A través del sexo. La saga completa 12. El verdadero motivo
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12. El verdadero motivo

EL VERDADERO MOTIVO

E l sol del mediodía calentaba la terraza de la cafetería, pero ni el murmullo de la gente ni el choque de las tazas lograban aligerar el peso que sentía en mi pecho.

Frente a mí, Clara se había acomodado en una silla, con las gafas de sol sobre la cabeza, y a mi lado, David removía distraídamente el café, sin apartar la vista de su hermana.

Había sido Clara quien nos había citado a los dos aquel día, y aunque aún no había dicho por qué, sospechaba que no era solo para ponernos al día.

Habían pasado apenas unos días desde el Orgullo.

Íker, que ya había terminado la EBAU —y con ella, las interminables sesiones de estudio—, seguía sin pasar mucho tiempo en casa.

Sospechaba que nos evitaba a David y a mí por razones distintas, pero lo cierto es que nos evitaba.

Y tampoco es que David estuviera muy disponible.

Decía que andaba liado ultimando los detalles de su salida de la empresa, pero desde la noche del desfile se había vuelto a encerrar en sí mismo.

No habíamos hablado de lo que pasó, pero yo sentía que algo lo estaba carcomiendo, y que tenía que ver conmigo.

—Bueno. —Clara carraspeó tras unos minutos de charla intrascendente—. Hay algo que tengo que deciros.

De repente, me di cuenta de que estaba jugando en actitud nerviosa con la cucharilla de su café.

Vi cómo buscaba las palabras, y supe que iba a decir algo que no nos iba a gustar.

David también debió notarlo, porque se tensó ligeramente, como si intuyera que lo que su hermana iba a decir era importante.

—Ya tengo fecha para irme definitivamente a Corea —anunció, sin rodeos—. Me voy en tres semanas.

Sus palabras me cogieron desprevenido. Sabía que planeaba irse, pero nunca, hasta ese momento, lo creí de verdad.

—¿En serio? —preguntó David, frunciendo el ceño—. ¿Tan pronto?

—Sí —dijo ella, mientras sus dedos seguían jugueteando con la cucharilla, tal vez para evitar mirarnos—. Lo decidí hace poco. Tengo algo de miedo, pero sé que cuanto antes me vaya, mejor.

David asintió despacio, pero había un brillo extraño en sus ojos. Bajó la mirada hacia su taza y, cuando volvió a hablar, su voz sonó más baja.

—Me alegro por ti. —Aunque sonreía, no percibí en él el menor rastro de alegría—. ¿Has hablado ya con mamá?

—Sí, se lo dije justo antes de venirme a España.

David se recostó en la silla y suspiró.

—¿Y qué te ha dicho?

—Que voy a hacer algo muy grande. Que le da mucha pena que me vaya, pero que está orgullosa de mí.

—Yo también estoy orgulloso de ti —aseguró él, alargando la mano para coger la de Clara. Ella le apretó los dedos y se sonrieron con tristeza, con esa complicidad que solo tienen los hermanos.

—¿Y Moisés? —pregunté, en cuanto sentí que empezaba a procesar la noticia.

Clara respiró hondo y miró hacia la calle, como buscando fuerzas. Cuando me miró de nuevo, comprendí que había tomado una decisión.

—Vamos a romper —anunció, con una mezcla de tristeza y resolución—. Lo hemos hablado y no queremos alimentar una relación que sabemos que no sobreviviría a la distancia. —Parpadeó rápidamente para contener las lágrimas y volvió a mirar hacia fuera, como si necesitara recomponerse.

Sentí un nudo en la garganta; esa decisión me dolía a mí también.

—Lo siento —le dijo David.

Ella asintió.

—No es lo que él quiere y yo… —Nos miró con la mirada empañada—. Lo quiero, Noah, pero no voy a renunciar a mi sueño. Y él, con las niñas en custodia compartida, no está dispuesto a dejar el país.

—¿Se lo propusiste? —Me sorprendí.

—No —negó—. ¿Para qué? Sé lo que me va a decir.

—Pero es lo que tú querrías.

—Si me estás preguntando si, en un mundo ideal, me iría a Corea con tu hermano, la respuesta es que sí. Y contigo también —añadió medio en broma, recordando la fútil oferta de trabajo que me había hecho meses antes.

—Los hermanos Estévez dejándote tirada, ¿eh? —susurré en tono cariñoso, mientras le cogía la otra mano.

—Y que lo digas —asintió.

David nos miraba de hito en hito.

—Me he perdido —confesó.

Clara sonrió.

—Quería que Noah fuera mi jefe de proyecto —explicó—, pero no quiere venir conmigo. Parece que la vida se empeña en llevarnos por caminos distintos.

—Hubo una época en la que pensábamos que trabajaríamos juntos —le recordé.

Clara sonrió, algo apenada.

—Sí. Íbamos a montar nuestra propia empresa, ¿recuerdas?

Justo entonces, el teléfono de David empezó a vibrar. Miró la pantalla y frunció el ceño.

—Un momento. —Se incorporó—. Es Hugo, tengo que cogerlo. Ahora vuelvo.

Se alejó unos pasos, llevándose el móvil al oído. Clara lo siguió con la mirada hasta que desapareció entre los parasoles. Luego suspiró y se volvió hacia mí.

—Así que las cosas siguen mal —dijo, sin molestarse en preguntarlo.

—No sé por qué aún me sorprende lo perceptiva que eres —repuse, con algo de ironía.

