada interesado en las cosas que a él le gustaban.

Él quería que yo fuera un hombre, con todo lo que eso conllevaba: debía ser fuerte, decidido, dominante.

Yo nunca he creído que para ser un hombre haya que hacer otra cosa que nacer siéndolo —aclaró—, pero él no opinaba lo mismo y me mandó a un internado para alejarme de mi madre, quien, según él, me estaba consintiendo demasiado.

—Hizo una pausa, como si necesitara convencerse de que debía continuar—.

Cuando le dije que quería estudiar en el Royal College, me dijo que eso no era una carrera de verdad, que los hombres no hacían esas tonterías —siguió relatando—.

Que debía dedicarme a los negocios, como él, como su hermano, como su padre, que eso me endurecería.

Olvidarme de todas esas estupideces que mi madre me había metido en la cabeza, dejarme de mariconadas y hacer lo que se esperaba de mí.

Irónicamente, cuando me dijo eso, él aún no sabía que me gustaban los hombres.

Hizo una nueva pausa y yo contuve el aliento, sabiendo que estábamos llegando al clímax de la historia. Íker nos miraba a ambos boquiabierto, quizás sorprendido por la gravedad de nuestras expresiones, o quizás porque David parecía estar al borde del llanto.

—Yo, que siempre había estado ansioso por complacerle, por ser el hijo que él quería tener, por conseguir que se sintiera orgulloso de mí, le hice caso.

Abandoné el piano y dejé que me matriculara en la escuela de negocios que él creyó oportuno.

Aquel verano volví a casa. Acababa de terminar el instituto, ya había cumplido los dieciocho y creía que, mientras hiciera lo que mi padre esperaba de mí, era más o menos libre.

—Hizo una pausa, esta vez más larga, eligiendo con cuidado cada palabra—.

Conocí a un chico aquel verano. Bergen —dijo, y al pronunciar su nombre, la sombra de una sonrisa acarició sus labios—.

Era muy guapo y me hacía reír. Nos liamos enseguida.

Yo aún no le había dicho a nadie de mi familia que era bi, así que nos veíamos a escondidas, muchas veces en una casa que mi familia tenía en el campo, cerca de Berlín.

Mis padres sospechaban que me veía con alguien, claro, pero asumieron que era una chica, y Michael no dejaba de hacerme bromitas al respecto.

Una tarde, mientras Bergen y yo estábamos en la casa de campo, mi padre entró. Y nos pilló.

Sentí cómo David apretaba mi mano con fuerza y se me encogió el corazón.

—¿Y cómo se lo tomó? —preguntó Íker con cautela, anticipando que la respuesta no sería buena, pero yo sabía que aún no podía ni imaginarse lo que estaba a punto de escuchar.

—Decir que se enfadó sería poco —dijo David—. Empezó a gritarnos, se puso histérico. Yo intenté tranquilizarlo mientras el pobre Bergen se esforzaba en ponerse los pantalones. Fue entonces cuando vi que mi padre llevaba un arma.

Íker ahogó una exclamación.

—¿Estás seguro de que quieres seguir? —le susurré a David.

Él asintió, pero noté que estaba a punto de derrumbarse. Aun así, continuó:

—Me dijo que yo no era su hijo, que no podía serlo, que prefería verme muerto que siendo un marica.

Y entonces disparó. —A pesar de estar relatando el mayor trauma de su vida, David lo hacía con un tono calmado, como si aquello le hubiera ocurrido a otra persona y no a él.

Quizás, pensé en aquel momento, esa distancia emocional era lo único que le permitía seguir hablando—.

Pero estaba muy nervioso, así que no acertó a la primera.

Bergen se llevó el primer disparo. Le dio en la cabeza.

Yo ya conocía esta historia. David me la había contado a trozos, a lo largo de los años. Pero nunca se la había oído narrar de principio a fin. Me di cuenta de que estaba llorando, pero los ojos de David, aunque enrojecidos, seguían secos.

—Creo que el pobre chico murió en el acto, pero no lo sé con certeza. Luego mi padre disparó otra vez, y me parece que le dio a una lámpara. A la tercera me acertó en el pecho, justo aquí. —Se levantó la camisa para enseñar la pequeña cicatriz en forma de moneda que tenía bajo el pezón izquierdo.

Íker miró la cicatriz, horrorizado. Seguramente, a lo largo de toda su vida, la había visto en multitud de ocasiones; quizás con sus manos infantiles la habría tocado y sentido curiosidad por ella, o quizás la había normalizado como una parte más del cuerpo de su padre, algo a lo que no dar mayor importancia.

—La bala apenas me rozó el corazón, pero me debí desmayar.

Cuando desperté, Michael ya no estaba. Se había ido, dándome por muerto.

Había mucha sangre en el suelo, y tumbado donde estaba, podía ver el rostro de Bergen.

