13. El más absoluto de los secretos
EL MÁS ABSOLUTO DE LOS SECRETOS
— E ntonces, en breve podré ver tu cartel por fin —le dije a Pablo una tarde que habíamos quedado para dar un paseo.
Lo había guardado en el más absoluto de los secretos, no enseñándole a nadie ni los bocetos, ni compartiendo ideas conceptuales, ni cómo sería la versión final. No tenía ni idea de qué esperar, pero Pablo me había dicho que estaba muy contento con el resultado.
—Y, gracias a ti, tenemos entradas VIP —le recordé.
—Y tenemos entradas VIP —exclamó, extendiendo los brazos y sobresaltando a un corredor que justo entonces pasaba raudo a nuestro lado.
—Estate quieto —dije riendo, mientras le cogía de la mano.
Asintió y seguimos nuestro camino, pero él seguía riéndose y mirando por encima del hombro al pobre chico al que había asustado.
Atardecía por fin, y el calor empezaba a aflojar. Una brisa suave agitó las hojas de los árboles bajo los que paseábamos. El parque estaba bastante concurrido a esa hora, cuando muchos, como nosotros, salían a pasear o hacer deporte tras dejar atrás el bochorno del día.
Volví a mirar a mi mejor amigo, que no dejaba de sonreír. Era un gustazo verlo tan feliz de nuevo.
—¿Novedades?
—Nada interesante. En el trabajo, como siempre —repuso. Luego se dio cuenta de que yo lo seguía mirando—. Ah, te refieres a eso. Tampoco nada interesante que contar. Sigo viéndome con Axel.
—¿El colágeno? —pregunté, refiriéndome al mote por el que mejor le conocía. Lo llamábamos así porque era un veinteañero y Pablo decía que follárselo le rejuvenecía. Últimamente, nuestra nueva afición era buscarle un mote divertido a todo nuevo tío con el que se liaba.
—Ese mismo.
—¿Y qué tal con él? —me interesé.
—Es más niñato… —Pablo bufó—. El otro día puse una historia en Instagram con una canción de The Cranberries, Linger creo que era, y va y me comenta que esa música tan de viejos no me pega nada.
—Ese chico no te conoce —dije—. Si siempre te han flipado los Cranberries, como a mí.
—No necesito que me conozca, pero al menos que no sea tan ignorante y escuche algo de buena música antes de opinar. Música de viejos —masculló, indignado—. ¿Te lo puedes creer?
—¿Y aun así has vuelto a quedar con él?
—Será un ignorante, pero mira el cutis que me deja —bromeó, señalando su cara—. De todas formas, esta semana está de viaje con unos amigos. Así que quedé con el croissant —me informó.
Así es como llamábamos a su nuevo amante francés, por su procedencia y porque al parecer estaba muy bueno.
—¿Y qué tal?
—Me hizo una paja el otro día mientras veíamos la última de Spiderman.
—Un orgasmito mientras se mira a Tom Holland siempre viene bien —convine con él.
—¿Y el strudel? —me dijo de repente. Lo miré, y tardé un momento en darme cuenta de que me preguntaba por David—. Como es alemán y eso…
—Ya, ya lo había pillado —dije.
Habían pasado unos días desde aquella conversación en la terraza.
Desde entonces, había notado un cambio en David, como si estuviera intentando enmendar en unos pocos días todo lo que se había ido rompiendo entre nosotros a lo largo de los últimos meses.
Estaba supercariñoso, muy apaciguador, y parecía temer que cualquier cosa pudiera hacerme enfadar y, definitivamente, estaba intentando seducirme.
Yo disfrutaba de sus atenciones, pero a pesar de que quería corresponderlas, había algo que hacía que mantuviera cierta distancia.
Daniel, con quien había hablado en el trabajo en los últimos días, opinaba que era normal que David negara cualquier intento de manipulación y que su comportamiento actual era un love bombing de manual.
Yo no sabía qué opinar: por un lado, seguía sin confiar del todo en él, pero por otro era incapaz de pensar que llegara a tales niveles de maquiavelismo.
— Bufff … —dije, no sabiendo por dónde empezar—.
El otro día discutimos porque Clara bromeó con que me fuera con ella a trabajar a Corea.
—Y empecé a relatarle todo lo ocurrido en los últimos días: la creencia de David de que yo le había ocultado información deliberadamente, la oferta de la Fundación y mi desconfianza sobre ella, la propuesta de David de que nos fuéramos de vacaciones solos y lo cariñoso que estaba en los últimos días.
Y también le comenté lo que Daniel opinaba de todo esto.
—Tampoco puedes culpar a David por desconfiar de ti —me dijo, para mi sorpresa.
—¿Cómo dices?
—Le ocultaste lo de la inscripción de Íker, ¿y Clara te ofrece un puesto de trabajo y tampoco le dices nada? Normal que el pobre no sepa qué pensar.
