A través del sexo. La saga completa 10. Cuando parece que vamos mejor #4
92%

10. Cuando parece que vamos mejor #4

Hizo una breve expresión de sorpresa al verme aparecer, seguida de una cálida sonrisa.

Dijo algo y, mientras guardaba silencio para escuchar a su interlocutor, aproveché para acercarme a él y darle un leve beso en la mejilla.

Él me hizo un gesto para que esperara, antes de echar otra incomprensible perorata en su lengua materna.

Me dirigí a la mesita de té mientras esperaba, ensayando en mi cabeza una y otra vez qué le iba a decir y cómo hacerlo. Tuve unos pocos minutos y, para cuando David terminó su llamada y se acercó a mí, aún no tenía nada claro qué iba a hacer.

—¿Qué haces aquí? —me dijo, abrazándome y dándome un beso en los labios—. ¿Habíamos quedado y me he despistado?

—No, qué va —le aclaré—. Es una visita sorpresa.

Él rio.

—Menos mal. Últimamente no sé dónde tengo la cabeza. ¿Te apetece un café?

—No, gracias. —Lo último que necesitaba era más combustible para mis nervios—. ¿Podemos hablar?

— Oh-oh. —Se sentó en uno de los sofás. Yo volví a ocupar mi asiento y quedamos frente a frente, la mesita de té separándonos—. Eso no ha sonado nada bien.

—Ya —exhalé—, lo siento.

—No te disculpes —repuso—. ¿Qué ocurre?

Le miré. Sus ojos reflejaban preocupación, pero también confianza. Se me encogió el corazón.

—En realidad, sí que tengo que disculparme —dije. David me miraba expectante—. Hay algo que no te he contado. Ha llegado una carta de aceptación académica para Íker —solté al fin, sin rodeos.

Él alzó una ceja.

—¿Del Royal? —se extrañó.

Negué con la cabeza.

—Del Trinity.

Vi cómo sus músculos se tensaban levemente, apenas un temblor en la comisura de la boca.

—¿Del Trinity? —repitió, con el gesto de quien necesita un momento para procesar lo que acaba de oír—. ¿Por qué?

—Porque terminó el proceso de inscripción. Bueno —titubeé. Hice una pausa muy medida antes de continuar—. En realidad, porque lo hice yo, sin que él supiera nada.

Levantó la mirada, estupefacto. No hubo una explosión de enfado o una descarga de frustración, solo un silencio que se me hizo insoportable.

—¿Tú lo inscribiste? —preguntó al final, aún sin terminar de creérselo.

Suspiré, viendo venir la tormenta que amenazaba con estallar.

—Sí.

—¿Y pensaste que esa era una decisión que tú debías tomar?

—Pensé que era una decisión que Íker debía tomar, pero que no se atrevía.

David cerró los ojos. Se quedó así un momento, como si intentara contener su enfado. Por sus siguientes palabras, supe que no lo consiguió:

—¿Y me lo ibas a contar cuándo? ¿Cuando estuviera subido al avión, de camino a Oxford?

—Te lo estoy contando ahora. David… —Me incliné hacia él, y le hablé en tono sereno pero firme—: Nunca tuve la intención de excluirte, pero creo que Íker está tan aterrado por decepcionarte que es incapaz de ser honesto contigo…

, consigo mismo, incluso. Y tú estás tan obsesionado con que nadie le presione que eres tú quien, sin darte cuenta, lo está haciendo.

Su mandíbula se tensó.

—¿Crees que estoy presionando a Íker? —preguntó, casi en un susurro.

—Sí.

—¿Y tú no lo haces? ¿No lo hace Clara?

Un escalofrío recorrió mi columna.

—Tenías que haber visto su cara cuando leyó la carta: no podía ocultar su felicidad. Ni su miedo —añadí.

—¿Miedo a qué?

—A no ser lo que tú esperas de él.

—¡Pero es que yo no espero nada de él! —explotó por fin, poniéndose de pie—.

Nunca le he dicho qué hacer, cómo vivir su vida, qué decisiones tomar…

¿Crees que no me esfuerzo cada día en ser para Íker el padre que yo no tuve?

¿En dejarle ser la persona que es en vez de imponerle…

? —Se interrumpió—. ¿De verdad crees que le haría lo que mi padre me hizo a mí?

—Por supuesto que no lo creo —dije, levantándome y poniéndome frente a él.

Puse una mano sobre su hombro, pero la rechazó con un gesto.

Di un paso atrás, respetando su espacio—.

Sé perfectamente qué clase de hombre… Qué clase de padre eres, David —añadí, todo lo apaciguador que pude—.

Y sé por qué eres así. Pero Íker no lo sabe y…

El chaval te admira tanto que no sabe cómo estar a tu altura si no sigue el camino que cree que tú quieres para él.

David se llevó las manos a la cara, cubriéndose los ojos.

—Yo solo quiero lo mejor para él —murmuró.

—Lo sé —le aseguré.

Hubo otro silencio, esta vez más denso.

—¿Y ahora qué? —preguntó, aún sin mirarme.

—Deberías hablar con él. Deberías decirle por qué tú nunca le impondrías un modo de vida —dije, haciendo un nuevo intento de acercarme a él. Esta vez no me rechazó—. Por qué es imposible que seas como tu padre.

David me miró, la comprensión creciendo en sus enormes ojos grises.

—¿Quieres decir que…?

Asentí.

—Ya tiene edad suficiente para saberlo —afirmé.

Se sentó de nuevo, reclinando la cabeza contra el respaldo del sofá.

—¿Y si no sé cómo decírselo? ¿Y si no quiero?

—Entonces, tendrás un hijo que nunca te conocerá de verdad.

Me senté a su lado en el sofá, pero no me atreví a tocarle. Sentía que aún había una montaña invisible entre nosotros. Pero por primera vez en mucho tiempo, me pareció que ambos estábamos dispuestos a escalarla.