A través del sexo. La saga completa 11. Orgullo #2
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11. Orgullo #2

—Hay un puesto justo ahí detrás —le indicó Pablo—, vamos, que te digo dónde es.

Se alejaron unos metros, hasta la barra improvisada que estaba desbordada de gente.

Yo aproveché para revisar mi móvil mientras los observaba.

Hablaban como si nada, compartiendo alguna que otra sonrisa, charlando de algo que parecía hacerles gracia, pero con esa extraña cualidad que tienen las conversaciones que importan más de lo que aparentan.

Le envié a David el selfie que nos acabábamos de sacar y le escribí:

Esto está abarrotado de gente!!!

Vi enseguida cómo se conectaba a la aplicación de mensajería y me contestaba:

Estás guapísimo

Pasadlo genial!

Justo estaba guardando mi móvil cuando noté, por el rabillo del ojo, que alguien se me acercaba.

—No me quedé con tu nombre. —El tal Jose Ángel se acercó a mí más de la cuenta.

—Que corra el aire, que aquí no pillas cacho —le dije sin levantar la vista del móvil.

Jose Ángel se rio.

—Ah, tú debes de ser Noah.

Le miré inquisitivo.

—Pensé que no habías pillado mi nombre.

—Y no lo hice, pero Samuel me ha hablado de ti: el mejor amigo de su ex, un rubio buenorro que está en una relación exclusiva y que parece ser más estirado de lo que es en realidad —expuso, a modo de reto.

Esta vez sí que lo miré—. Tienes que ser tú, porque estás con Pablo, aparentas ser un estirado, no pareces querer ligar y, definitivamente, estás tremendo —me soltó.

Emití un ruidito que era entre un bufido y una risa. No me podía creer el descaro que tenía el fulano este.

—Samuel ha ido a por bebidas, ¿por qué no vas a ayudarle a traerlas, como el buen empotrador que eres?

—Porque estoy tanteándote, a ver si es verdad que solo aparentas ser un estirado. ¿Seguro que no quieres…?

—Que te pires. —Di un paso al frente para encararme con él. Algo en mi mirada le hizo retroceder.

—Pues no eres tan estirado, no —afirmó—, pero tampoco eres muy divertido.

—Anda y que te follen —le dije, de muy mal humor.

Me dedicó una última sonrisita antes de irse en dirección a Samuel, llevándose con él a su séquito.

Unos segundos después, Pablo regresó solo.

—Salvando la compañía presente, el gusto de Samuel para los hombres es pésimo —exclamé.

—¡Te lo dije! Es un verdadero gilipollas y, además… ¿Qué fue lo que te hizo?

Bufé de nuevo.

—Te lo juro, aún no sé si quería ligar conmigo o buscar pelea.

—Probablemente, las dos cosas —afirmó.

—¿Y bien? ¿Qué tal con Samuel?

Se encogió de hombros. Su sonrisa no era alegre, pero tampoco triste.

—Muy bien —me dijo, en tono casual.

—¿Muy bien? ¿Qué quieres decir con eso?

—Que lo he visto claro, Noah. No vamos a volver.

—¿Por eso lo querías ver hoy?

—Necesitaba saberlo. Necesitaba comprobar si aún había algo en él que yo aún quería… o si lo que quiero es otra cosa. Quizás lo que me hacía dudar era la idea de lo que fuimos. O de lo que no llegamos a ser.

—¿Y?

—Y sí, le sigo queriendo. Supongo que siempre le querré, pero ya no de esa forma.

Lo miré en silencio.

—¿Lo dices en serio? —pregunté. La esperanza de que se reconciliaran nunca me había abandonado—. ¿Y estás bien?

—¿Lo estás tú? —bromeó—, porque tu cara es un poema.

—Pablo…

Suspiró.

—Estoy bien. Aliviado —aclaró—. Triste, pero aliviado. Siento que me he quitado un peso de encima. Y lo que es más, pienso que él se siente igual.

—Me alegro por ti. Aunque sea algo triste, me alegra que puedas seguir con tu vida.

Pablo me dedicó la sonrisa más sincera que le había visto en todo el día.

—Gracias. Y ahora, por favor, sigamos la fiesta. Necesito cogerme la cogorza del siglo. No dejes de darme copas hasta que me desmaye —rio.

—Cuenta con ello —le prometí en igual tono.

Me pasó un brazo por los hombros y nos perdimos entre la muchedumbre.

La música me retumbaba en el pecho mientras nos adentrábamos en el corazón del Sodoma.

Era el final tradicional del desfile del Orgullo para muchos de sus asistentes y, siguiendo la tradición, hacia allí nos dirigimos sin tener que acordarlo previamente.

Rodeados de luces que parpadeaban en colores imposibles y un mar de gente que parecía no tener fin, nos sentíamos como en casa.

Para ese entonces, Pablo estaba ya bastante borracho y no hacía más que reírse por tonterías, flirtear con todo bicho viviente y agarrarse a mi culo como si no hubiera un mañana.

Bajo su influencia, yo mismo había bebido mucho más de lo que había planeado y, aunque sabía que al día siguiente estaría maldiciéndome, en aquel momento no podía más que reír con Pablo, bromear con todo el mundo y devolverle todos y cada uno de los pellizcones que me propinaba.

A pesar de haber cumplido mi vaticinio de que se liaría con alguien aprovechando el relativo anonimato que daba la algarabía del desfile, pensé que nada más entrar en el Sodoma querría buscar otro ligue, pero no parecía estar dispuesto a apartarse de mí.