No ocurría a menudo que Pablo se pusiera de parte de David, así que cada vez que ocurría era un shock para mí. No supe qué responderle.
—Y por supuesto que Daniel opina lo que opina —añadió.
—¿A qué viene eso?
—Le viene un poco grande al chaval acusar a David de querer manipularte cuando es eso mismo lo que él intenta hacer.
—Daniel no intenta manipularme —contraataqué—, y no me puedes negar que la oferta de la Fundación, justo en este momento, es un tanto sospechosa.
—¿Y qué si lo es? Aunque fuera verdad que David está detrás de todo esto, ¿puedes culparle por intentar darle a su marido una razón más para quedarse en el país?
—O sea, que te parece bien que me ofrezca un trabajo que no me merezco solo para mantenerme a su lado.
—Primero —dijo deteniéndose y elevando un larguísimo dedo índice—: nadie ha dicho que no te lo merezcas.
Segundo, no creo que una oferta así sea cosa de dos días; lo más seguro es que se estuviera preparando desde hace un tiempo —añadió, puntualizando también con el dedo corazón, y dándome algo en lo que pensar—.
Y tercero, si no quieres estar a su lado, ningún trabajo en el mundo te va a obligar a hacerlo, y él lo sabe.
Pero quizás crea que ese puesto puede ser un incentivo para ti, para tu felicidad y tu realización personal.
Eso si realmente tienes razón y es cosa suya…
Aparté los tres dedos que tenía delante de mi cara.
—Pero tú no crees que lo sea.
Pablo suspiró.
—¿Quién sabe lo que pasa por la cabeza de David? No voy a poner la mano en el fuego por él, pero creo que lo que el tal Roberto te dijo era cierto: eres perfecto para ese puesto.
Me quedé un rato pensando mientras seguíamos paseando, hasta que, de improviso, Pablo me detuvo, agarrándome por el brazo, y preguntó:
—¿Y qué demonios es el love bombing ?
Cuando llegué a casa, la mesa ya estaba puesta.
David removía algo en una sartén, que para no variar olía de maravilla, e Íker estaba ya sentado, móvil en mano, absorto en quién sabe qué vídeos o mensajes.
Me quité las zapatillas, me lavé las manos, hice un comentario sobre el calor que hacía y me acerqué a la cocina.
La cotidianidad de la escena tenía algo de teatral, como si alguien hubiera dicho «acción» justo antes de que yo abriera la puerta.
—¿Qué tal el paseo? —preguntó David, sin girarse.
—Bien. Pablo está entusiasmado con lo del cartel. Cree que lo van a convertir en fondo de pantalla nacional —respondí.
David sonrió sin dejar de remover. Íker ni siquiera levantó la vista.
Cenamos en un silencio cargado de rutina.
En otro tiempo, esa calma me habría resultado incómoda, pero últimamente se había convertido en la norma.
Tanto que, cuando Íker dejó el tenedor sobre el plato y se aclaró la garganta, me sobresalté.
Lo miramos y él aprovechó que tenía toda nuestra atención para anunciar con cierta grandilocuencia:
—He decidido rechazar la plaza del Trinity e ir al Royal College.
David se recostó en la silla y no dijo nada durante unos segundos. Luego se pasó una mano por el pelo. Parecía nervioso.
—¿Estás seguro? —preguntó. Su voz era suave, y eso me puso en alerta.
—Sí —contestó Íker, sin demasiada convicción.
David clavó la mirada en su hijo.
—¿Lo haces porque es lo que tú quieres, o porque piensas que es lo que yo quiero?
No había reproches en su voz, sino una sinceridad desarmante. Y yo sentí un inmenso alivio de que por fin David se hubiera atrevido a formular esa pregunta.
Íker parpadeó, desconcertado.
—No lo sé —respondió al fin—. Supongo que un poco las dos cosas.
David se quedó congelado, y vi cómo el miedo reptaba por su cara hasta alcanzar sus ojos. Desvió la mirada hacia mí y yo asentí. Había llegado el momento y ambos lo sabíamos.
—Íker… —dijo entonces—. Sabes que cuando yo tenía tu edad soñaba con ser pianista.
—Sí, y que tu padre no te dejó. Me lo has contado mil veces.
David dejó su servilleta sobre la mesa y suspiró.
—Ya, pero hay otras cosas que también ocurrieron por aquella época y que nunca te he contado.
Esta vez, el silencio cayó como una losa. David tragó saliva.
—Mejor os dejo a solas —dije mientras me levantaba, sabiendo lo que venía.
Pero David me cogió de la mano y con ojos suplicantes me pidió:
—Quédate, por favor.
Asentí lentamente y volví a sentarme en mi silla, acercándola a la de David para no tener que soltarle.