10. Cuando parece que vamos mejor #3
Recordé de nuevo las palabras del discurso de David acerca de cómo todos teníamos el derecho a tener una pasión y perseguirla.
Creía en esa idea con fiereza, puesto que era eso lo que a él le habían negado hacer.
Tras el shock inicial, había comprendido que yo aún sentía esa pasión por mi trabajo y que deseaba seguir desarrollándola.
Clara, tras años de dar tumbos por el mundo empresarial sin haber encontrado realmente su lugar, había concebido un proyecto que le apasionaba y estaba seguro de que, una vez que David entendiera lo importante que era para ella, también la apoyaría.
Lo mismo se podía aplicar a Íker, pensé. Entonces, ¿por qué parecía tan difícil?
—Íker ha sido aceptado en el Trinity College —solté de repente, antes de tener tiempo de arrepentirme.
Clara se incorporó como un resorte.
—¿Qué? ¿Y va a renunciar a la escuela de música? ¿Y qué dice David?
—Lo que oyes. Aún no lo ha decidido. Y todavía no lo sabe —contesté a sus preguntas en rápida sucesión.
—¿Cómo que mi hermano no lo sabe? ¿Cómo ha podido Íker hacer algo así a sus espaldas?
—No le eches la culpa al chaval. El que prosiguió con la solicitud fui yo.
—¿ Queeeé ? —exclamó, abriendo exageradamente los ojos—. ¿Estás chiflado?
—Pero bueno —me indigné—. Fuiste tú la que me hizo abrir los ojos con respecto a Íker y lo que estaba pasando en realidad. Pensé que te alegrarías.
—Vamos a ver, pedazo de zopenco, una cosa es que quiera que mi sobrino pueda dedicarse a lo que quiera y otra muy diferente es que me parezca bien que lo haga sin informar a su padre. O que lo hagas tú, que es peor.
—¿Mejor pedir perdón que permiso? —musité en un débil intento de justificar mis acciones.
—Tú estás fatal.
En ese momento, Daniel entró en el despacho, llevando un café que Clara le había pedido.
—¿Necesitáis algo más? —me preguntó antes de irse—. Si no, tengo que seguir revisando datos.
—Sigue a lo tuyo —le dije a mi asistente, que salió cerrando la puerta tras de sí.
Me volví hacia mi cuñada para continuar la conversación, pero ella parecía tener otras cosas en mente.
—¿Y cuándo termina el tipo este su beca? —inquirió sorbiendo su café.
—En breve. Le quedan pocos meses, pero en cuanto defienda la tesis quiero ofrecerle una plaza de investigador aquí.
Ella elevó las cejas.
—¿Y qué dice David sobre eso?
—Nada —respondí, dudando de repente de si había hablado del tema con mi marido—. Él nunca ha interferido en las contrataciones del laboratorio.
—Ya te digo yo que esta vez intervendría… —dejó caer.
—Tú también no, por favor —rogué, adivinando de repente a qué venía su comentario.
—¿Pero tú has visto cómo te mira?
—¿Y eso qué más da? —repuse, poniendo los ojos en blanco—. Aun en el hipotético caso de que Daniel sintiera cierta atracción por mí, ¿qué importancia tiene si yo no voy a hacer nada al respecto? Es solo un amigo.
—¿Un qué? —La sorpresa de Clara parecía genuina.
—Un compañero —me corregí inmediatamente. Por la manera en la que ella me miró, me di cuenta de que no había colado—. Me llevo bien con él, ¿vale? Tenemos cierta confianza y…
—¿Qué nivel de confianza?
—Otra que me acusa de adulterio —exclamé con exasperación—. Lo más fuerte que he hecho con Daniel ha sido bailar con él en el Sodoma.
—¿Quedaste con él en el Sodoma?
—¡No! —me exasperé—. Solo me lo encontré y, después de que Pablo me abandonara por su ligue de turno, bailamos un rato. No me mires así.
Clara había fruncido sus labios en una finísima línea y me miraba con dureza.
—Y supongo que David tampoco sabe eso —dijo, pronunciando despacito cada sílaba.
Bajé la mirada.
—No se lo he mencionado.
—¡Me cago en tu estampa, Noah! —me amonestó.
—Te juro que no pasó nada más.
—¿Y qué más quieres que pase? Llevas todo el año quejándote de lo mal que estáis David y tú, pero no haces más que mentirle y ocultarle cosas.
¿Cómo crees que se sentiría si supiera que has estado bailando con un veinteañero que tiene tremendo crush contigo?
¿Y que pretendes ofrecerle un puesto para que siga trabajando aquí?
¿Y que hiciste la inscripción de Íker en el Trinity College a sus espaldas?
Y… —Bufó exasperada—. Y a saber qué otra cosa que no le hayas contado.
—No hay nada más —afirmé.
—Y lo dices como si te pareciera poco. Noah, mi hermano…
—Lo sé, lo sé —la interrumpí.
Vale que David había estado imposible todo el año, que se estaba equivocando con respecto a Íker y que todo el mundo estaba obsesionado con la idea de que entre Daniel y yo había algo que no estaba ahí, pero nada de todo eso me daba carta blanca para cagarla por mi cuenta, y las palabras de Clara lo único que hacían era recordarme la cuerda floja sobre la que caminaba.
—Si no le he dicho nada de lo de Daniel —me expliqué—, es porque no tiene importancia para mí, pero sé que a él le molestaría y no quiero que se sienta inseguro por una tontería. Y lo de Íker… En eso tienes razón, tengo que decírselo, pero estoy esperando a que el chico decida qué hacer.
—Díselo ya, Noah —dijo, incorporándose—. Cuanto más esperes, más difícil se va a hacer. Y en cuanto a lo del contrato de tu asistente… Yo que tú, me lo pensaría dos veces —añadió, justo antes de salir por la puerta.
Me quedé de pie, a solas en mi despacho, con la convicción de que sus advertencias habían sido, en realidad, una amenaza.
Aquella tarde le mandé un mensaje a Íker para hacerle saber que no iría a buscarle al instituto y, al salir, me dirigí a la sede del Grupo VK. Aparqué en el garaje subterráneo e hice el conocido camino hacia el despacho de David.
Su secretaria estaba sentada en una mesa de cerezo, tecleando con aire apresurado en el teclado de su ordenador. En cuanto me vio acercarme, me dedicó una frugal sonrisa.
—Está en medio de una llamada —me advirtió sin dejar de teclear.
Asentí para hacerle ver que había entendido qué quería decir y me adentré en el despacho todo lo silenciosamente que pude.
David estaba de pie, apoyado contra el pico de su mesa. Hablaba en alemán por la línea fija del despacho. Que no estuviera usando su teléfono móvil y su sobrio tono de voz me hizo suponer que la persona con la que hablaba era su tío.