12. El verdadero motivo #4
Vi cómo su expresión cambiaba, de la decepción a una mezcla de tristeza y orgullo herido.
—Será de lo que tú no me dijiste el otro día —corrigió, señalándome con el dedo—. Eres tú el que va ocultándome cosas: que hiciste la inscripción para Íker en el Trinity, que mi hermana te había hecho una oferta, que… —Se interrumpió y suspiró profundamente—. ¿Y el mentiroso aquí soy yo?
No respondí. Su mirada me estaba desarmando y empezaba a arrepentirme de haberle acusado. ¿Y si decía la verdad?
Justo entonces, Íker bajó las escaleras en dirección a la cocina. No sabía que el chaval estaba en casa y me pregunté, con un pinchazo de remordimiento, si nos habría escuchado.
—No te puede sorprender que al menos sospeche… —musité, intentando suavizar la acusación.
David apretó los labios. Sus ojos tenían esa forma particular de apagarse cuando algo dentro de él se rompía.
—No sé qué más necesitas para confiar en mí —dijo—. Pero no pienso seguir justificándome.
Dicho esto, giró sobre sus talones y se encaminó al piso superior.
Íker salió de la cocina y siguió a su padre escaleras arriba. A mitad de camino, se detuvo y me dijo:
—Al menos tiene razón en algo —murmuró, sin mirarme—. El que ha estado ocultando cosas eres tú.
Y sin más, se alejó.
Me quedé en el salón, sin saber qué hacer, decir o siquiera pensar, pero con la opresiva sensación de haber metido, irremediablemente, la pata.
El cielo empezaba a oscurecer cuando me animé a subir.
Encontré a David en la pequeña terraza de nuestro dormitorio, sentado en la hamaca, con una copa de vino en la mano y los pies descalzos apoyados cerca del borde.
Me detuve en el marco de la puerta, sin saber si entrar o volver sobre mis pasos, y me quedé allí un rato, en silencio, observándole mientras él escrutaba el cielo nocturno, quizás buscando respuestas a las preguntas que bullían tras su despejada frente.
Algo en su postura con los hombros tensos, así como su gesto arrasado y vulnerable, me dejaron sin defensas.
—¿Puedo sentarme a tu lado? —pregunté al fin, animándome a acercarme.
David asintió sin mirarme, y aparté sus pies para sentarme en la hamaca, recolocándolos sobre mi regazo. Durante unos minutos no dijimos nada. Se oían los sonidos de la calle, amortiguados por la altura, y un par de insectos revoloteaban entre las macetas.
—David, yo…
—He estado pensando —me interrumpió, girando apenas la cabeza hacia mí.
—¿En qué?
—En nosotros. Y en este año de mierda que llevamos.
Lo miré. Tenía los ojos enrojecidos, aunque no parecía haber llorado. No se movía con tristeza, sino con un profundo cansancio, como si llevara demasiado tiempo cargando un peso que ya no podía soportar.
—¿Y qué has pensado?
Esbozó su sonrisita ladeada, y a mí el corazón me dio un brinco en el pecho.
—Que quiero seguir intentándolo. Por muy difícil que me lo estés poniendo —añadió, con algo de humor en la voz.
Me sentí aliviado por su tono.
—Tú tampoco me lo pones muy fácil, que digamos —respondí a su pulla.
Su sonrisa se hizo más amplia, y yo bajé la mirada, completamente abochornado por lo que veía en sus ojos. Había cariño en ellos. Ternura, entendimiento. Pasión, incluso. ¿Cómo podía mirarme así después de las cosas que le había dicho?
Se incorporó un poco y dejó la copa a un lado.
—¿Recuerdas el islote del que te hablé?
—Antlia —recordé.
—Exacto. He pensado que podríamos ir este verano. Pasar unos días allí, tú y yo. Solo nosotros.
Le sostuve la mirada. Algo en su voz, casi suplicante, me provocó una punzada en el pecho.
—David, no…
—Si no quieres, lo entiendo. Solo quería proponértelo.
—No es eso, es que no… —balbuceé—. Bueno, quiero decir… Me ha pillado por sorpresa. No era eso lo que creía que me ibas a decir.
Se inclinó aún más hacia mí y alargó la mano hasta apoyarla en mi nuca, acariciando la base de mi cabello. Un escalofrío de placer, de auténtico alivio, me recorrió.
—¿Y qué creías que te iba a decir? —susurró. Su voz sonaba más grave, casi seductora.
—Pensé que me ibas a mandar a la mierda.
Sonrió.
—La idea se me ha pasado por la cabeza, no te creas —dijo.
De nuevo esa sonrisa, que me desarmaba.
—Podemos ir cuando tú quieras… Si es que quieres —añadió enseguida, no queriendo arriesgarse a asumir cuáles eran mis intenciones—. Sé que no podemos borrar lo que ha pasado y que aún hay cosas pendientes entre nosotros. Pero creo que tal vez nos vendría bien alejarnos un poco de todo.
Lo miré a los ojos y quise perderme en ellos. Pero algo me retenía. Mis dudas sobre sus verdaderas intenciones, tal vez. O mis propios remordimientos.
—Tengo que pensarlo —dije al fin, sin saber si me odiaría por no decir que sí.
—Está bien —respondió. Se recostó de nuevo en la hamaca, con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados, como si el simple hecho de haberlo propuesto ya le hubiera costado un esfuerzo titánico.
Yo también guardé silencio, contemplando las luces al otro lado de la ciudad y preguntándome si aún teníamos remedio. Si bastaba un viaje para recomponer los pedazos. Y si eso era algo que yo quería… o siquiera merecía.