—¿Crees que lo podréis arreglar? —Había evidente preocupación en su voz.

Sé que se interesaba por mi bienestar, pero sobre todo por el de su hermano.

—Espero que sí —dije, esforzándome por creerlo—. Pero no así…

Ella apoyó los codos en la mesa y se inclinó hacia mí.

—¿Así cómo?

—Con esta sensación de estar perdiéndonos. Como si cada día todo pesara un poco más. Como si el cariño no bastara.

Clara asintió, comprensiva. Pero también firme.

—A veces el amor no es suficiente, ¿eh? —Evocó una conversación que habíamos tenido meses atrás. Aparté la mirada al sentir que mis ojos comenzaban a arder—. ¿Pues sabes lo que yo creo? Que a veces sí lo es. Depende de cuánto estés dispuesto a pelear por él.

—No soy el único que tiene que pelear —respondí, y me di cuenta de que había un temblor en mi voz—. David también tendría que luchar. Y no lo está haciendo. O no conmigo.

Clara me observó en silencio unos segundos. Luego, sin decir nada, me cogió de nuevo la mano. Su contacto era cálido, sereno.

—David lo que está es aterrado —me confesó—. Te adora, Noah, y sé que haría cualquier cosa por ti. No entiendo cómo no conseguís arreglar vuestros problemas.

—Parece fácil cuando lo expones así, pero… —Me encogí de hombros. No sabía cómo explicarle las sutiles maneras en las que nos habíamos ido alejando— … No lo es —concluí—. No sé qué hacer.

David regresó justo entonces, guardándose el móvil en el bolsillo. Tenía el gesto serio, pero se recompuso con rapidez al vernos.

—Perdonad —dijo—. Era algo urgente.

Se sentó de nuevo mientras yo evitaba su mirada e intentaba recomponer el rostro. Clara le sonrió con dulzura, pero no añadió nada más, tal vez para darle la oportunidad de decidir si quería retomar la conversación anterior. Pero David no lo hizo.

Miró su taza vacía y luego a nosotros.

—¿Pedimos otro café? —preguntó, con una sonrisa forzada.

Clara y yo asentimos. Y aunque ninguno lo dijo, los tres supimos que algo había cambiado. Que ese momento, tan pequeño, contenía más despedidas de las que podíamos asumir.

La calle estaba casi desierta a aquella hora.

El calor del asfalto se nos colaba por las suelas y ralentizaba nuestro paso.

Caminamos en silencio durante un buen tramo, cada uno absorto en sus propios pensamientos.

Sabía que David le daba vueltas a algo; lo notaba en la forma en que apretaba la mandíbula, en cómo evitaba mirarme a pesar de caminar a mi lado.

—No sabía que Clara te había ofrecido trabajar con ella en Corea —dijo, cuando por fin se decidió a hablar.

Lo soltó con una neutralidad tan forzada que sonó más a reproche que a comentario.

—No fue nada —respondí enseguida—. Fue durante una conversación informal. Ya sabes cómo es tu hermana… No hablaba en serio.

David asintió, pero no parecía convencido.

—Aun así, podrías habérmelo comentado.

—No pensé que hiciera falta. Además, fue hace meses. Casi lo había olvidado. —Y, encogiéndome de hombros, añadí—: Ni siquiera me lo planteé en ese momento.

Se detuvo, obligándome a frenar a mí también.

—¿Seguro que no te lo planteaste?

Hablaba sin levantar la voz, pero la intensidad de sus ojos me atravesó.

—¿Qué quieres decir?

—Que a veces uno no cuenta ciertas cosas no porque no importen, sino precisamente porque importan demasiado.

—¿Eso es lo que crees que pasó? —repliqué, más seco de lo que hubiera querido—. Clara me lo dijo medio en broma. Y no, no lo oculté porque fuera importante para mí.

—¿Estás seguro de eso?

—¿Y tú estás seguro de que quieres seguir acusándome de cosas sin sentido? —contraataqué.

El silencio que siguió fue incómodo, denso, y el aire se volvió espeso entre nosotros.

—Solo me parece raro —continuó David, con ese tono tranquilo que me sacaba de quicio—, que ni siquiera lo mencionaras. Como si te lo hubieras guardado por si acaso.

—¿Por si acaso qué? —pregunté, sintiendo cómo se me acaloraba el rostro—. ¿Por si tú y yo seguimos cuesta abajo y decido desaparecer?

—No lo he dicho yo.

—Pero lo estás insinuando —le espeté.

David suspiró y echó a andar de nuevo. Tardé un segundo en seguirlo. Caminamos otro tramo sin decir nada, hasta que llegamos al portal de casa.

—Noah —dijo justo antes de meter la llave en la cerradura—, estoy intentando entenderte, pero a veces me lo pones difícil.

—¿Y tú crees que a mí me resulta fácil entenderte a ti? —solté, sin pensar.

Me dolía que dudara de mí, que siguiera sin confiar del todo, pero luego recordé las cosas que le había ocultado en el pasado… y las que aún seguía ocultándole. El enfado comenzó a enfriarse, dejando paso a algo más corrosivo: la culpa.

Entramos al edificio. El eco de la puerta cerrándose detrás de nosotros sonó como una sentencia.

Subimos en silencio en el ascensor. Cada segundo que pasábamos en silencio se sentía más pesado que el anterior.

No sabía qué me molestaba más: que él hubiera dudado de mí o que, aun así, yo siguiera siendo no del todo sincero.