A través del sexo. La saga completa 11. Orgullo
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11. Orgullo

ORGULLO

L os días seguían pasando sin que nada pareciera cambiar.

David no se decidía a sincerarse con su hijo, y lo mismo podía decirse del chaval.

Padre e hijo apenas se comunicaban. Yo, que sentía que ya había intervenido demasiado, intentaba mediar lo menos posible.

Sabía que algo estaba madurando dentro de Íker, pero creía que presionarlo sólo serviría para que se cerrase aún más.

David, en cambio, andaba cada vez más tenso, como si la perspectiva de tener que abrirse a su hijo acerca de momentos de su vida tremendamente traumáticos para él fuera demasiado.

Sabía de primera mano lo cerrado que podía ser mi marido, lo mucho que le costaba compartir su vulnerabilidad, pero esperaba que estuviera dispuesto a hacerlo por el bien de su relación con Íker.

Y, mientras tanto, cada palabra que no intercambiaban empezaba a volverse más y más pesada.

Fue una de aquellas tardes a mediados de junio cuando, al llegar del trabajo, supe que algo había cambiado.

Sobre el aparador de la entrada estaban las notas de la EBAU de Íker, recién impresas y, por lo visto, dejadas ahí por él.

Debió de recibir un mensaje avisándole de que ya estaban disponibles y decidió consultarlas.

Como era de esperar, sus calificaciones rozaban la perfección, lo que despejaba por completo su ingreso en el Trinity College.

Y eso, pensé, era algo que él sabía tan bien como yo.

—¿Íker? —llamé, en voz alta, para saber si el chico estaba en casa.

—En mi cuarto —escuché su voz proveniente del piso superior.

Subí y me lo encontré leyendo en su cama.

—Felicidades —le dije.

Él se encogió de hombros, quitándole importancia a la notaza que acababa de sacar. Pero si no la tuviera, pensé, no se habría molestado en imprimirla y dejarla junto a la puerta para que yo la viera nada más entrar.

—¿Ya se lo has dicho a David?

—Le avisé cuando publicaron las notas, pero aún no había visto el resultado.

Asentí. Me tocaba a mí darle la noticia a mi marido.

—¿Quieres que hagamos algo para celebrarlo? ¿Pedimos algo para cenar?

—No tengo hambre.

Decidí no insistir.

—Como quieras. ¿Vas a salir?

Un nuevo encogimiento de hombros.

—No sé. Puede.

—Pues avísanos, ¿vale?

—Vale.

Y sin más, salí de su dormitorio.

Con la tarjeta de calificaciones en la mano, me dirigí a la terraza a esperar a que David volviera a casa.

El atardecer empezaba a teñirse de ese tono dorado que solo aparece cuando el verano es todavía una promesa, y el aire arrastraba una mezcla de calor y polen, junto al murmullo de risas, voces y tráfico que subía desde la calle.

Pero también había algo más, algo difícil de nombrar: esa vibración eléctrica que recorre una ciudad justo antes de unas fiestas.

Faltaban pocos días para el Orgullo, y la ciudad comenzaba a agitarse, como un cuerpo que se despereza antes de lanzarse al delirio.

Escuché el ascensor y me giré a tiempo de ver a David adentrándose en el salón, mirando el móvil con el ceño fruncido.

—Hola —le dije.

—¿Y bien? —preguntó sin levantar la vista de la pantalla.

Supuse a qué se refería.

—13,85 —le informé.

David asintió levemente. Las notas de Íker ya no sorprendían a nadie.

Fui a la cocina, saqué dos cervezas y bebí sin decir nada. David cogió la otra de mi mano y me siguió hasta la terraza. Sus silencios se estaban empezando a parecer demasiado a los de su hijo: cada vez más largos y densos.

—Le propuse a Íker pedir algo y cenar los tres juntos, para celebrar sus notas —le informé—. Pero dice que no tiene hambre.

David frunció el ceño.

—No me sorprende. Últimamente sólo quiere estar con sus amigos.

—Ya, ¿pero de verdad crees que es solo eso?

Él dejó el dispositivo sobre la mesa y se frotó los ojos. Los tenía algo enrojecidos y parecía que no había dormido muy bien. Estaba a punto de responder cuando oímos pasos bajando las escaleras. Íker cruzó el salón en silencio. Acababa de ducharse y llevaba una camisa de lino y pantalones cortos.

—¿Al final, sales? —le pregunté.

Asintió con la cabeza, sin detenerse.

—¿Y a dónde vas, si puede saberse? —inquirió David.

—A casa de Adri, con Greta y los demás. Vamos a cenar algo y a dar una vuelta. Ya hay bastante ambiente por el Orgullo —dijo mientras cogía las llaves y la cartera.

—Vale. Tened cuidado.

— Sip —respondió, saliendo por la puerta sin mirar atrás.

David se quedó observando el sitio que Íker había ocupado hacía solo un instante.

—Con nosotros no quiere cenar, pero con Greta y sus amigos siempre parece tener apetito.

Bebí otro sorbo de mi cerveza.

—Tiene casi dieciocho años. Todos somos así a esa edad. Y Greta y él… Bueno, ¿quién sabe?

—Apuesto a que están liados.

—Liados o no, es la persona en la que más confía —dije.

Algo en su expresión se quebró.

—Antes, esa persona éramos nosotros. —Un insondable dolor se traslucía en su voz.

—No le puedes pedir a alguien lo que tú mismo no le das —musité en tono neutro, para atenuar mi velada amonestación.

—¿Qué quieres decir con eso?