En cuanto llegamos al centro del local, me agarró bien fuerte por la cintura y empezó a bailar conmigo.

Sonreí y me dejé llevar por él y por la música.

Nuestros cuerpos se acoplaron en una danza acompasada.

Rítmica. Obscena. Elevé la cabeza y reí cuando Pablo me mordió el cuello y me dijo alguna tontería al oído.

Hacía muchísimos años que él y yo no bailábamos así.

Aunque no pudiera parecerlo desde fuera, Pablo era para mí un espacio seguro y yo para él uno vedado.

Ambos lo sabíamos, pero aun así, decidimos fingir durante un momento que no era así.

Para un observador casual, nuestro baile no era más que un prolegómeno más para el sexo…

o una continuación del mismo. Y era divertido ver cómo los demás nos miraban, cómo incluso alguno se nos pretendía unir.

Era estimulante saber que, si quería ejercerlo, todavía tenía ese poder sobre otros hombres.

—Vaya, esto sí que es una sorpresa. —Escuché una conocida voz junto a mi oído a la vez que notaba cómo un cuerpo cálido y firme se abrazaba a mi espalda y acoplaba sus caderas a las mías para unirse al baile.

Pero yo no estaba tan borracho como para eso, así que me paré de golpe y me di la vuelta. Ahí estaba Daniel; esa sonrisa suya que siempre me había parecido cálida se me antojó entonces seductora, mientras que sus preciosos ojos pardos se clavaban en mí en la relativa oscuridad.

Noté cómo a mi espalda, Pablo también detenía todo movimiento, y sentí su mirada clavada en mi nuca.

—Pensaba que David y tú erais exclusivos… —dejó caer Daniel. Luego noté cómo su mirada se deslizaba hacia Pablo—. Hola —le dijo, reconociendo al ex de su tutor.

—¿Qué pasa, Dios del Olimpo? —repuso Pablo, acercándose a mí para rodear mi talle con sus manazas, como si yo fuera de su propiedad.

Fue entonces cuando me percaté del outfit de Daniel: llevaba una corona de laureles en la cabeza y vestía una pequeña túnica blanca. El resto de su piel, incluso su rostro, estaba impregnado de un sutil tinte dorado, que brillaba bajo las luces de neón. Era verdad: parecía un dios griego.

No todo el mundo decidía disfrazarse para el Orgullo, pero los que lo hacían era con la intención de seducir, y evidentemente estaba frente a uno de esos casos.

—Es casi mejor que tu disfraz de angelito —musitó Pablo en mi oído.

—¿Has venido tú solo? —dije, encontrando al fin mi voz—. Ya que eres un cazador solitario —solté sin pensar. Debía de estar más borracho de lo que creía si acababa de decir eso.

—Hoy no, estoy con unos amigos. —Había un brillo especial en sus ojos, pero no parecía estar bebido—. Siento haberos cortado el rollo —añadió.

—No nos has cortado ningún rollo.

—Un poquito sí —apuntó Pablo por encima de mi hombro.

—Ningún rollo —repetí, dándole un puntapié a mi amigo. Lo último que quería era que Daniel pensara que Pablo y yo estábamos liados.

Él elevó las cejas.

—No soy quien para juzgar.

Mierda.

—Pablo y yo solo estábamos haciendo el tonto —le aclaré.

—¿Entonces no es tu ligue? —preguntó, inclinándose hacia mí.

—Claro que no —afirmé con resolución.

—¿Y qué es, entonces, lo que te impide bailar conmigo?

Definitivamente, no me encontraba frente al Daniel de siempre. Había algo diferente en él. Era más atrevido, más desafiante. Más atractivo, me susurró una vocecita en mi cabeza.

Me tendió una mano, como si en vez de en la mayor bacanal del año, estuviéramos en un baile del siglo XVIII. Miré esa mano con cierta reticencia, pero luego recordé que ya había bailado con él antes, ¿qué había de malo?

—Solo un rato. —Me volví hacia mi amigo que, a lo largo de la conversación, había ido soltando su agarre sobre mí—. Aprovecha para buscar ligue; nos vemos luego.

—No —repuso él para mi sorpresa—, voy a pillar algo para beber. Estaré por ahí —dijo, alejándose de nosotros.

Me giré hacia Daniel, quien sonreía y, empezando a mover el cuerpo al ritmo de la música, se acercó a mí.

De nuevo, me dejé llevar, y no puse objeciones al sentir su mano sobre mi cintura.

Cerré los ojos y me concentré en moverme, en hacer que el vaivén de mi cuerpo contrarrestara el mareo que sentía por el exceso de alcohol.

Sentía el cuerpo de Daniel muy cerca del mío, pero el Sodoma estaba tan abarrotado que también sentía otros cuerpos contra mí.

La muchedumbre parecía ir empujándonos el uno contra el otro y, cuando empezó a sonar un tema muy popular y todos empezamos a brincar y gritar de entusiasmo, tuve que agarrarme a los hombros de Daniel para no perder el equilibrio.

Para cuando quise darme cuenta, estábamos prácticamente abrazados, nuestros pechos juntos, nuestros brazos rodeando al otro, nuestros rostros muy cerca.

Solo unos minutos antes había estado en esa misma posición con Pablo, pero Daniel no era mi mejor amigo.

Y, de pronto, supe que estaba justo donde él, ese joven increíblemente atractivo que hasta hace poco no era más que mi asistente, quería tenerme.

Y lo inquietante fue lo mucho que me gustó esa sensación.

Una alarma se encendió en mi cabeza y me aparté de él.