11. Orgullo #3
—Voy a buscar a Pablo —dije en tono casual—. No quiero dejarlo solo. Está un poco depre.
¿Fue decepción lo que vi en los ojos de Daniel? Pero el foco de luz dejó de iluminarlo una décima de segundo más tarde, dejando sus facciones en la sombra.
—Ve. —Su voz tan falta de aliento como la mía—. Ya nos veremos por ahí.
Me alejé de él y, por instinto, fui a coger mi móvil para mensajear a Pablo y ver por dónde andaba, pero con la misma volví a guardarlo al verlo frente a mí, apoyado contra una de las columnas y escribiendo en su teclado.
—¿Te lo has pasado bien? —preguntó, sin dejar de teclear.
—Sí, pero hay muchísima gente aquí, no dejaban de darme codazos.
—Hay que tener un cuidado con las cosas puntiagudas que nos pueden clavar… —me dijo, levantando por fin sus ojos hacia mí.
Su tono no me pasó desapercibido, así como el hecho de que parecía mucho más sobrio que una media hora atrás.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Estabas tan pegado al yogurín ese que seguro que sabes de qué te hablo.
Incliné la cabeza.
—Solo estábamos bailando.
—No parecía eso desde aquí —contestó, muy serio.
¿Estaba Pablo enfadado conmigo?
—¿Por eso no te fuiste de ligoteo, porque estabas vigilándome?
—Al parecer, alguien tiene que hacerlo.
—Estás borracho, Pablo —le espeté, hastiado de él.
—Y tú también —repuso en igual tono—. Y a veces, si no recuerdo mal, cuando te pones contentillo, se te va un poco el tino.
—Y a ti también.
—Pero yo no tengo nada que perder, ¿a que no? —me retó.
—Me voy a casa —anuncié, sin más ganas de fiesta.
—Sí —convino él—, será lo mejor.
No le contesté, sino que me di la vuelta y me apresuré hacia la salida del local, que estaba llena de gente que quería entrar.
Ni siquiera en la calle sentí que podía tomar aire fresco, de lo abarrotada que estaba.
Avancé con esfuerzo hasta encontrar una callejuela lateral por la que escapar del gentío.
De repente, el imperioso deseo de estar en casa me tomó y quise estar allí cuanto antes, pero coger un taxi la noche del desfile del Orgullo era una quimera, y los servicios públicos eran un horror a esas horas.
Así que me decidí a ir a pie hasta casa.
Mientras caminaba y me iba alejando de la zona de fiesta, la ciudad se iba haciendo más y más desierta y silenciosa, y el aire, que a esas horas había refrescado un tanto, me ayudó a aclararme las ideas lo suficiente como para analizar lo que había ocurrido.
No podía evitar pensar que el encuentro de Pablo con Samuel había influenciado un tanto en su ánimo, y que eso pudo contribuir a nuestra discusión, pero había algo más profundo que eso, algo que me había hecho enfadar a mí.
No había que ser un lumbrera para darse cuenta de que, simple y llanamente, me había sentido aludido.
Parte de lo que Pablo me dijera había resonado en mí porque lo sentí como la verdad.
Aquella noche, mientras bailaba con Daniel, me había sentido bien, a gusto, seguro conmigo mismo y atraído por él.
Y aquel pensamiento me asustaba. Un leve escalofrío de sensualidad me recorrió al recordar el tacto de su cuerpo contra el mío, la intensidad de su mirada, sus manos recorriendo mi cintura.
Pablo tenía razón: me había dejado llevar más de la cuenta y quién sabe lo que podía haber ocurrido aquella noche de no haber estado un tanto alerta.
Quizás Pablo había tenido razones para vigilarme, porque estaba visto que no podía confiar en mí mismo.
Y fue ese pensamiento el que me hizo apretar el paso de camino a casa, intentando alejarme a grandes zancadas de todo lo que no quería sentir.
La puerta del ascensor, al abrirse, hizo más ruido del que hubiera querido.
Me deslicé por el salón sin encender las luces, como si así pudiera borrar las horas que llevaba fuera.
Me di una rápida ducha en el baño del piso inferior para no molestar con el sonido del agua y subí las escaleras en silencio, colándome en el dormitorio como un ladrón. David dormía de lado.
Me despojé del albornoz y me metí en la cama, procurando no remover demasiado las sábanas. Me acomodé como pude, intentando no rozar su cuerpo. Apenas había cerrado los ojos cuando sentí cómo su brazo se enroscaba en mi cintura, tibio y firme.
—¿Qué hora es? —preguntó. Su voz, rasposa de sueño.
—Tarde. Siento haberte despertado —musité en la oscuridad.
—No pasa nada. ¿Qué tal lo has pasado?
Tardé un segundo de más en contestar.
—Bien. Estuvo bien. Había muchísima gente…
Me odié un poco por lo fácil que me resultaba omitir información.
—¿Y Pablo? —suspiró contra mi cuello, acurrucándose aún más contra mi cuerpo desnudo.
—Se encontró con Samuel. Dice que ya no siente nada por él.
—¿Y cómo estaba Samuel?
—Parecía estar genial, pero ¿adivina qué? Su amante me tiró los trastos.
—¿El tío por el que dejó a Pablo?
—Fue más complejo que eso, pero sí, ese mismo.
—Bueno —dijo David, y creí intuir una sonrisa en su tono—, al menos el tío tiene buen gusto. ¿Y qué? ¿Alguien más te tiró los trastos?
—Ya sabes cómo son los desfiles del Orgullo…
—Y las fiestas del Sodoma. ¿Y no te encontraste con Daniel? —añadió, muy tranquilo.
Tragué saliva.
—No. ¿Por qué lo preguntas?
Silencio. Sentí cómo su mano se retiraba lentamente de mi cintura.
—Por curiosidad. —Se alejó de mí para tumbarse boca arriba.
No sé cómo, pero tuve la indudable sensación de que David se había dado cuenta de que le estaba mintiendo. Sentí que algo se rompía entre nosotros, sin ruido, pero con mucha fuerza. Como un cristal grueso que se resquebraja por dentro antes de hacerse añicos.
—Íker todavía no ha llegado —añadió.
—¿Has sabido algo de él? —me preocupé.
—Me escribió hace unas horas. Al parecer siguen de fiesta.
—Oh.
No supe qué más decir. Él tampoco esperó respuesta. Se dio la vuelta en la cama, dándome la espalda. Poco a poco, su respiración se fue relajando y supe que había vuelto a quedarse dormido. Pero yo, a pesar del cansancio, parecía incapaz de conciliar el sueño.
El silencio era tan grande que, hasta la cama, llegaba el sonido de unos lejanos fuegos artificiales.
Me envolví de nuevo en el albornoz que había dejado tirado a los pies de la cama y salí a la terraza. Desde allí se veían los fuegos, brillando en el cielo nocturno como si el mundo fuera perfecto. La ciudad aún celebraba, ajena a la quietud tensa de mi interior.
Porque dentro de mí, nada brillaba.