A través del sexo. La saga completa 12. El verdadero motivo #2
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12. El verdadero motivo #2

Habían pasado unos días desde aquella conversación con Clara en el café y la posterior discusión con David.

Desde entonces, había hecho lo posible por no pensar demasiado.

Me limitaba a seguir el ritmo: trabajar, entrenar, dormir.

Funcionaba mejor si me mantenía ocupado que si me detenía a analizar todo lo que se deshacía a mi alrededor.

Aquella mañana no tenía nada de especial.

Estaba donde más me gustaba estar: en el laboratorio, concentrado en el trabajo.

Uno de los cultivos que llevábamos semanas siguiendo parecía prometedor, y eso me estaba haciendo sonreír.

Daniel, a mi lado, revisaba los resultados con el entusiasmo que lo caracterizaba.

En momentos como aquel, en los que lo único que nos unía era la ciencia, no quedaba ni rastro del dios griego que, aquella noche en el Sodoma, me había hecho sentir más vulnerable de lo que estaba dispuesto a admitir.

Lo más probable es que él hubiera estado tan borracho como yo y ninguno de los dos pensaba con claridad.

De hecho, que no hubiera hecho ningún comentario al respecto me hacía dudar de si siquiera lo recordaba.

Lo observé mientras escribía rápidamente en su tableta.

Daniel ya había depositado su tesis y ahora comenzaba la espera.

Primero debía pasar por el proceso de revisión formal de la comisión de doctorado.

Después, si no surgía ningún imprevisto, se formaría el tribunal y le darían fecha para la defensa.

Era cuestión de semanas. Me constaba que había puesto todo de su parte y que, pese a su carácter despreocupado, se tomaba muy en serio lo que hacía.

—¿Has visto esto? —le hice notar, señalando el monitor del espectrofotómetro—. A las 24 horas, la densidad óptica se ha disparado. Más de 1,3 a 600 nm.

—¿Demasiado? —preguntó, ladeando la cabeza.

—Depende. Si el objetivo es una liberación sostenida de metabolitos antiinflamatorios, puede que necesitemos controlar mejor la tasa de crecimiento. Pero en términos de viabilidad, es excelente. Esta cepa responde mejor en medio con extracto de algarrobo que en el estándar.

Él asintió y volvió a anotar, temiendo que se le escapase algo esencial. Me gustaba cómo lo comprendía todo al vuelo. Me recordaba a mí mismo cuando empecé.

Estábamos trabajando con una cepa modificada de Lactobacillus rhamnosus , diseñada para producir pequeñas cantidades de butirato y GABA.

En modelos celulares había mostrado potencial en la reducción de citoquinas proinflamatorias.

Aún estábamos lejos de los ensayos clínicos, pero los cultivos iban bien.

Me acerqué a la estufa para sacar las placas incubadas durante la noche cuando alguien tocó a la puerta.

—Noah, te llaman al teléfono de tu despacho —dijo Eva desde el umbral. Llevaba una carpeta en la mano y esa cara de quien va con prisa y no tiene tiempo para tonterías.

—¿Quién? —inquirí.

Se encogió de hombros, como si ni lo supiera ni le importara, y se marchó con evidente impaciencia.

—Voy a ver —le dije a Daniel.

Deseché los guantes y me lavé cuidadosamente las manos. Caminé por el pasillo, impregnado por el olor familiar a etanol, medios de cultivo y café viejo. Llegué a mi despacho y descolgué el teléfono.

—¿Diga?

—Noah, soy Roberto Molina —respondió una voz que no escuchaba desde hacía tiempo—. ¿Te pillo en mal momento?

—La verdad es que…

—Ya, ya lo sé: estás trabajando —interrumpió, con una risita al otro lado—. Me has prometido dos veces que vendrías a visitar las oficinas, y tengo la sensación de que hoy es el día perfecto para que cumplas tu promesa.

—Justo hoy no es el mejor momento —repuse, apoyando el codo sobre la mesa y frotándome la frente—. Estamos monitorizando una cepa nueva. Tengo que hacer un recuento de colonias y revisar las curvas de crecimiento esta tarde.

—¿Una cepa nueva? —preguntó, divertido—. ¿Qué pasa, que si no la vigilas tú personalmente, se escapa?

—Más o menos —respondí, y me sorprendió que Roberto consiguiera arrancarme una sonrisa—. El seguimiento no es automático, y si dejamos las placas sin procesar más de veinticuatro horas, los resultados se desvían. Estamos buscando correlaciones con la producción de butirato, y necesitamos precisión.

—¿Y no puedes dejarlo en manos de alguien de confianza?

Me mordí el labio inferior, dudando.

—Supongo que mi becario podría hacerlo… —admití.

—Perfecto entonces. Te espero en media hora, más o menos.

—Roberto…

—Mira, no quiero meterte prisa, pero hay algo que me gustaría enseñarte. Y prefiero hacerlo en persona.

Suspiré, consciente de que ya no me quedaban más excusas.

—Vale. Pero solo puedo ausentarme del laboratorio un rato.

—Pues te pierdes el almuerzo al que pensaba invitarte después.

Volví a sonreír. No sabía si lo decía en serio o en broma, pero empezaba a entender por qué David le tenía en tanta estima.

—Te veo en media hora —prometí.

—Aquí te espero.