Aún tenía los ojos abiertos. Recuerdo que me costaba muchísimo respirar, y me arrastré como pude hacia la mesilla de noche para coger el teléfono y llamar a emergencias. Luego me desmayé otra vez.

Ahora Íker también estaba llorando. Tenía ambas manos sobre la boca y los ojos inundados de lágrimas.

—Cuando me desperté de nuevo —siguió relatando David—, mi padre estaba sentado junto a mi cama.

Me explicó lo que los médicos le habían dicho: que como la pistola era de pequeño calibre, la bala no llegó a salir, pero me había lacerado el exterior del corazón, perforó el pulmón izquierdo y me rompió un par de costillas antes de quedarse clavada en mi escápula.

Me tuvieron que operar para extraer la bala y, de hecho, cuando desperté tenía un tubo en el pulmón, para drenar la sangre y el aire acumulados a causa de la herida.

Le dijeron que si no hubiera llamado inmediatamente, el neumotórax y la pérdida de sangre me habrían matado.

Que debía dar gracias de que mi atacante tuviera tanta prisa por huir que no comprobó si me había dejado con vida.

Y cuando me dijo eso, se acercó a mí y me aseguró que si volvía a encontrarme en la cama con otro hombre, no repetiría el mismo error.

El silencio que siguió a esa revelación fue insoportable.

—Ese día hicimos un pacto —prosiguió David—: yo no le diría a nadie quién me había disparado, ni a nuestra familia, ni a la policía, ni a mis amigos; a nadie.

Me iría del país para no regresar, y no volvería a tener contacto con mi madre o con Clara, ni podría darles ninguna explicación de por qué me alejaba de ellas.

Y, por supuesto, no debía hacerse nunca pública mi…

desviación . Él, a cambio, me dejaría vivir en paz.

Así que decidí venirme a estudiar a España.

Por aquella época, Adolph ocupaba el puesto que yo tengo ahora, y cuando terminé los estudios y empecé en la empresa, él hizo de padre y de mentor para mí.

Nunca se lo conté, pero creo que él sabía lo que había ocurrido en realidad.

Cuando, años más tarde, tu tía Clara se empeñó en venir a estudiar a España y a vivir conmigo, Michael me hizo jurar que ella nunca sabría que yo era un «puto marica», o me apartaría de nuevo de ella.

—Se giró hacia mí—. En parte, por eso te lo puse tan difícil aquellos años, Noah.

Quería estar contigo, pero llevaba diez años sin ver a mi hermana y no quería perderla otra vez…

—Lo sé —le aseguré.

David suspiró y por fin una lágrima asomó a sus ojos.

—Cumplí mi promesa. Le dije a la policía que no conocía al hombre que me había disparado y el caso se cerró como un intento de robo que salió mal.

Michael también hizo todo lo que pudo para echar tierra sobre el asunto y apenas salió alguna nota de prensa sobre el ataque que yo había sufrido.

No le conté la verdad a nadie hasta que Michael murió, cuando tú eras muy pequeño —concluyó.

Ambos miramos a Íker, que seguía horrorizado.

—No tenía ni idea…

—Claro que no la tenías —dijo David—. Llevo toda tu vida protegiéndote de la verdad, pero eso no es lo importante.

—Se inclinó hacia él y le cogió de las manos—.

Te cuento todo esto ahora porque quiero que entiendas por qué me prometí, cuando naciste, que jamás te haría lo que él me hizo a mí.

Que jamás te obligaría a ser algo que no quisieras ser.

Que iba a quererte, pasara lo que pasara, tomaras las decisiones que tomaras.

Y, sin embargo… —Su voz se quebró—. Aquí estoy: repitiendo los errores de mi padre si te he hecho creer que tienes que ir al Royal College para hacer que me sienta orgulloso de ti.

Íker lo miraba con el asombro de quien acaba de descubrir una habitación secreta.

—Papá… —susurró Íker.

—No quiero que elijas la música por mí —le dijo David, mirándolo a los ojos—. Ni tampoco que la dejes por mí. No quiero que te sientas obligado a ser alguien que no eres, porque yo nunca, nunca —remarcó—, voy a dejar de quererte. Hagas lo que hagas.

Entonces vi en los ojos de Íker algo nuevo, en medio de toda la pena que debía de estar sintiendo en aquel momento: alivio. Por fin, ese peso que cargaba sobre los hombros, y que nunca le había correspondido, empezaba a desvanecerse.

—Pues… entonces, ¿te puedo decir la verdad? —dijo al fin. David asintió—. Adoro la música, pero no es a eso a lo que quiero dedicarme.

—¿Y qué es lo que quieres hacer?

—Quiero estudiar Economics and Management en el Trinity College. Y luego quiero volver aquí y aprender a llevar la empresa contigo. Quiero ser como tú —susurró. Lo dijo como un ruego, como si estuviera pidiendo permiso para ser feliz.