12. El verdadero motivo #3
Mientras hablaba, puso sobre la mesa un dossier con la propuesta y lo acercó hacia mí.
Lo abrí y hojeé las especificaciones con una mezcla de emoción y duda.
Por un lado, sabía que era una oportunidad para hacer algo importante, algo que siempre había querido: abrir puertas a otros, como una vez me las abrieron a mí. Pero por el otro…
—¿Y mi trabajo en BioKerck?
—Puedes compaginarlo sin ningún problema.
BioKerck puede reducirte un poco el horario para que nos dediques unas horas a la semana.
Flexibilidad total. Tú decides tu papel y tu horario, tanto aquí como en el laboratorio.
Pero queremos contar contigo para definir el futuro de los programas formativos.
Me incliné hacia atrás en la silla, procesando la información. Roberto hablaba con cortesía, con esa mezcla suya de convicción y buena educación. Pero por dentro no podía evitar preguntarme quién había hablado de mí para este puesto. David, lo más seguro, susurró esa vocecita insidiosa en mi mente.
Recordé la discusión que habíamos tenido un par de días atrás. ¿Era esta su manera de asegurarse de que no cogiera un puesto en Corea que, en realidad, nunca me había planteado aceptar? No quería pensar mal de él, pero…
—Roberto —empecé—, no sé si…
—No pretendo que me contestes hoy —me interrumpió—. Solo piénsalo. Y ven cuando quieras a conocer mejor al equipo.
—Gracias —dije, esforzándome por sonar agradecido. Y lo estaba. Al menos una parte de mí.
Por otra parte, no podía dejar de preguntarme si aquella oferta era un reconocimiento sincero o, más bien, una oportunidad pensada no para impulsarme, sino para no dejarme marchar.
La tarde caía lentamente, y el sol se colaba por los cristales de mi despacho cuando regresé, con el dossier aún en la mano y los pensamientos dándome vueltas como un torbellino.
Encima de la mesa, el portaobjetos que David me había regalado descansaba en su soporte, reflejando la luz del atardecer.
La pequeña pieza de cristal parecía emitir un brillo frío, casi artificial, bajo la lámpara.
Al tocar su superficie lisa y transparente, recordé lo difícil que era distinguir lo auténtico de lo que había sido diseñado con cuidado para parecerlo.
Cuando me lo regaló, me dijo que era un recordatorio de que había cosas que solo yo podía ver. Pero en aquel momento, me parecía otra cosa: un aviso de que, quizás, estaba atrapado en sus redes.
Me sacudió una mezcla de amor, enfado e inseguridad. Todo parecía inquietantemente entrelazado: el puesto, la Fundación, David, el regalo… Como si mi vida estuviera urdida en un tejido que no podía deshacer sin romperme.
Fue entonces cuando Daniel apareció en la puerta del laboratorio, interrumpiendo mi monólogo interior con su luminosa presencia.
—¿Qué, jefe? ¿Ya de vuelta? Estaba a punto de hacer la lectura de densidad. —Se acercó a mí con esa sonrisa que nunca desaparecía—. ¿Pasa algo? —añadió al notar mi expresión—. Te juro que no he abierto la incubadora de anaerobios…
Sin apartar la mirada del portaobjetos, le tendí el dossier . Daniel lo cogió con curiosidad y lo hojeó.
—¿Y esto qué es?
—Una oferta de trabajo —respondí, lacónico.
—¿En el equipo directivo de la Fundación íCaro?
— Sip —confirmé.
—¿Y tendrías que dejar el laboratorio? —preguntó, con cierta aprensión.
—No. La idea es que los compatibilice, que organice mi horario entre el laboratorio y la Fundación como me convenga.
La expresión de Daniel se tornó inquisitiva. Agitó el dossier junto a su oído, como si esperara escuchar algún sonido proveniente de él; luego lo sacudió y miró hacia el suelo, fingiendo que creía que algo iba a caer. Al final, lo acercó a su nariz y aspiró profundamente.
Yo lo miraba estupefacto.
—Pues no lo encuentro —dijo al fin, hojeando el dossier página a página.
—¿El qué? —pregunté, perplejo.
—La pega que hace que tengas esa cara de funeral.
—Trae eso, idiota —dije, arrancándole el dossier de las manos.
—Espera, que aún no le he pasado la tira de yoduro potásico, no sea que esté envenenado con arsénico —dijo con tono absolutamente serio.
A mi pesar, sonreí.
—¿Me vas a decir ya cuál es el problema? —añadió, alzando una ceja.
Tragué saliva.
—David es el presidente de la Fundación íCaro.
Él asintió.
—Lo sé. Le vi dando un discurso hace como un mes, ¿recuerdas? De hecho, ¿no iba a dejar la presidencia?
—Está en proceso de hacerlo —respondí—. Pero esa no es la cuestión.
—¿Y cuál es?
—Que ya tengo bastante trabajando en unos laboratorios que pertenecen a la empresa que él dirige, como para aceptar ahora otro puesto en… —Me detuve—. ¿Cómo voy a escapar a las sospechas de favoritismo, cuando todo el mundo piensa…?