Colgué. Miré por la ventana, como si esperara encontrar allí una razón para quedarme, pero no la encontré. Así que volví al laboratorio.

—Daniel —dije al entrar. Él alzó la vista de inmediato—. Tengo que salir un par de horas. ¿Puedes encargarte tú del seguimiento?

—Claro —respondió sin dudar.

—Toma las lecturas de densidad a las doce y, si aún no he vuelto, también a las dos, igual que hicimos ayer, ¿vale? Si ves que la curva se aplana, apunta la hora. Y guarda las placas del lote B6 en la estufa secundaria —le pedí—. Las quiero usar mañana para el test de estabilidad.

Él asintió, tomando nota en su tableta.

—¿Algo más?

—Sí. No abras la incubadora de anaerobios hasta que pasen las 48 horas. Ni siquiera por curiosidad.

—Ni por curiosidad —repitió, sonriendo.

Le di una palmada suave en el hombro y me dirigí a la salida. Mientras caminaba hacia la entrada del edificio, no podía evitar preguntarme qué sería tan importante como para que Roberto insistiera en contármelo en persona.

Me dirigí hacia la torre Van Kerckhoven, recordando que la primera vez que había entrado allí fue, precisamente, para entrevistarme con Roberto Molina y que, en ambas ocasiones, lo hacía sin saber muy bien qué esperar.

Por pura familiaridad, atravesé el hall sin fijarme en los murales art déco que me habían fascinado cuando tenía diecisiete años. Veinte años después, el edificio seguía siendo tan imponente como siempre; era yo, reflexioné, quien había cambiado.

Pasé de largo a la recepcionista, mostrándole mi tarjeta identificativa, y me dirigí a los ascensores.

Sabía a dónde tenía que ir. Tras aquella primera entrevista con Roberto, había estado varias veces en las oficinas de la Fundación durante mis años universitarios, pero me di cuenta de que no había vuelto desde que terminé los estudios.

Las puertas de bronce del ascensor se abrieron ante mí y salí en el décimo piso. Creía recordar dónde estaba el despacho de Roberto y, tras dar un par de vueltas, reconocí la pesada puerta doble de madera.

—¿Roberto? —pregunté, tras llamar suavemente y entreabrir la puerta.

—Noah, pasa —me recibió, levantándose de su mesa para darme un apretón de manos firme—. ¿Cómo estás?

—Bien, gracias —respondí, aún algo descolocado por no saber del todo qué hacía allí.

—Acompáñame —dijo, guiándome de vuelta al pasillo—. Vamos a dar una vuelta. Así te enseño cómo ha cambiado todo esto.

Salimos y nos internamos en el corazón de la Fundación.

Durante casi media hora me llevó por un recorrido que tenía algo de teatral. Me mostró las distintas oficinas con entusiasmo. Lo cierto era que, aunque mi desconcierto persistía, me sorprendió ver hasta qué punto la Fundación íCaro había crecido.

—Aquí está el Departamento de Evaluación de Candidatos. Son los que revisan los perfiles de estudiantes y las propuestas que nos llegan desde centros colaboradores. Allí, el equipo de Seguimiento Académico, que mantiene el contacto con los becados una vez que empiezan sus estudios.

—¿Como un sistema de tutorías? —pregunté.

—Exacto —respondió, orgulloso—. Ahora cada becado tiene asignado un mentor profesional dentro del Grupo VK durante la duración de su beca.

—Vaya —dije, genuinamente impresionado.

También me habló de los nuevos acuerdos internacionales y de los programas estratégicos que impulsaban, como el artístico anunciado unos meses atrás.

Pasamos por una sala con planos de instalaciones, maquetas y carteles de iniciativas recientes.

—Y este es el nuevo programa de expansión para Latinoamérica. Sabes que vamos a empezar a colaborar con centros de secundaria en México, Colombia, Argentina… Mucho talento, pero pocos recursos.

—Tiene sentido —asentí.

Al final, volvimos a su despacho. Roberto me ofreció un café y volvió a sentarse frente a mí, pero ya no quedaba rastro del tono distendido con el que me había recibido. Se aclaró la garganta, y supe que estaba a punto de descubrir el verdadero motivo de mi visita.

—Mira, Noah, llevo un tiempo queriendo hablar contigo.

Sabes lo importante que eres para esta fundación.

No solo por ser uno de nuestros becados más célebres, sino porque representas todo lo que queremos que logren los estudiantes a los que apoyamos.

Estudiaste gracias a la Fundación, te doctoraste, trabajas en BioKerck… Nos enorgullece tanto tenerte en casa.

Asentí con una leve sonrisa. Ya intuía por dónde iba.

—Te lo digo porque necesitamos a alguien que asuma un puesto dentro del equipo directivo y, como ya te habrás imaginado, hemos pensado en ti.

—¿Por qué yo?

—Pero si te lo acabo de decir —exclamó con una sonrisa, como si no entendiera mi escepticismo—.

Dirección de Docencia y Gestión de Becas.

Necesitamos a alguien que entienda las dos caras: la de quien recibe ayuda y la de quien puede devolverla.

Alguien que conecte con los estudiantes y que sepa cómo se mueve el engranaje del Grupo VK.

Eres perfecto para el puesto: joven, exitoso, te gusta la docencia… Se ha hablado mucho de ti últimamente.