Me incliné hacia él. Dudé antes de hablar.

—Si tú no confías en él… Si no te abres… ¿Cómo esperas que él confíe en ti?

David bajó la mirada, como si el peso de todo el año cayera de repente sobre él.

—No es fácil, ¿sabes? —apenas le oí decir, la voz a punto de romperse.

—Lo sé —respondí—. Pero eso no lo hace menos necesario.

Me miró entonces y en su mirada no había reproche. Solo miedo. El miedo que da reconocer que, quizás, la distancia que crece entre tú y la persona que más quieres puede ser culpa tuya.

La ciudad era un delirio de color. A nuestro alrededor, una marea de cuerpos danzaba, gritaba y cantaba.

En cada esquina, una bandera, un altavoz, un beso.

En las calles del centro apenas cabía un alfiler.

Todo era piel, purpurina, sudor, lentejuelas y libertad.

Esa libertad ruidosa, vital, casi agresiva, que sólo nos permitimos porque sabemos que el resto del año no es del todo nuestra.

—Esto está a reventar —dijo Pablo, tratando de abrirse paso entre la multitud.

—Es el Orgullo, ¿qué esperabas? —contesté, esquivando por poco a una drag queen subida en unos tacones de vértigo.

Era el primer día realmente caluroso del año.

Íker había vuelto a salir con Greta y sus amigos del insti, mientras que David, tal como yo había predicho, había preferido quedarse en casa.

Yo no solo carecía de excusas para celebrar el Orgullo, sino que además, ese día tenía unas ganas tremendas de fiesta.

Pablo caminaba a mi lado, con unas gafas de sol absurdas y una camisa que no le había visto jamás, abierta hasta la mitad. Sonreía, hablaba con desconocidos y hacía gala de toda esa extravagancia que lo caracterizaba.

—¿Seguro que quieres estar aquí? —me preguntó mientras buscábamos un sitio donde tomar algo.

—Claro —dije con entusiasmo—. Necesito olvidarme de dramas, aunque sea por un día.

—Ah, el drama doméstico. Qué suerte tengo de estar separado —bromeó, pero enseguida se le fue la sonrisa.

—¿Has hablado con él?

—¿Con Samuel? No. Bueno, sí —se corrigió—. Anoche me escribió.

Le lancé una mirada inquisitiva.

—¿Y?

—Me dijo que vendría hoy con unos amigos. Que si nos veíamos. Le dije que sí.

Enarqué las cejas.

—¿Y eso?

—No entiendo por qué te extrañas. Rompimos hace meses. ¿Y David al final no se animó a venir? —preguntó, seguramente para poder cambiar de tema.

—¿Al desfile del Orgullo? —Me reí—. Ni aunque me hubiera puesto el disfraz de angelito —bromeé.

—Pues vamos a sacarnos una foto, para darle envidia.

Ambos reímos mientras sacaba el móvil y hacíamos la foto. Luego fuimos a por unas birras en un chiringuito improvisado y seguimos caminando entre la multitud, dejándonos arrastrar por la música, el sol y los colores.

—¿Y Daniel?

—¿Qué pasa con él? —me extrañé.

—Nada, me preguntaba si te habría dicho de veros hoy o algo. Doy por sentado que él sí va a venir.

No le contesté de inmediato. Sabía que Daniel estaría por ahí porque habíamos hablado del desfile del Orgullo en el trabajo.

De hecho, me contó que había conseguido entradas para una de las carrozas y me invitó a ir con él, dado que tenía una de sobra.

Pero le dije que no, aduciendo el hecho de que no iba a dejar a Pablo tirado.

De repente, Pablo me dio un codazo.

—Mira quién viene por ahí —dijo, bajando de pronto el tono de voz.

Seguí su mirada y lo vi. Samuel venía acompañado por un grupo de hombres, sin gafas, con el pelo más corto que la última vez que lo viera y una camiseta negra sin mangas que dejaba sus brazos al descubierto. Viéndolo así de guapo, parecía que todo le iba muy bien.

Miré a mi mejor amigo de reojo. No sé cuánto tiempo llevaba sin ver a su ex, pero cada vez que hablaba de él tenía esa expresión como de algo que no ha terminado de romperse del todo.

Verlo ahí, luciéndose, y acompañado por un grupo de amigos, uno de los cuales podía ser el famoso «Jose Ángel de los cojones», no debía ser nada fácil.

—¡Samy! —exclamó Pablo al ver cómo se acercaba. Terminó de recorrer la distancia que los separaba y lo abrazó—. Qué guapo estás.

—Lo mismo te digo —repuso Samuel—, tú también, Noah —me dijo al acercarme a él. Me abrazó muy fuerte durante un instante y en seguida me soltó—. ¿Qué tal, chicos? ¿Lo pasáis bien?

—De maravilla —dijo Pablo.

Para ese entonces, el grupito de Samuel se había acercado a nosotros. Uno de ellos me echó una miradita que me esforcé en ignorar.

—Ah, estos son mis amigos. —Samuel los fue señalando uno a uno—: Luis, Fran, Lucas y este —presentó por último—, es Jose Ángel.

—Hola —me obligué a saludar, maldiciendo para mis adentros que el tal Jose Ángel resultara ser el tío que me acababa de hacer el repaso visual. Supuse que, hubiera lo que hubiese entre él y Samuel, no serían exclusivos, pero de ahí a chequear descaradamente a otro tío delante de él…

—Vamos en busca y captura de una copa —dijo Samuel, echando una significativa mirada a las cervezas que llevábamos en las manos.