—No todo el mundo —me interrumpió Daniel—. Mucha gente aquí sabe que eso no son más que habladurías.
—Ya, pero esa no es la única pega.
Me dejé caer en el sofá del despacho.
—David y yo discutimos hace unos días —le expliqué—, por una tontería, en realidad. Clara va a montar una empresa de cosmética en Corea y me dijo, medio en broma, que me fuera con ella como director de I+D.
—¿Te ofreció ese puestazo? —exclamó.
—Fue medio en broma —repetí—. Y aunque hubiera sido en serio, ¿cómo me voy a ir a Corea y dejar a mi familia atrás? En todo caso, y como nunca le di importancia, ni siquiera se me ocurrió comentárselo a David. El otro día quedamos con su hermana y ella bromeó con que no acepté trabajar con ella y…
—…Y David se tomó a mal que no le hubieras dicho que había una oferta sobre la mesa —terminó él por mí.
—Lo que es peor: me acusó de ocultarlo para tenerlo como un as en la manga. Por si acaso.
Daniel alzó la vista, sorprendido.
—Vaya con tu marido. —Suspiró.
Se hizo un silencio. Daniel miró de nuevo el dossier , pero esta vez con otros ojos.
—Entonces… ¿Crees que esto tiene que ver con esa discusión?
—No lo sé. Quiero creer que no, pero… —Me pasé una mano por el pelo—. Él parece pensar que yo he dudado si irme a Corea, y ahora aparece esto, así, como caído del cielo.
Daniel se sentó a mi lado en el sofá. Su mirada se volvió más aguda.
—Parece un movimiento bastante calculado —dijo con suavidad.
Asentí.
—No quiero pensar eso de él, pero no puedo evitar hacerlo.
—Piensa mal y acertarás —recitó Daniel. Había algo inquietante en su media sonrisa—. Ya me habías dicho que David era posesivo, pero esto es otro nivel…
El silencio volvió a colarse entre nosotros. Yo no sabía si lo que sentía era rabia o tristeza, o ambas cosas. Daniel se incorporó con lentitud.
—¿Y qué vas a hacer?
—No lo sé. No voy a tomar ninguna decisión ahora. Estoy demasiado… —¿Confuso? ¿Enfadado? Ni siquiera sabía cómo me sentía.
—Será mejor que vaya a hacer la dichosa lectura. —Me puso una mano en el hombro y murmuró—: Ten cuidado.
—Al final, sí que nos va a hacer falta la tira de yoduro potásico —intenté bromear.
Cuando volví a mirarlo, su rostro era imposible de descifrar.
—Te veo luego, jefe —dijo con un gesto de cabeza. Y se fue.
Volví a mirar el dossier y me quedé solo con mis pensamientos.
Cuando entré en casa, el salón estaba sumido en penumbra y el aire conservaba aún el olor de una cena reciente. Dejé las llaves sobre la consola y, sin encender la luz, avancé hasta el centro del salón con el dossier aún en la mano.
David bajaba descalzo las escaleras, con el pelo ligeramente revuelto. Se detuvo al verme y esbozó una sonrisa, tenue pero sincera.
—Así que ya te han hecho la oferta.
Me encogí de hombros, sin saber muy bien qué decir. Aún no había procesado lo que sentía. David se acercó, tomó el dossier con delicadeza, hojeó un par de páginas y levantó la vista. Tenía ese brillo en los ojos que reservaba para los proyectos que de verdad le ilusionaban.
—Supongo que habrá sido una sorpresa, pero hasta tú mismo tienes que admitir que el puesto es perfecto para ti.
Intenté corresponder a su entusiasmo, pero algo dentro de mí se resistía. Esa sombra de sospecha que llevaba horas gestándose tomó forma en mi garganta antes de que pudiera frenarla.
—¿Perfecta para mí o perfecta para tu marido?
—¿Cómo? —La confusión se dibujó en los ojos de David, antes de que la comprensión los abriera con brusquedad—. ¿Crees que…? ¿De verdad tienes que pensar siempre lo peor de mí?
—¿Fuiste tú quien me recomendó? —pregunté a bocajarro.
David parpadeó, sorprendido por el cambio de tono. Dejó el dossier sobre la mesa y se cruzó de brazos.
—Quiero saber si esta oferta ha llegado por ti —insistí—. Si tú hablaste con Roberto. Si tú lo moviste todo.
—Cuando me preguntaron qué opinaba acerca de ofrecerte el puesto, por supuesto que dije que estabas más que capacitado, pero no —negó—, la iniciativa no surgió de mí.
—Y se supone que yo tengo que creérmelo.
David alzó las cejas con incredulidad.
—Así que es eso lo que piensas de mí: tu marido, el rey de la manipulación, actúa de nuevo —soltó, con una sonrisa amarga.
—No puedo evitar pensar que todo esto está apañado, que después de lo que me dijiste el otro día…